La estéril búsqueda del pacto social     
 
 Diario 16.    01/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

La estéril búsqueda del pacto social

Trabajadores, empresarios y Gobierno van a iniciar muy pronto, quizá esta misma semana, su tercera

ronda de conversaciones. Conversaciones que nadie quiere catalogar de "negociación", en um afán de

pureza lingüística que ronda el puritanismo más inoperante. Si unos y otros han decidido cortar cualquier

iniciativa de "negociación" no se entiende el porqué de tantas reuniones.

Tal ansia de pureza obrerista y revolucionaria es un pesado lastre que han de vencer los sindicatos

democráticos, medio ahogados por la áspera cuerda de la dictadura. Ahora, a poco que se suavice el nudo,

comunistas y socialistas han de jugar la baza de la energía reivindicativa. CC OO, USO y UGT se

exponen a ser malinterpretados por sus militantes, a ser acosados —como ya lo están siendo— de

"pactistas" y "domesticados".

Pero los comités directivos de las centrales son conscientes de que en toda "conversación" se esconde un

punto de ánimo negociador. Saben, aunque es duro reconocerlo, que su capacidad de paralizar Ía vida

laboral del país no es todavía total, debatiéndose entre una masa despolitizada y los radicalismos de

organizaciones, sindicales más propensas a utilizar la calle como único medio de presión. Y por eso

asisten a las reuniones, y por eso se sientan con altos funcionarios estatales.

El Gobierno, por su parte, es consciente de que la situación puede explotarles en las manos en cualquier

momento. Alvarez Réndueles. secretario de Estado para la Economía y máximo interlocutor de sindicatos

y patronales, ha advertido recientemente de la gravedad que puede revestir un encallamiento en estos

tratos "a tres". La advertencia, muy dura, hay quien quiere verla dirigida, de aisaera muy especial, a la

UGT y al PSOE, quizá utilizando en exceso un radicalismo hasta cierto punto sorprendente, cuando se

puede observar una política general del partido más propensa al pacto de lo que muestran sus

declaraciones.

Con todo el punto de mayor gravedad se centra en la actitud de los empresarios. Luis Olarra, por ejemplo,

ha amenazado con voz tronante con la llegada de un Videla si no se encuentra solución al problema

económico. Argumento falaz y muy peligroso para el profeta. Los dictadores no solucionan las crisis

económicas, como ya se demostró con cuarenta largos años de franquismo. Esa descarada petición de

ayuda al Ejército es una clara muestra de la escasa capacidad de diálogo mostrada por muchos grandes

empresarios; excesivamente acostumbrados a las facilidades del sindicato vertical y el aporte generoso de

la Fuerza Pública para acabar con huelgas y movimientos reivindicativos.

De todo este conglomerado de las relaciones trabajadores empresarios-Gobierno debe quedar claro algún

supuesto, útil para el análisis y la posterior clarificación de la. enredada madeja. Por ejemplo, es obvio

que la riqueza española está muy mal repartida, Más evidencias: los obreros no pueden seguir pagando los

errores de una planificación ecomómica desastrosa, de una evasión de divisas programada y sistemática,

de una política fiscal descaradamente reaccionaria, de un despilfarro estatal constatado por los propios

ministros, de un egoísmo especulativo rayano en la criminalidad de ciertos sectores de la gran burguesía,

beneficiarios directos de la dictadura franquista.

Olarra tiene razón en cuanto dice que "hay que apretarse el cinturón", en repetitiva utilización de la

manida imagen. Pero si algo debe quedar claro es que ellos, los que poseen más, deben ser los primeros

en la utilización de la hucha y el recorte. De un sueldo, por mucho que digan los señores empresarios,

apenas sí se puede caer en el feo vicio del derroche. De unos dividendos hurtados a Hacienda, de unas

carteras trasladadas a Suiza, de unos solares mal comprados y bien vendidos, cabe el derroche a manos

llenas.

Buscar una salida, tal y como pueden hacer trabajadores y Gobierno, ao es mala política. Negarse al

diálogo e insistir en guardar el patrimonio, tal y como hacen ciertos empresarios, es injusto y ¡antisocial.

Alguien debe decírselo y advertirles de que todavía no se ha empleado contra ellos la mano dura que

media España exige.

 

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