El milagro de la ORT     
 
 Diario 16.    16/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

El milagro de la ORT

La política española ha estado marcada a lo largo de su historia por una absoluta y obstinada falta de

pragmatismo. Si la sociología penetra en el túnel del tiempo, tal vez quedara al descubierto que en toda la

tradicional grandilocuencia de la política española se hallaba incrustada una insuperable sed de absoluto,

de raíces posiblemente católicas. La historia del pensamiento social español es la historia de interminables

condenas soliviantadas y la historia también de adhesiones exaltadísimas, determinadas, unas y otras, por

una búsqueda de ideales imposibles. Sólo los ilustrados dieciochescos hallaron un punto de equilibrio,

que el pragmático "tentetieso" de la Monarquía absoluta se encargó de desmontar casi para siempre. Pese

a ello, ni izquierda ni derecha han reivindicado nunca la herencia de aquellos políticos cabales que

pensaban con la cabeza.

De esa sed de absoluto, no carente de trentino aroma, se resiente el Primer Congreso de la Organización

Revolucionaria de Trabajadores (ORT). En todo su entusiasmo verbal y en todo su lenguaje de derroche

se advierte el latido de un origen que, en rigor, ninguno de sus militantes puede negar: su origen católico.

Ahí se encuentra su amor por el dogma, su idea convulsiva de que existe una verdad y sólo una, su

anuncio apocalíptico de que la revolución va a llegar tarde o temprano. Revestida de la severidad que

produce la conciencia de poseer el dogma inefable, la ORT ha condenado la vía eurocomunista y ha

replanteado la militan en su lucha como si fuera una misión evangélica. Para muchos trabajadores, el

congreso de la ORT ha de ser, forzosamente, música celestial.

Un partido que ha luchado contra el franquismo de modo sistemático, con generosidad y con auténtica

consistencia, puede perder toda credibilidad mientras no traspase los límites de su nada pragmático fuego

de palabras. A un país sumido de hoz y en coz en un serio desbarajuste capitalista, no se le puede predicar

ahora mismo la vía china a la revolución, porque el libro rojo de Mao no va a conseguir que ninguno de

los problemas de la clase trabajadora española se resuelva, al menos durante su vida terrena. Y no se

puede predicar absolutamente nada debajo de un gigantesco retrato de Stalin, porque si la imagen de

Stalin pudiera resultar todavía atractiva en este país, entonces habría que empezar a pensar que la ORT

había obrado un milagro.

 

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