Don Claudio Sánchez Albornoz. 
 No quisiera morirse sin ser Senador por Ávila     
 
 Pueblo.    03/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

DON CLAUDIO SÁNCHEZ ALBORNOZ

NO QUISIERA MORIRSE SIN SER SENADOR POR AVILA

BUENOS AIRES. (PUEBLO, por nuestro enviado especial, ManueI CRUZ.)

Don Claudio Sánchez Albornoz no quisiera morirse sin ser senador por Ávila. «Mi padre fue senador por esa provincia, y mi abuelo, también. Aunque yo nací en Madrid, me siento abulense, y mi deseo intimo es que mis paisanos presentasen mi candidatura y me eligiesen senador en las próximas elecciones.» Esta inesperada declaración, que se matizó con la sonrisa entre irónica y socarrona de quien por razones de edad —ya ha cumplido los ochenta y cuatro años— pocas ilusiones puede tener aún en esta vida, me la hizo el ilustre catedrático, escritor y ex ministro de la República, durante la recepción que anoche ofreció el ministro español de Comercio, José Liado, a la colectividad española de Buenos, Aires.

Don Claudio acudió a la. Embajada solo, ya que su esposa se encuentra, muy enferma. Y subió sin denotar cansancio los escalones de la primera planta del palacete de nuestra representación diplomática, donde el ministro y eJ nuevo embajador, Enrique Pérez Hernández, que anteayer estrenó cargo, justo a los veinticinco años de haber desempeñado sus. primeras funciones de la carrera en esta misma capital, recibían a nuestros compatriotas bonaerenses.

Sabía yo que Sánchez Albornoz acudiría a la recepción, por lo que me compré dos ejemplares de sus obras para que me los dedicase. Mientras me firmaba uno de ellos con una dedicatoria en la que expresaba su confianza de «gozar de una España unida", el ilustre escritor, constantemente agasajado por los presentes, me cogió del brazo y, apretándomelo fuerte, para subrayar con nías firmeza lo que me iba a decir >ie manera espontánea, me confió su ilusión de ser senador por Avila para continuar la tradición familiar. Después, como preocupado porque sus deseos no pudiesen ser cumplidos, y. como si quisiera evitarse a si mismo la posible frustración, me dijo: «Bueno, bueno; esto es una broma.» Pero a medida que se reía, apretaba más el brazo, para desmentir con el gesto su palabra. Le dije entonces que su primer paso debería ser, después del referéndum, presentar su candidatura. Pero me contestó centelleante: «No es necesario. Que la presenten mis amigos por mí.» A continuación me dijo que participaria en el referéndum, y que votaría con un rotundo «sí».

Al poco rato, ia nutrida concurrencia conocía ya las declaraciones que me hizo, y que repitió en mi presencia ai propio ministro de Comercio, que ha venido aquí a negociar un importante convenio comercia! y financiero con Argenitna. que nos puede permitir una nivelación de la balanza de pagos, actualmente deficitaria para España.

Perfectamente informado de la actualidad española —sus amigos de la agencia Efe aquí en Buenos Aires le llaman cada dia para darle las últimas noticias—, don Claudio, que de cuando en cuando aseguraba a quienes se acercaban a saludarle que «estaba hecho la puñe-ta» por mucho que le agradasen las lisonjas sobre su excelente aspecto físico, me dijo también que debería evitarse la coalición de socialistas y comunistas en las próximas elecciones. Y la mejor manera para hacerlo —me dijo— era la de reconocer al P. C. E, «Los comunistas en España no pueden alcanzar más allá de un 10 por 100 de los votos; no hay que temerlos. Lo malo sería una coalición de la izquierda.» Don Claudio se sentó, fatigado, en un sillón, y una nube de compatriotas me lo arrebató.

 

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