Autor: Rodríguez Aramberri, Julio. 
   El papel de la izquierda     
 
 El País.    22/07/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL PAÍS, viernes 22 de julio de 1977

OPINIÓN

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TRIBUNA LIBRE

El papel de la izquierda

JULIO RODRÍGUEZ ARAMBERRI

Liga Comunista Revolucionaria

Sobre pretencioso, sería además inútil dar consejos al PSOE acerca de su propia política. Pero quienes ni

pertenecemos a él ni hemos votado por él, aunque nos identifiquemos con una opción socialista, debemos

aclarar cuáles van a ser nuestras exigencias ante una victoria electoral que saludamos. Pues, desde ahora

mismo, vamos a reclamar al PSOE - y al PCE - que hagan honor a los compromisos contraídos durante la

campaña electoral y que, junto con su historia, les han valido gran cantidad de votos en las últimas

elecciones del 15 de junio.

Todo ello porque la situación política actual no deja de ser sorprendente. Parece como si la interpretación

de los resultados electorales, tan lentamente obtenidos, tan trabajosamente arrancados, tan parcialmente

conocidos tuviese necesariamente que coincidir con la imagen dada por los medios de comunicación.

RTVE a la cabeza; imagen que, si es una de las lecturas posibles, no es la más probable. Según ella, las

elecciones han demostrado que la sociedad española está en condiciones de modernizar su aparato

político, en un clima de moderación, para ponerlo a tono con las exigencias de una sociedad industrial

avanzada. Es decir, en otro código, que las elecciones han consagrado la estabilización de la dominación

de la burguesía en el marco de un sistema parlamentario con fuertes peculiaridades. Hasta ha habido

quien ha hecho del nuestro un sistema nórdico...

Hay que introducir en esa imagen elementos que no están presentes y que la falsean. Las elecciones han

mostrado, deformadamente, algo que ya sabíamos: que desde los años sesenta hay una creciente

polarización entre las grandes clases de la sociedad española. Desde el hundimiento de los partidos-

puente como la FDC hasta - salvadas todas las distancias - la semejanza del mapa electoral con el de

1936, todos los signos apuntan a esa polarización creciente. Lo que permite interpretar de otra forma las

elecciones.

Sin temor puede decirse que, en ese proceso, las elecciones han mejorado la situación de la clase obrera y

los trabajadores. En primer lugar, porque el triunfo de la burguesía, especialmente el de UCD, ha sido una

victoria pírrica. Tan sólo un nuevo padrinazgo, ahora el del sesudo señor D´Hondt, ha permitido a Suárez

hacerse con una voluminosa minoría en las Cortes. Su escaso 4 % de votos en relación con el PSOE le ha

dado casi un 30 % más de diputados en el Congreso. Ventajas de una ley Electoral llamada a prefabricar

el triunfo electoral de la derecha.

Pero esta consolidación parlamentaria se apoya en un gelatinoso magma social y en un proyecto de

partido suarista, unido tan sólo por el miedo y los intereses, un verdadero sindicato del poder. Un

sindicato recorrido por una amplia suma de contradicciones internas. Lo que se matiza aún más si se

considera que parte de los votos de UCD salen de una campaña en la que se ha prometido - otra cosa será

la realidad - construir una verdadera democracia. Todo ello, junto con los problemas que se van a derivar

de las soluciones a la cuestión nacional y del pretendido plan de estabilización, apunta en el sentido de

que UCD está llamada a conocer, y pronto, serias crisis internas. Se hace difícil creer que nuestro

flamante Gobierno vaya a durar los cuatro años que le permitiría, en principio, su victoria en escaños.

Por el contrario, el verdadero triunfo espectacular en estas elecciones ha sido para el conjunto de las

fuerzas obreras, con el PSOE destacadísimo y en cabeza. A falta de datos exactos - lo que ha suministrado

la Junta Electoral es cualquier cosa menos eso -, en esta definitiva provisionalidad en que estamos al

respecto, puede decirse que el conjunto de las candidaturas obreras, desde Unidad Socialista hasta los

grupos de extrema izquierda, obtuvieron el 45 % de los votos emitidos. Una victoria sin paliativos que

hace unos meses nadie se hubiera atrevido a pronosticar.

Por otra parte, esa fría estadística global oculta un triunfo completo en las zonas más densamente

pobladas, más urbanizadas, más industriales; en ese 45 % está la mayoría activa de la sociedad española.

