Lo que une y lo que separa     
 
 ABC.    24/05/1960.  Página: 60. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

LO QUE UNE Y LO QUE SEPÁRÁ

Estima nuestro querido colega "Ya", por los términos cordiales y las coincidencias de pensamiento que advierte en nuestra respuesta a su editorial "Justicia histórica", que debe poner punto final al diálogo; Pero antes de despedirse no quiere olvidar el motivo del diálogo, que no fue otro sino "el deseo de puntualizar unos hechos históricos en cumplimiento de lo que consideramos deber de elemental justicia". Ello nos fuerza a insistir en que nuestro editorial de ningún modo puede justificar su vehemente deseo vindicativo, pues aquí no se infirió ofensa ni injuría a sus defendidos, cuyo nombre tampoco ha dicho, y lo injusto hubiese sido no decir lo que se dijo.

Interesa al colega detenerse en un punto de nuestro editorial, expuesto a "equívocos graves". Aquél en que aludíamos al espíritu definidor característico en algunos particulares, erigidos en intérpretes de la doctrina de la Iglesia con ánimo de conducir a los católicos en determinados momentos hacia posiciones políticas dentro del régimen republicano como jdeber implícito e inherente a su condición de creyentes, con renuncia explicíta de sus propios ideales, lo cual produjo disensiones muy grandes.

Justifica "Ya" la actitud ds los mencionados definidores recordándonos la encíclica de León XIII "Au milieu dessollicitudes". Escrita en 1892 y dirigida a los católicos franceses, representa históricamente "la fase culminante de la política francesa del "ralliement" como dice Alberto Martín Artajo, eminente prologuista a los "Documentos políticos de la Doctrina pontificia". Un período crítico de grave desunión y de honda perturbación en el catolicismo francés, que no tiene exacta semejanza con España, ni en cuanto a hechos ni en cuanto a sus nombres. Por eso entendemos más apropiada y justa la mención y referencia a documentos igualmente autorizados, escritos para los españoles y en momentos críticos de nuestra Historia. "La Iglesia de Dios, fiel a sí misma y a la misión que le está confiada por su Emulador—acaba de escribir el cardenal secretario de Estado, monseñor Tardini, al cardenal arzobispo de Sevilla—no se afianza definitivamente en nada de lo que íes transitorio ni pasajero, sino que sabe adaptarse a las circunstancias de cada momento y lugar."

Los documentos a que hemos aludido son la "Declaración colectiva del Episcopado español", de 5 de mayo de 1933 y la encíclica "Dilectissima nobis", de Pío XI, de 3 de junio¿Ae 1933. ¿Qué decían nuestros prelados? Acababa de ser promulgada la ley sobre Congregaciones, infame atropello y despojo de todos los derechos de la conciencia y de la Iglesia. "La verdadera paz entre la Iglesia y el Estado—decían-no, será posóme si se oprime la libertad de la iglesia jesucristo".En cuanto a la enciclica "Dilectisima nobis", el ilustre prologuista antes citado, don Alberto Martín Artajo, la sintetiza muy acertadamente con las siguientes palabras:

"El motivo inmediato de la publicación fue la promulgación de la ley de Congregaciones, inspirada toda ella en un espíritu de miope sectarismo, manejada consciente y ocultamente por las fuerzas de la desintegración social. Tres son los puntos que destaca Pío XI en ella: el trato inhumano de excepción a que quedan sometidas las Congregaciones religiosas, la supresión absurda y arbitraria de la Compañía de Jesús y la prohibición legal del derecho de enseñar, lanzada sobre los Institutos religiosos. El tono de Pío XI es firme, claro, aunque moderado. Lo que en realidad pretenden los Gobiernos de la República es la descristianización de la católica nación española.

Es interesante también la exhortación que hace el Papa a todos los católicos españoles para usar las medidas legales posibles en orden a lograr una rectificación total dé la política sectaria del nuevo régimen. Era un claro llamamiento dirigido a los católicos para la acción política dentro de la legalidad republicana. Sin embargo, la Constitución de la República estaba tan cargada de anticatolicismo que la evolución política en este sentido resultó de hecho impracticable: era una ley fundamental que, como se ha dicho, incitaba por su mismo sentido básico a la guerra civil."

Si se admite y caben preferencias en esta clase de documentos, aunque sólo fuese en razón a tiempo y destino, nosotros nos inclinamos por les escritos para Jos católicos españoles en momentos determinados por las circunstancias, con preferencia a otros dirigidos a los franceses setenta años antes. Además, en los años de la República, al disiparse los fugaces períodos en que una ilusoria posibilidad de participación de las derechas en el Poder, escindía y disociaba a los católicos el resto del tiempo—que fue casi íntegramente los años republicanos—, en cuanto se producían las grandes ofensivas contra los principios fundamentales de la sociedad constituida, en el acto se unían e identificaban en la defensa todas las fuerzas agraviadas por igual en su espíritu religioso y patriótico. El comportamiento de las minorías católicas en la discusión parlamentaria de la ley de Congregaciones, que dio motivo a la encíclica de Pío XI y a la Declaración colectiva, fue" tan ejemplar como inútil. "La opinión siempre elevada, siempre digna de los diputados católicos, escribía "El Debate" el 7 de mayo de 1933, no ha impedido la aprobación de un solo párrafo del proyecto del Gobierno, ni tampoco" la de cualquiera de las cláusulas agravantes que la Comisión añadiera a su dictamen." Pero la unión fue un hecho, como lo sería después en 1934 y en 1935.

Experiencia tan trágica y dura nos afianza en la creencia de que aquellas divergencias no se deben reproducir, porque ante un enemigo siempre temible y en acecho, nuestro querido colega y nosotros buscamos lo que une y no lo que separa para coincidir en la defensa dé la misma bandera.

 

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