Optimismo y pesimismo     
 
 ABC.    09/10/1960.  Página: 95. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

OPTIMISMO Y PESIMISMO

"Los españoles de vpinte, cuarenta y sesenta años--escribe el profesor Perez, Embid—aparecer coma estratos bien diferenciados de tfl conciencia colectiva"

Es obvia la dificultad que entrañaría una nítida y bien especificada separación de tales estratos, entre los cuales, por cierto, no sería difícil descubrir muchas sorprendentes coincidencias. Porque es innegable que la edad de los hombres implica, una determinada altura del tiempo con características acusadas en el planfeatniento de los problemas de la persona y la sociedad.

Sin embargo, las conformidades, o posiciones de acuerdo, y los desacuerdos y divergencias no brotan tanto del paso irreparable del tiempo como de la formación ideológica. En España esto se hizo patente al sobrevenir la guerra. La alineación en ambos, bandos no se realizó por cortes horizontales que agrupasen y coadufiasen fuerzas conformes en una u otra visión de la política,y de la vida; se realizó verticalmente, y en cada fila entraba lo mismo el muchacho, el adolescente y el hombre maduro que el provecto.

La fuerza aglutinante de las convicciones es superior a toda otra. Y el número de cosas en que los hombres se muestran contestes tiene una procedencia principalmente formativa. Hablamos de asuntos fundamentales; e» los accidentales es donde la atmósfera se renueva con frecuencia, y generaciones muy cercanas discrepan, quisa, radicalmente.

Perez Embid comenta en, un breve trabajo—"Libertad, Tradición y monarquia"— ¿al que pertenecen las palabras c0piadas¿t nupuesto desinterés de los jóvenes de hoy por la vida pública. No lo cree cierto. No admite ío indiferencia juvenil ante la políticA, y menos aún ante el porvenir nacional.

Desde luego, se trataría ae un fenomeno español. En Francia, justamente estos días, está mostrando la gente joven ttn ardor patriótico en el cual se identifica la fisonomía histórica del gran país. Pero Francia pasa hoy por la tribulación de la, guerra argelina, y sería desconcertante que los mozos franceses permaneciesen displicentes e insensibles ante una prueba como ésta.

El optimismo ante ía juventud no esta, sin embargó, para todos justificado en nuestra Patria. Hay, sin duda, en pesimismo extremoso que con plena rosón merece ser combatido, ante todo parque no se basa en la realidad. "Quiza lo único que pueda deducirse con seguridad -dice Pérez Embid—es que el tiempo transcurrido ka impreso en las nuevas promociones españolas una huella muy marcada, y que esto abre posibilidades que no son fáciles de prever en detalle." ¿Esa huella supone una alarmante desviación, acaso una defección en los punte s cardinales de la continuidad española? Sito negar el valor de actitudes que no pueden desconocerse, hay que afirmar que a la hora de la verdad el sacrificio de hace, un cuarto de siglo no ha quedado condenado a la esterilidad. La desgana, el materialismo más o menos disfrazado, las mermas experimentadas en el idealismo de algunos, son hechos ciertos que, no obstante, no deben arrastrarnos a un pesimismo destructivo.

Defimos destructivo porque hay un pesimismo conslrucfivo de alta alcurnia mental e inquebrantables fundamentos eticos. Pero, pese a los graves defectos y a las estragos de las deformaciones propias de la juventud europea, la juventud española conserva una riqueza espiritiuil que es la esperanza del futuro. .

La verdad es que el pesimismo a todo trance es corrosivo, y el optimismo ingenuo no lo es menos. En la vida social, para construir, hay que tomar de los dos su.s respectivas energías edificantes y creadoras. Hay que ser, en cierto modo, a la vez pesimistas y optimistas, buscando en la armonía de contrarios el impulso para luchar y no ser vencido. La existencia es un continuo desfallecer y un incesante alentar para seguir bregando. El patriotismo opera sobre esta realidad irrevocable.

 

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