Si hubiesen votado los jóvenes desde los dieciséis años y los emigrantes hubiesen tenido las mismas

facilidades que en el pasado referéndum, ese porcentaje sería hoy superior al 50 %. El Gobierno Suárez lo

sabía bien y por eso les impidió hacerlo. En realidad, los partidos obreros cuentan hoy con la mayoría

electoral y política del Estado español.

Sin embargo, la iniciativa política sigue en manos de Suárez, más por resultados de la pasividad de los

grandes partidos obreros que por su propia fuerza. La verdadera fortaleza de Supersuarez se va a poner de

manifiesto con motivo de las primeras acometidas de crisis. En cualquier caso, es imposible que pueda

continuar sin la aquiescencia de los partidos mayoritarios. Esa es hoy la prueba para el PSOE, el gran

responsable ante la clase obrera por su victoria electoral. La oposición constructiva de la que ha hablado

Felipe González tiene que empezar por ser oposición. Y no puede decirse que, por ahora, lo sea

demasiado. Las reticencias del secretario general ante la reforma administrativa sustraída a las Cortes se

disiparon con el humo del cigarrillo que encendió al presidente del Gobierno. La amnistía total, la

legalización de todos los partidos obreros, la consagración de las libertades plenas en la futura

Constitución han de plantearse aún muy a fondo - y no solamente en el Parlamento.

Porque eso es lo que se ha votado. El PSOE es perfectamente consciente de que muchos de sus votos los

ha arrancado a la extrema izquierda y al PCE. En el primer caso, por el reflejo del voto útil. En el

segundo, ante el giro increíble e innecesariamente moderado que ha seguido a su legalización. Frente a

ello, en su campaña, el PSOE ha seguido representando la tradición republicana, el federalismo y las

autonomías, las libertades democráticas sin recortes, la negativa al pacto social. Y todo eso es lo que se ha

votado. Son votos de calidad y sólo quien confunda a ésta con el sufragio de los profesores puede sostener

lo contrario.

Todo ello es imposible si continúa incólume el aparato de Estado franquista. Las elecciones municipales

son urgentes precisamente porque van a abrir en él una amplia brecha. Pero esas elecciones no pueden

celebrarse sin una nueva ley Electoral. En segundo lugar, la dictadura nos ha legado una omnipresente

corrupción, un íntimo compadreo entre las más delictivas actividades capitalistas e importantes sectores

de la Administración. Muchos casos de corrupción conocidos - Matesa, Reace, Sofico, Lockheed, Boeing

- están aún por investigar y otros muchos por sacar a la luz pública. Hay aquí una exigencia popular de

que se llegue hasta el fondo. En tercer lugar, las FOP siguen actuando con los mismos medios y la misma

mentalidad de la etapa anterior. Es lógico, pues nadie puede pensar que las elecciones las hayan cambiado

a ellas, ni a otras muchas instituciones, de naturaleza. Lo que aumenta todavía más el clamor en torno a su

inmediata depuración y eventual disolución. Estas y otras muchas cuestiones que irán cobrando

actualidad en su momento - especialmente lo referente a la Constitución y la cuestión republicana - son

temas en los que vamos a exigir una clara definición de los partidos obreras mayoritarios.

Más aún. Algunos pensamos que los partidos obreros mayoritarios deben actuar de acuerdo con la

realidad, es decir, con el hecho de que representan a la mayoría de la sociedad española, disponiéndose

desde ahora mismo a asumir sus responsabilidades gubernamentales. Los próximos meses van a

demostrar que la burguesía carece de remedios, para la crisis en que está sumida; que sólo un Gobierno de

socialistas y comunistas puede derribar hasta el fin los restos de la dictadura, defenderías libertades

democráticas y evitar que los trabajadores paguen los vidrios rotos por la crisis económica capitalista.

Esta es una responsabilidad que los grandes partidos obreros han de asumir, sin ceder a presiones ni

bravatas sobre la unidad de todas las fuerzas sociales ante la crisis o sobre la salvación nacional.

Todo ello, finalmente, exige la máxima unidad entre todas las fuerzas obreras y populares. Sería un error

creer que los datos electorales son fiel reflejo de la capacidad política de las organizaciones y pensar que

el PSOE puede actuar en solitario. Para materializar sus promesas electorales ha de contar con todos. Y lo

decisivo hoy es que empiecen a materializarse. Si no, todos habremos de lamentarlo. Y, sobre todo, el

propio PSOE quien, menos que nadie, puede olvidar que la participación en un Gobierno burgués y el

silencio cómplice ante la represión de Casas Viejas fueron los responsables de la desmoralización de la

clase obrera que abrió las puertas al triunfo de las derechas en 1933.

 

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