Puerta abierta al turismo     
 
 ABC.    21/08/1961.  Página: 66. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

PUERTA ABIERTA AL TURISMO

Uno de los fenómenos más característicos de nuestra época es, sin duda, el turismo, cuyo valor humano, social y económico está en la mente de todos. Naturalmente, y de modo primordial, en la de los gobernantes de todos aquellos países con un exacto sentido de la sociabilidad humana. Tal fenómeno implica, por supuesto, una serie de hechos adyacentes, que exigen, con carácter ineludible, una regulación, en la que se consigue un mínimo de seguridad con un máximo de flexibilidad. Desde la época en que el turista era un ser extraño en cada país—extraño y mal visto por las gentes—hasta nuestros días, ha cambiado mucho el criterio social. Hoy un turista es casi un ciudadano mas, atraviesa nuestras ciudades, ¡permanece sin recelos y es acogido con simpatía por las (personas normales, que son las exentas de prejuicios más o menos rayanos en el ridículo. Los distintos pueblos han comprendido esto, el nuestro también, y las autoridades han acompasado sus normas a ese clima, del que, por otra parte, casi no nacen más que beneficios.

Bien. Todo esto es cierto. Pero ¿hasta qué punto las tradicionales formalidades fronterizas se han acoplado a esa realidad? Tenemos a la vista el testimonio de un turista francés, experto viajero internacional. Es uno más entre el millón largo de compatriotas suyos que, por término medio, vienen a España con la ilusión de "conocernos personalmente", mejor que a través de ajenas y estereotipadas versiones. Este señor nos detalla las partidas de gastos administrativos que implica un viaje a España, y una sencilla operación aritmética referida a los 1.350.000 franceses que vinieron a España el año pasado sólo arroja el siguiente resultado: 750 millones de pesetas. Y comenta: "Habrían preferido gastar ese dinero en España." Cierto.

Escribe, con su experiencia de viajero a través de Suiza, Bélgica, Italia y Austria: en ninguna frontera le han detenido más de dos minutos. Y, sin embargo, en Irún...: "Una espera, en fila, de casi una hora, antes de tener que abrir el portaequipajes del coche, bajo la lluvia." La diferencia es notable, y, sin duda, perjudicial para el prestigio español como envidiable lugar de recreo para el turista.

Lo que nos interesa señalar aquí no es la anécdota, sino la norma defectuosa que hace posible esas situaciones, que creemos anómalas e injustificadas. Anómalas, por-aue contradicen costumbres ya umversalmente admitidas en muchos países de Europa. Injustificadas, piorque a nada conducen esos registros y esas formalidades y comprobaciones aduaneras y policiales con gentes que no dudamos en afirmar pueden ser consideradas en un cien por cien perfectamente inofensivas. Creemos que quien tiene algo que ocultar pone toda su documentación en regla y no deja al azar de un registro nada que pueda comprometerle. O utiliza rutas clandestinas.

Ya sabemos que recientemente nuevas normas administrativas tienden a suprimir los engorros de ciertos excesos de celo. Nos parece perfecto. Poraue de la flexibilidad y benevolencia en el trato administrativo a nuestros visitantes ipuede redundar más en beneficio que en perjuicio. Un turista en España es lo mismo aue un español en el extranjero: un mensajero de buena voluntad y un dienta que merece toda clase de consideraciones.

 

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