Autor: Ballesteros Pulido, Jaime. 
   Sesenta años después     
 
 Diario 16.    09/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Miércoles 9-noviembre 77/DIARIO 16

DE OCTUBRE (y III)

Sesenta años después

Jaime Ballesteros

(Del Comité Ejecutivo del Partido Comunista de España)

La Revolución rusa de 1917 ha cumplido sesenta años. En este tiempo el mundo ha dado pasos adelante

de gran importancia. A través de toda una serie de acontecimientos políticos, económicos y sociales,

culturales y tecnológicos, el mundo que nos rodea es sensiblemente distinto de aquel en que la clase

obrera rusa tomó el poder en un inmenso país, atrasado y teocrático, uno solo de cuyos extremos

comenzaba a adentrarse en la Europa contemporánea.

El cambio que aquella toma de poder supuso ha sido uno de los factores decisivos del curso que con

posterioridad ha tomado la sociedad mundial. Sería esfuerzo vano intentar explicar los pasos dados por la

humanidad en el siglo XX sin valorar las consecuencias de la Revolución rusa. La derrota hitleriana en

1945, la profundización en este siglo del fenómeno descolonizador, el triunfo de la Revolución china en

1949, la victoria de otras revoluciones y la conquista de toda una serie de mejoras por los trabajadores en

los países capitalistas, están indudablemente relacionados con el cambio mundial de correlación de

fuerzas que se originó en Rusia en 1917, lo que, por supuesto, no quiere decir que todos estos hechos no

sean la consecuencia directa de la lucha propia de las masas populares y de los sectores progresistas en

cada caso. Esto es evidente y cada uno de los acontecimientos señalados acumula cantidades

extraordinarias de heroísmo e inteligencia en los pueblos que han sido protagonistas de esas victorias.

Pero sobre las condiciones en que han tenido lugar esas luchas —bélicas y sociales— ha influido muy

favorablemente el que la antigua Rusia zarista hubiera dado paso al nuevo Estado soviético.

En alguno de esos sucesos la aportación de la Unión Soviética ha sido de primera importancia, como fue

en la derrota del nazismo alemán, en que el pueblo soviético entregó veinte millones de vidas para salvar

su Revolución y la democracia europea.

De ahí que la Revolución de Octubre haya sido una de las victorias más importantes que ha vivido la

humanidad en contra de las fuerzas del atraso y de la reacción, y originó una liberación de fuerzas

democráticas y revolucionarias en todo el mundo de importancia histórica capital.

Hoy, con la perspectiva que dan sesenta años de distancia, celebramos la primera revolución

anticapitalista triunfante que ha vivido la humanidad. Y los trabajadores de todo el mundo sienten la

Revolución de 1917 como algo entrañablemente suyo. Por lo que respecta a nosotros, los españoles, la

celebramos libremente tras cuarenta años de represivo y estúpido franquismo, durante los cuales —quizá

no sea innecesario recordarlo hoy— muchos comunistas han sido perseguidos también por no renunciar a

celebrar los aniversarios de la Revolución socialista: por llevar, bajo la dictadura, en las difíciles

circunstancias que entonces imperaban, las enseñanzas de esta gran fecha, 1.917, a nuestra clase obrera.

Cara y cruz del fenómeno soviético

La Revolución soviética abrió una nueva época a la Humanidad. Por ello quienes, como Kautsky, se

oponían a la Revolución desde el dogmatismo marxista imperante en aquel entonces, argumentando que

en Rusia no había suficiente desarrollo del capitalismo, han pasado a la historia justamente con el ejemplo

del renegado. Y no sobra insistir en el hecho de que una de las principales características de Lenin fue

precisamente el haber sabido romper con la ortodoxia paralizante, encarnada en la II Internacional.

