Autor: Saña Alcón, Heleno . 
   Sobre la libertad     
 
 Pueblo.     Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

sobre la libertad

EL tema, como se verá, no es inactual. Sobre todo para nosotros los españoles. Es sumamente paradójico que cierto contingente ae nuestros paisanos no naya duaado en renovar sus conceptos sobre un gran número ae realidades—economía, técnica, etc.—y no haya que riao en cambio intentar un repiaiueauutinto del concepto de "libertad". Progresistas en todo lo que sea, pero conservadores en sus prejuicios. Hay una tendencia a considerar la liuenaü como uu vaior estático, abstracto, situado más alla de las peripecias históricas, más alia de la precisa geografia del espacio y del tiempo. Hoy arman por el paneta gentes con un concepto de la libertad que es contemporáneo de la maquina de vapor y del primer telar mecánico y que se ha convertido, por tanto, en un puro anacronismo. Creer que se puede producir una evolución o transformación física y material de la vida sin que sea afectado el contenido ae ciertos conceptos; ideológicos procedentes del pretérito es tener una idea bastante roma de la historia. El concepto de libertad cambia irrevocablemente en la medida y al mismo tiempo que cambian las circunstancias Sociales, políticas y económicas de la existencia, nos guste o no nos guste.

E1 prejuicio de considerar la libertad como un dogma inamovible, como un valor en Si, independiente, sin un enCiave vital concreto, nos viene filosoficamente de los enciclopedistas, de los teóricos de "LA Ilustración". Su culminación histórica se produce en la revolución francesa. Políticamente es sobre todo un producto inglés. Pero en sus formas originales, el concepto de libertad es predominantemente latino. Inglaterra, la Inglaterra parlamentaria, y liberal, no es más que la repetición, a escala nacional, de las Repúblicas independientes italianas. Y a su vez, la Italia de las Repúblicas indepenuientes no es mas qué la repetición a escala regional do la polis griega como unidad política. Sobre la participación de España en los movísníentos inspirados preferentemente en la afirmación de Ja libertad del individuo no es preciso insistir demasiado en ello. Sin necesidad de referirse aquí a nuestros fueros clásicos, recordemos que el anarquismo — la más radical de las doctrinas en cuanto a. la libertad—alcanzó precisamente en la Península Ibérica su máxima culminación internacional, no por el vigor o la originalidad de su pensamiento, como en Rusia o en Francia, sirio por la violencia y la fuerza de su actuación. Es claro que mientras el peligro de otras comunidades radica en su falta de tradiciones liberales—como puede ser, por ejemplo, el caso de Alemania—, el peligro de las comunidades latinas, en general, y de España, en particular, radica precisamente en un exceso de libertad. Montesquieu, con gran perspicacia política, afirmó ya que el concepto de libertad no puede ser igual en todos los pueblos, pues está sujeto a circunstancias de tipo racial, geográfico e histórico.

El concepto de la libertad individual—o libertad de grupos y facciones, que viene a ser lo mismo—; como valor primordial de la existencia, encontró en su hora una contracorriente. Los primeros que enfocaron la sociedad como algo-más que un conjunto de individuos aislados, sin un nexo común, fueron los utopistas, desde Platón a Tomás Moro. Estos pensadores significan el primer esfuerzo teórico—con todas las ingenuidades doctrinarias que ustedes quieran — para considerar la existencia del hombre y de la sociedad como una unidad orgánica y vertebrada. A estas utopías sucede cronológicamente la aparición del llamado "socialismo utópico", que, más visionario que el liberalismo de los ingleses—de un Locke, de un Bentham o de un Stuart Mili—o del democratismo de un Rousseau, ven en la sociedad no un problema únicamente de formas políticas, sino un problema predominantemente social. Es sabido que el denominador común del socialismo de un Babeuí, de un Owen, de un Saint-Simon o de un Fourier consiste en la premisa de Ir por vía pacífica a la creación de una sociedad inspirada en principios colectivistas y solidarios. El valor del socialismo utópico estriba en que este se dio cuenta de que, sin una organización social conveniente, la libertad individual, la llamada libertad política, se convierte en una farsa.

