Autor: Tuya, Carlos. 
   En defensa de la izquierda revolucionaria     
 
 Diario 16.    08/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Lunes 8-agosto 77 / DIARIO 16

En defensa de la izquierda revolucionaria

Carlos Tuya (Del Secretariado Político del Partido Comunista de los Trabajadores)

Vilipendiada por enemigos, menospreciada por amigos y rechazada finalmente por propios

vergonzantemente utilitarios - es decir, plebeyamente sumisos -, la "izquierda revolucionaria" está a punto

de convertirse en ese "agnus dei" con el que nos quitamos los pecados de este pecador mundo nuestro.

Todo esto viene a cuento de las elecciones y de los primeros debates "corteses", en los que la dictadura

matemática del recuento conviene los mejores gestos fraternales en un juego de espectros. La democracia

representativa burguesa es así; los que pierden van al hemiciclo para hacer el respetable - aunque no

siempre - público del triunfador, con abono para cuatro o más años. He aquí una curiosa división del

trabajo: mientras el Parlamento es el lugar de negociación entre vencedores y vencidos - un lugar para

caballeros, sin duda -, el cuerpo social sigue librando las encarnizadas batallas de los seres sin otro escaño

que el andamio, el surco, el banco de trabajo o de estudio, y tantas veces el banco de acusado sin

respaldo, llamado banquillo para quitarle dramatismo.

Pero siempre, en última instancia, frente a los hombres sumisos o dominantes. la amoralidad de los

números se ha impuesto; o lo que es lo mismo, como diría el clásico: "Al final todo es matemática."

Y si bien es cierto que en las elecciones pasadas - y tan actuales - no deben interpretarse simple-mente

como un acontecimiento político, sino sociopolítico, condicionado por el propio proceso, es también muy

cierto que en tiempos de "paz civil" son la única radiografía del cuerpo social. Una radiografía que tiene

(odas las virtudes y defectos de las radiografías "clínicas", es decir, su precisión, pero su inmovilismo.

Por todo ello, es necesario hacer un científico "proceso" de datos de las últimas elecciones, y al mismo

tiempo saber "leer" los resultados de ese proceso con la mente dialéctica del hombre transformador. Pues

bien, desde un punto de vista matemático, es hoy ya evidente que la izquierda ha perdido las "elecciones-

poder´´, pese a haberse ganado las "elecciones-testimonio". Lo que refuerza la presunción de ciertos

iconoclastas de que de las urnas nunca sale más poder que el que existía antes de ellas: naturalmente,

desde el punto de vista del "tiempo histórico".

Pero esto, fácilmente demostrable sumando los votos de toda la derecha con sus matices y diferencias, y

los de la izquierda no menos diferenciada y matizada, no es ningún problema político serio. La izquierda

reformista con su "triunfo-derrota" se encuentra más prisionera que antes, pues a la responsabilidad de no

haber perdido se le suma la de no haber ganado. Todo lo cual la llevará inexorablemente - como ya

expliqué en otro artículo publicado en este mismo periódico, concretamente el titulado "En vísperas del

pacto social" - a convertirse en parte integrante del nuevo sistema de dominación. Sistema que, hoy en

día, ya no puede apoyarse sólo en la coacción, sino que - servidumbres de la fortaleza - necesita el

"consenso" de los dominados, lo que finalmente hace frágil hasta el más templado acero. Lo que hoy se

constituye por derecho histórico en verdadero problema, es decir, en cuestión fundamental aunque sea a

medio o largo plazo, es el papel de la llamada maliciosamente, en un claro intento exorcista, "extrema

izquierda", y que no es más que la izquierda revolucionaria (si bien es cierto que también hay una

"extrema izquierda" cuyo extremismo, por servidumbres de la geometría, le suele situar en el mismo

espacio político que la "extrema derecha").

