La estela de la victoria     
 
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LA ESTELA DE LA VICTORIA

UNA vez más, al llegar la fecha simbólica debemos hacer un alto para la anual recapitulación, tender la mirada hacia el pasado, contemplar los hermosos horizontes de esperanza, que tratamos de convertir en realidades por medio de la fe y del trabajo.

Veintitrés años se cumplen ahora. Apenas terminada la guerra comenzó la administración de la paz, la entusiasta tarea de reconstruir la casa solariega, de rehacer la patria en su interior y exterior, para dar satisfacción a viejos anhelos y a la justicia social. En esa etapa de desarrollo, en pos de logros que antes parecían imposibles, nos encontramos; cada paso adelante robustece la victoria, la perfecciona, la agranda en todas sus dimensiones, porque sin esta amplitud, sin esta generosidad y extensión, el triunfo se hubiese desvirtuado, infiel al espíritu originario, que dio inspiración, alientos y carácter al Alzamiento.

De tal Índole e importancia han sido los avances, que la España moderna, en muchas cuestiones esenciales ha dejado sin banderas ni objetivos al adversario, porque ha desbordado los contornos de los viejos programas, para ir más lejos, hacia conquistas económico-sociales no soñadas ni por los más audaces.

En esa etapa decisiva, como decíamos, nos encontramos; estela del triunfo que, a pesar de los años transcurridos, penetra, ahonda, se extiende y prolonga por lo anchuroso de España. Nuestro progreso y desarrollo, anunciaba el Jefe del Estado en el Mensaje de Fin de Año, experimentará un impulso decisivo.

Se encuentra el país en una hora de plenitud y fortaleza, en que nos es, permitido pensar, sin sentar plaza de ilusos, en nuevos ascensos y en nuevas cosechas de grandes éxitos. En disposición de acometer problema? fundamentales que modificarán esencialmente la vida económica y social española.

Gracias al robustecimiento económico y financiero, se han cimentado las bases sin las cuales no hubiese sido posible ahondar y ampliar los ambiciosos proyectos de expansión en curso: la reforma de las estructuras agrarias, los planes regeneradores de provincias enteras, la reforma bancaria, las nuevas leyes sobre disponibilidad del ahorro nacional, el desarrollo de la industria pesquera, los planes hidráulicos, el aumento de la flota mercante, la modernización de las líneas férreas, el plan general de carreteras, la conquista de dos millones de hectáreas para el regadío, el aceleramiento del proceso de industrialización... Estos y otros objetivos igualmente trascendentales, no son ideas 4fcara embellecer un discurso o formularias aspiraciones inscritas en un programa de partido, sino obras en ebullición que cada día cristalizan en una nueva realidad. Aun siendo tan considerables los progresos, siempre parecen cortos para el afán nacional, que no ignora las necesidades del país y siente prisa por remediarlas. Decía el presidente del Instituto Nacional de Industria, señor Suanzes, en su discurso en Villagarcía de Arosa, que a veces algunos se impacientan porque suponen que las aguas no circulan a la velocidad y el ímpetu que su ilusión desearía, cuando la realidad es que las aguas corren al ritmo que las circunstancias permiten y deber principal de todos es tratar de encauzarlas, incorporando a la corriente principal las otras corrientes paralelas o desviadas.

Quienes no olvidan esas circunstancias, pueden enjuiciar con exactitud la obra realizada. Por eso expresan su admiración y su asombro técnicos, estadistas, financieros, grande* industriales extranjeros, que se acercan a España y contemplan los progresos de nuestro país que, después de romper el cerco con el que se pretendió asfixiarlo, se ha entregado a su reconstrucción y engrandecimiento con unos resultados que permiten abrigar las esperanzas más halagüeñas respecto al futuro. Dos datos elocuentes: En estos últimos veinte años, el censo de la población española se incrementó en cinco millones de habitantes, y se crearon cerca de tres millones de puestos nuevos de trabajo, que en su mayor parte han sido ocupados por trabajadores rescatados al campo, donde vivían en condiciones ínfimas. Quedan todavía muchos campesinos por redimir, muchos puestos de trabajo por crear y mucho por hacer, pero lo cierto es que España ha desembocado ya en el camino real, por donde avanza cada vez más ágil y resuelta, porque los sacrificios de ayer la han adiestrado para vencer las dificultades de hoy y de mañana. Por eso el ministro de Comercio ha podido afirmar, con ppinión que corresponde a una profunda convicción, que el desarrollo de la economía española será uno de los grandes acontecimientos europeos en los próximos diez años.

Si en cuanto a lo material el balance, después de la estabilización, ofrece tan satisfactorias perspectivas, en el orden de las ideas los progresos son igualmente notorios. El reconocimiento de la verdad española es proclamado sin ambages ni disimulos, y en estos días el profesor alemán Karl Schmitt, una de las cumbres de la ciencia jurídica europea, ha proclamado la superioridad española, porque España es el único vencedor del comunismo, y ante ella deberán hacer sus votos solemnes los demás países europeos, si de verdad desean constituir un sólido e invulnerable frente común anticomunista. Casi a la vez, el presidente de la Cámara de Comercio alemana, doctor Nacken, pronunciaba las más hermosas palabras de alabanza y gratitud para España que pueden ser dichas por un extranjero conocedor de la significación y alcance de la victoria española: "Expresamos nuestro deseo, decia, para que en las negociaciones con el Mercado Común, a las que, evidentemente, el Gobierno español ha de aportar su mejor voluntad, se tenga en cuenta que, gracias al sacrificio de la guerra de Liberación española, con dolorosas consecuencias para el país, se evitó que el comunismo arrollara a Europa por dos frentes. Con derecho y en verdad puedo afirmar que sin el sacrificio de España hoy los pueblos de Europa occidental no podrían hablar de un Mercado Común, que tiene por primer objetivo 1a libertad y el bienestar de todos los europeos, conservando su milenaria cultura y su civilización común.

Confesiones tan explícitas hechas a los veinticinco años de la Cruzada nos dicen cómo se ha abierto paso a nuestra verdad y ha penetrado en las mentes lúcidas no oscurecidas por e] sectarismo. Nos demuestran también la viveza del resplandor de la victoria, que lejos de palidecer se abrillanta en el reino de las ideas, de la misma manera que las obras confirman la sinceridad de intenciones y propósitos en el terreno de los hechos. "Quien no tiene fe en el pueblo español —ha dicho Franco—es porque no lo conoce. Es este conocimiento, adquirido en el transcurso de los últimos veinticinco años, el que nos ha permitido y permite no albergar temores ni dudas sobre el porvenir."

 

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