Mientras el pensamiento írancés se esfuerza en encontrar una solución social para el hombre—no olvidemos aquí la aportación de Compte a las ciencias sociales—. en Alemania, Hegel, más radical y carente del contacto de una sociedad políticamente madura como la francesa, influenciado por el militarismo y el burocratismo prusiano; afirma, que la síntesis natural del individuo y de la sociedad es el Estado. La tesis de Hegel, justa en su principio, llevada a sus últimas consecuencias puede degenerar fácilmente en un vulgar cesarismo estatal, como de hecho ocurrid más tarde. Tanto el marxismo como el fascismo son dos movimientos inexplicables sin la influencia de Hegel.

Nosotros nos encontramos lejos de ambas actitudes, tanto del romanticismo demoliberal de inspiración francosajona como del cesarismo de Estado al estilo prusiano. Nosotros creemos que se han acabado los tiempos en que toda una sociedad debe vivir pendiente del humor y de las andanzas de un puñado da aventureros, lo mismo que creemos que la asistencia tutelar del Estado no debe acabar necesariamente en la absorción total del ciudadano, como fue el caso del nacismo y es el caso del comunismo. Notemos que las corrientes cesaristas de nuestro tiempo vienen tie Alemania y de Rusia, dos pueblos jóvenes y sin, tradición ´histórica, ambos burocráticos y centralistas. Es conocido el desprecio que Marx sentía por la Alemania del Sur, es decir, por Francfort y el valle del Rin, precisamente la zona alemána romanizada. Y es conocido que la toma del poder por Lenin y por los bolcheviques en Rusia, no es más que el triunfo de la influencia del pensamiento germánico sobre la influencia del pensamiento francés. En cuanto a Stalin, no se le puede comprender como figura histórica sin el precedente de un Iván el Terrible o de un Pedro el Grande.

Individuo, sociedad, Estado. Si echamos una ojeada panorámica a la historia del pensamiento político moderno, comprobamos cómo se ha tendido siempre, en todos los movimientos y sistemas, a ensalzar y radicalizar el significado de uno de estos tres valores en menoscabo de los otros. Tanto el liberalismo como el socialismo, tanto el comunismo como el capitalismo, tanto el monarquismo como el fasjcismo.

Nosotros creemos que solamente en un sistema superior que.los enlace a todos y dé a cada uno de ellos su valor y su significación se puede encontrar el sistema social más justo. Pero que semejante reforma política, que afecta a la, misma infraestructura de la sociedad, encuentre a su paso el correspondiente cupo de resentidos y obcecados que se oponen a ella, esto no debe sorprender ni desorientar a nadie. Revoluciones a gusto de todos, esto es un argumento de "meeting", pero sin, validez real. El que un movimiento político tenga enemigos no depende en lo más mínimo de su valor intrínseco. La oposición es connatural en el hombre y no es de ningún modo una novedad de nuestro tiempo, sino el lugar común de la Historia.

Cuando se plantea la vida de una nación en términos sociales, en términos de convivencia, entonces el valor por excelencia ya no puede ser libertad en el sentido romántico y decimonónico de la palabra, sino estabilidad, continuidad, eficacia económica, justicia social. Nosotros nos sabemos de memoria aque1 período de nuestra historia en que se creía nue para realizar una revolución bastaba con redactar una nueva Constitución política. Y el que haya olvidado .este estéril capítulo de nuestra Historia puede echar una ojeada a una buena parte del subcontmente americano, la parte del globo donde campea más ampliamente el concepto de libertad y en donde, por contraste, el pueblo,.que es lo único que a la hora de la verdad cuenta, menos se ha aprovechado de ello.

Heleno SAÑA ALCON

 

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