Autor: Torres, Antonio. 
   Pacto social sin cartas marcadas     
 
 Diario 16.    01/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Pacto social sin cartas marcadas

Antonio Torres del Moral (Profesor de Derecho Político de la Universidad de Madrid)

Desde hace algún tiempo se viene hablando en nuestro país de pacto social, importando la expresión de

los países eurocomunitarios sin pagar royalties. Durante las elecciones se oyó pronunciar esos mágicos

términos con tanta insistencia que los escépticos no tuvimos más remedio que preocuparnos, pues la

machaconería suele ser una buena señal ,de la inconsistencia.

Por pacto social se acostumbra a entender un acuerdo entre asalariados —a través de sus sindicatos— y

empresarios —a través del Gobierno, aunque esté sea laborista— a la vista de ías dificultades económicas

genérales del país, obteniendo a cambio una promesa de estabilidad en el empleo y de cierto control de

los precios, promesa frecuentemente- incumplida, como es notorio, y no por negligencia o malevolencia

del Gobierno, sino por simple incapacidad.

Ls datos que se manejan para la negociación, para pactar, están básicamente proporcionados por las

propias empresas. Las partidas contables de éstas condicionan y prefiguran el limite máximo tolerable en

la subida salarial, desconocido el cual, la crisis y el cierre más que un riesgo son una evidencia, con la

consiguiente pérdida de todos, y en primer lugar de los propios trabajadores.

ASÍ expuesto, y a pesar de que dicho pacto social carga sobre una parte casi todo el peso de la crisis,

hasta parece casi deseable procurarlo para ver si se disipan un poco los negros nubarrones que se ciernen

sobre la economía occidental, y particularmente sobre la española.

Jugar con ventaja

Hay, sin embargo, algo más en todo ello. Tenía que haberlo. Aparte de las dificultades existentes en

España para celebrar un pacto idéntico con una pluralidad de sindicatos de reciente constitución o

legalización, los cuales, a la vista de las elecciones sindicales, han de extremar su celo en la defensa de

los intereses obreros, no se nos puede ocultar que si los datos de la negociación son aportados por una de

las partes, se está poniendo en sus manos todas las cartas —marcadas, además— para que juegue con

ventaja. Las voces que se han alzado denunciando la doble contabilidad, de las empresas son harto

ingenuas. La doble contabilidad la practican ya hasta las castañeras. Una empresa que se precie no lleva

menas de una contabilidad cuádruple: una para Hacienda, otra para los accionistas, otra para la publicidad

a la. hora de ampliar capital y otra para los verdaderos amos, que son los tres o cuatro que poseen el 51

por 100 de las acciones. Hay casos más sofisticados, como el de las empresas transnacionales, cuyas

prácticas de traspasar pérdidas y ganancias de un país a otro son tan conocidas como impunes, por el

momento. Pero baste lo indicado para comprender , al menos en España, la resistencia de los trabajadores

a concluir el susodicho pacto social. Dada la actual configuración jurídica de la empresa, una negociación

de dos partes sobre los datos que ofrece sólo una de ellas no es una negociación, sino sencillamente la

rendición incondicional de la otra.

Democracia en !a empresa

M i e n tras los trabajadores no accedan al control de la información y de la contabilidad de la empresa,

mientras no puedan participar en las decisiones que les importan a ellos tanto como a los propios

empresarios, mientras no puedan participar en la designación de directivos y gerentas, mientras, en una

palabra, no se alcancen algunas cotas de democracia en la empresa —no digo ya la democracia plena, que

esto sería cambiar, el sistema económico— no puede haber un pacto social que sea verdaderamente un

pacto y que sea auténticamente social.

Uno de los que más entusiastamente han defendido el pacto social tuvo la ocurrencia de apelar a la

autoridad de Juan Jacobo Rousseau como ejemplo de pensador que, sin ser sospechoso de defensor y

panegirista de la propiedad privada, postulaba precisamente te pacto social. La evocación resulta la mar

de interesante. Ahí es nada: Rousseau el pactista, Rousseau el nefasto, presta ahora argumentos a quienes,

antes o después de la guerra civil, acotaron un terreno y dijeron esto es mío". •Demasiado sublime para

ser verdad. Rousseau habla de dos pactos, dos, ninguno de los cuales ha sucedido, según dice, pero sirven

para ponernos a las claras los verdaderos fundamentos de sendos modelos de sociedad. Uno de ellos, el

más conocido, es aquel en el que todos los pactantes se desprenden de sus derechos y bienes para

entregarlos a la comunidad, que en adelante los adjudicará o administrará con arreglo a la voluntad

general (Contrato Social, I, 6). ¡Cuidado! No es que. unos y otros cedan- algo de su parte para llegar a un

acuerdo operativo (transacción). Hay que ceder todo. Y comenzar una nueva sociedad en condiciones de

igualdad real de todos sus miembros.

Modelo para el pacto

¿Está dispuesto el empresariado español a este tipo de pacto social? Me temo que «o. Pero entonces, por

muchas vueltas que le. dé al asunto, el pacto que está proponiendo es el otro al que se refiere Rousseau —

el pensador cuya autoridad se reclama— y que fis realmente un seudopacto antisocial. Así lo describe el

ginebrino: el que ha acotado arbitrariamente el terreno y se lo ha apropiado habla de esta guisa a sus

convecinos: "Vosotros necesitáis de mí porque yo soy rico y voso tros pobres. Lleguemos, pues, a un

acuerdo: yo permitiré que tengáis el honor de servirme, a condición de que me deis eso poco que os queda

en pago de las molestias que voy a tomarme en daros órdenes" (Discurso sobre la desigualdad, II). O

como expresa en otro lugar: "Hago contigo un pacto, todo en perjuicio tuyo y en provecho mío, que yo

observare mientras me plazca y que tú observaras mientras me convenga" (Contrato Social, I, 4).

Según cuál sea el modelo de pacto, así será la sociedad resultante. ¿Cuál es el que prefiere el

empresariado español? Por lo pronto, da mucho que pensar la unanimidad de iras que ha concitado el

profesor Jiménez de Parga, ministro de Trabajo, por haber hablado de democracia en la empresa.

 

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