En lo que se equivocó Lenin entonces es en el hecho de que él creía que la Revolución rusa era el primer

acto de la gran Revolución socialista que a continuación debería producirse en los países más avanzados

de Europa y, principalmente, en Alemania. Esto no fue así. La clase obrera de estos países no supo hacer

la revolución, quedando bajo la influencia de la socialdemocracia. Y las consecuencias fueron que Rusia

quedó sola, aislada, cercada y atacada. ¿Cómo hubiese sido el socialismo nacido en torno a la crisis de

1917 sí, inmediatamente a continuación de la atrasada Rusia, hubiesen sido Alemania, Francia e

Inglaterra, con sus niveles de desarrollo y sus tradiciones Democráticas, quienes hubiesen acabado con el

capitalismo, determinando con su indudable mayor peso el carácter del nuevo régimen?

No se trata de caer en especulaciones de política-ficción, pero no cabe duda que algunas de las

características más negativas del actual régimen político soviético tiene su origen en cuanto acabamos de

señalar. La Unión Soviética tuvo que plantearse la ingente tarea de modernizar el país, desde el punto de

vista económico y técnico, con las gigantescas necesidades de acumulación capitalista que esto exigía, al

mismo tiempo que organizaba el nuevo régimen. Y ello en medio de un cerco internacional

extremadamente duro, hecho que determinó algunas de las características políticamente más negativas en

la formación histórica del nuevo Estado. Al mismo tiempo, no cabe olvidar que, en la Rusia de 1917, la

clase obrera era una minoría exigua en el seno de una inmensa sociedad.

No se trata de justificar los errores, las insuficiencias e incluso monstruosidades que han tenido lugar en

la Unión Soviética. Y mucho menos justificables son las faltas de libertades democráticas a las alturas de

1977. Contra ellas nos hemos manifestado los comunistas españoles repetidas veces y nuestra posición es

clara, sobre todo a partir de la intervención soviética en Checoslovaquia en 1968.

Pero, como marxistas, nosotros nos esforzamos en comprender la génesis de los fenómenos históricos. Y

cuanto vengo diciendo son fenómenos de una fuerte determinación histórica. Tras la muerte de Stalin

hubo un momento en que germinaron energías que parecía iban a superar los aspectos políticos más

negativos del régimen soviético, pero aunque indudablemente quedó enterrada toda una época, todo hace

suponer que el proceso autocrítico iniciado entonces en el partido no supo encontrar la fuerza o los cauces

para avanzar, quedando detenido.

Socialismo y democracia

Sin embargo, una cosa está clara: el capitalismo cada día es un mayor freno al desarrollo del ser humano

y de las sociedades. Grandes contingentes de trabajadores, técnicos e intelectuales se plantean cómo

superar el capitalismo avanzando hacia una sociedad socialista que no suponga una merma de las

libertades democráticas conquistadas por la humanidad, sino, por el contrario, conlleve una consolidación

y ampliación de la democracia.

Porque la realidad es que en los países capitalistas desarrollados o semidesarrollados se dan las

condiciones para recorrer el camino a esa nueva sociedad más democrática y más justa. A diferencia de la

Rusia de 1917, en estos países la población trabajadora constituye la gran mayoría de la sociedad, y el

conjunto de las fuerzas sociales del trabajo y de la cultura, objetivamente interesadas en el socialismo,

pueden ir imponiendo democráticamente, paso a paso, su voluntad a través del sufragio universal, pero

todo ello a condición de que ese socialismo por el que luchamos sea plenamente democrático. Que en él

estén garantizados los derechos de la persona humana. Que la libertad de asociación, reunión, expresión y

circulación no sean simples palabras incluidas en la Constitución, sino realidades concretas. Que el

derecho de huelga y de libertad sindical sean plenos. Que exista realmente el pluripartidismo. Que sean

inviolables la libertad artística, de investigación y de culto. Que el Estado no tenga ideología oficial y que

se aplique la regla de la alternancia en el poder según los resultados de la voluntad popular expresada a

través de sufragio universal.

De otra manera, que socialismo y democracia sean realidades indisolublemente ligadas, a las que no cabe

renunciar. Tales son las posiciones firmes de los comunistas españoles. Por ellas venimos luchando y por

ellas lucharemos, sin aceptar ninguna influencia exterior. Sólo nos influyen los intereses de nuestra clase

obrera, de nuestra ciencia y cultura, de nuestra patria.

El socialismo por el que luchamos en España también choca con determinadas ortodoxias. Ese ha sido

siempre el signo del progreso.

 

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