Dividida, ilegal y proscrita, la izquierda revolucionaria es considera por los analistas y comentaristas

políticos como la gran perdedora, junto con la derecha fascista. Tal análisis suele estar aparentemente

avalado por los datos matemáticos de los escrutinios electorales. Pero la superficialidad de tales análisis

salta a la vista a poco que se profundice en ellos. En efecto, si sumamos todos los votos de las

candidaturas de la izquierda revolucionaria, que se presentaba al país con más de veinte opciones

electorales, incluyendo las tres que lo hacían a nivel estatal (FDI, CT, FUT), obtenemos la cantidad

aproximada de 600.000 votos. Cifra ya de por sí nada despreciable, sobre todo si tenemos en cuenta las

condiciones reales en las que se han tenido que desenvolver estas candidaturas de izquierda. Pero es que

hay algo más que curiosamente suele pasar inadvertido por aquellos analistas que tratan de hacer pasar

por real lo que sólo es el reflejo de lo real en sus más o menos privilegiados cerebros. Y este dato

fundamental es el importante número de abstenciones, el 21,7 por 100, prácticamente idéntico al obtenido

con motivo del referéndum, cuando casi todos los partidos democráticos lo propiciaban - y con la que se

sintieron muy satisfechos -. Tal cifra abstencionista, cerca de cinco millones de "no-votos", no puede

justificarse desde la derecha, plenamente representada con sus alternativas de FET y JONS, Alianza de 18

de Julio y Alianza Popular, y lanzada a la busca y captura del voto; ni muchísimo menos desde la pereza o

abstencionismo natural. El hecho de que las provincias conflictivas, como Euskadi, tengan un alto índice

de abstención - Guipúzcoa con el 27 por 100 — hace posible y lógico "apuntar" tal grado elevado de

abstención precisamente a la actitud de ciertas formaciones de la izquierda revolucionaria, del lógico

rechazo, más o menos consciente, a unas elecciones seudodemocráticas. Incluso, aunque sólo un 10 por

100 fuera producto de actitudes claramente izquierdistas, es plausible y lícito deducir matemáticamente

que una izquierda revolucionaria unida y capaz de vencer con sus claros planteamientos programáticos de

alternativa política, económica y social, las posturas abstencionistas habrían logrado más de DOS

MILLONES de votos y se habrían convertido electoralmente en lo que es socialmente: la tercera

alternativa del país, y en justicia la única alternativa que no sólo desea cambiar la vida, sino que ella

misma es ya vida cambiada.

No tener en cuenta esta realidad, aunque ciertamente no es tan fácil descubrirla, sería y es un grave error

de miopía política. La izquierda revolucionaria es una realidad política con amplia base social popular y

obrera. Una realidad social que, aunque no tenga representación política parlamentaria - con la excepción

del diputado y senador de Euskal Erriak, candidatura en la que nuestro partido está integrada - es

peligroso olvidar, y con la que, de una u otra forma, el país y sus clases dirigentes deben contar. Primero,

y siguiendo la "filosofía" del presidente Suárez, convirtiendo en legal lo que ya lo es por su implantación:

es decir, legalizando a todas sus formaciones; segundo, contemplando esta fuerza política y social popular

y revolucionaria, como parte integrante y necesaria de la dialéctica política, que no se puede ni debe

circunscribir tan sólo a las Cortes; un recinto que, por otra parte, en la que, debido a la Ley Electoral las

dificultades de voto a los emigrantes, etcétera, cerca de OCHO MILLONES de españoles no han tenido

cabida.

Pero, claro, para esto hace falta que la izquierda revolucionaria - independientes, socialistas, comunistas y

organizaciones obreras y populares de masas - SE UNA. Independientes que, al contrario de los

"independientes" de Suárez, lo sean tan sólo de los partidos poli-ticos, pero no del pueblo del que son

genuina emanación; socialistas, que al contrario de los "socialdemócratas" (véase el ejemplo tan próximo

y tan doloroso de Soares en Portugal) quieran de verdad y con todas las consecuencias el socialismo;

comunistas que, afirmándose en su única razón de ser, el marxismo-leninismo, estén dispuestos a

sacrificarse por esa unidad. Y organizaciones de masas obreras y populares que superando toda tendencia

a abandonar sus intereses a los grupos políticos, estén dispuestas a cumplir el papel histórico de formas de

Democracia Directa y poder popular que les corresponde. Porque, cuando lo social se hace real, como

diría el filósofo de la "sospecha", la historia se, reconcilia consigo misma y los protagonistas adquieren el

protagonismo que la ideología dominante les ha robado. Y entonces se hará la Unidad y con ella el

Socialismo.

 

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