Autor: Iribarren Rodríguez, Jesús. 
   Juramento y perjurio en la vida civil  :   
 Contexto religioso del juramento. No se puede imponer a todos el programa de un grupo. Ninguna const. 
 Ya.    21/04/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Juramento y perjurio en la vida civil

Contexto religioso del juramento • No se puede imponer a todos el programa de un grupo • Ninguna constitución humana es irreformable

UNA y otra vez asoma desde hace meses a los periódicos la grave acusación de perjurio lanzada contra quienes Juraron fidelidad a unos principios que eran, según la letra de la ley, "por su propia naturaleza permanentes e inalterables" a cuya necesaria alteración están contribuyendo desde diferentes escalones del poder o de la influencia social. La ocasión es propicia para recordar algunos principios éticos que nunca debieron olvidarse: con ellos, no se hubiera incurrido en el error de dar por permanente lo que es tan voluble como la organización política de las naciones, ni se hubieron exigido unos juramentos cuya vaciedad original hacia imposible el perjurio futuro. Afortunadamente, los moralistas suelen moverse más allá del oleaje político—hasta escriben, a veces, en una lengua muerta—, y nos dan, así, criterios intemporales que difícilmente podrán ser tachados de oportunistas.

JURAMENTOS SUPERFLUOS

UN juramento es un acto religioso: obliga en,cierto sentido a Dios a comparecer como testigo de una afirmación, garantía de una promesa y juez de su cumplimiento. La gravedad de esa comparecencia, nada menos que de la Divinidad apelada por los hombrea, convierte ya en falta moral un juramento "en vano", es decir, por materia baladi: es cuando menos infantil jurar por canicas, aunque sean hombres barbudos los que a veces juegan, en los negocios o en la política, con canicas.

Aun tratándose de materia de relativa importancia, lo que el juez, el inspector de hacienda o la policía pueden averiguar (y no dejarán de investigar aunque haya intervenido juramento) no tiene por qué provocar una citación de Dios. La puesta en marcha de todo el aparato de información oficial o privada indica ya que al juramento pudo tal vez no darle valor el que lo pronunció; pero que, desde luego, no se lo da el que desconfía de él como si no se hubiera prestado. Si .el detective le parece necesario, citar a Dios debía parecerle automáticamente superfino.

¿DECLARACIONES JURADAS?

LA banalización del juramento exigido a troche y moche dio lugar incluso a la degradación de las fórmulas usadas en las innumerables "declaraciones juradas" que el ciudadano tenía que hacer en el papeleo cotidiano de hace unos años; hasta el punto de que en la opinión común de los moralistas a quienes se consultaba, tales declaraciones carecían de todo valor en cuanto juradas, "al menos entre nosotros y hoy día" (Azpiazu); eran simples "declaraciones serias", sujetas a ulterior control. El Estado no quiso hacer caso del consejo repetido sin cansancio por los autores religiosos de que "es bastante dudoso el derecho del Estado, en concreto, a exigir la confirmación con juramento de las diversas declaraciones, que en lo puramente administrativo tiene derecho a exigir" (así, v. gr. Peinador, BAC. Vol. 215, pág. 174.).

JURAMENTO ANTE LOS TRIBUNALES SUBIENDO

en la escala de importancia de las materias juradas, llegamos al juramento prestado por testigos en causa criminal. Aun en ese caso, habría que señalar (sin negar la gravedad de la situación en que se apela a los testigos y las penas proporcionadas que deberían dictarse cuando de la falsedad en juicio puedan derivarse daños sin remedio para el reo), que el carácter original religioso del juramento —aún mantenidas exteriormente las fórmulas—ha perdido mucha de su eficacia y de su justificación en las sociedades secularizadas. El juramento por Dios presupone, tanto en el testigo como en el juez, una actitud de fe; si quien pide o presta e1 juramento es incrédulo, en lo intimo de su conciencia están citando a un fantasma. Vale más quedar en la "palabra de honor", con la conveniente guarnición de sanciones penales.

No estamos sugiriendo que se abandone la práctica del juramento religioso, de tan gran tradición jurídica en muchos países y en España. Llamamos sólo la atención sobre la necesidad de la coherencia que debe existir entre juramento por Dios y religiosidad real y no sólo oficial.

NO CONFUNDIR PARTIDO Y ESTADO

Y venimos finalmente a los "principios inalterables" en la constitución de los países. Hay una distinción que la ética exige: el Estado no puede ser partidista ni puede imponer a todos los ciudadanos la ideología de un grupo. Dentro de la libre pertenencia a una organización igual en derechos a todas las otras, al que vaya a integrarse a una de ellas podrá exigirle ella, con promesa o con juramento, según los criterios antes establecidos, que no la sabotee desde dentro y que, mientras pertenezca al grupo, y sólo dentro de esos límites, respete sus ideas básicas y su constitución. Eso rige igual de un partido político que de una empresa ideológica privada: por ejemplo, de un periódico.

Pero si el Estado comienza por confundir entre ideología de un grupo e ideología nacional y para la participación en cualquier actividad legítima pública de carácter general —funcionario, alcalde, sereno,

profesor o dirigente de un sindicato—exige la profesión de los principios de un partido, está, desde su raíz, violando el derecho de todos los ciudadanos a participar sin discriminaciones en la función pública.

En esas condiciones, exigir el juramento, es decir, utilizar el nombre de Dios para bloquear el ejercicio de los derechos de la persona, es evidentemente abusivo, por calificar benignamente.

Aquí entra en juego automáticamente un principio moral que los autores exponen más o menos de esta forma: en todo juramento promisorio, se supone implícita la condición "si puedo", "salvos derechos superiores", "si no cambian notablemente los adjuntos", "si también la otra parte guarda su compromiso", "si no cesa la causa final total..." Derechos superiores son siempre, no hace falta decirlo, los derechos ciudadanos a los derechos partidistas.

Ejemplo de defensa, frente a la pretensión de atar con juramento la legítima libertad de quien tiene más altos deberes, fue el juramento que el poder obligaba a prestar a los obispos en virtud del. derecho de presentación. La Santa Sede impuso que se incluyera en la fórmula, "co´mo conviene a un obispo", con lo cual el deber episcopal prevalecía, en caso de conflicto, sobre el juramento de fidelidad política, cosa que muchos no han querido comprender ni han sabido valorar.

NO SE PUEDE MANIATAR AL FUTURO

EL último punto pendiente es el del cambio de constitución.

Una cámara legislativa tiene tantos poderes como la que le precedió y un jefe de Estado, tantos como los que otro jefe de Estado "debe" tener. Una constitución no puede ser el instrumento por el que la fracción política en el poder maniate a. perpetuidad a las generaciones que le sigan. Casi todas las constituciones existentes a lo largo de la historia rompieron la efímera pretensión de eternidad de las constituciones anteriores, a veces mediante una guerra, a veces prometiendo una revolución, que medio siglo más tarde seguía pendiente, a veces en paz.

Alegar que se comprometió a Dios para asegurar la perpetuidad de unos principios (que no duraron cuanto su naturaleza, sino cuanto la firmeza efectiva del poder les permitió) es hacer del perjurio el menos razonable de los argumentos posibles. Porque, en nuevas coordenadas históricas, "cesó la causa total final", como expresan los moralistas: pasó una época al archivo, ese ya inmutable, de la historia.

Jesús IRIBARREN

 

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