Autor: Palao, Juan Eugenio. 
   Organización de la judicatura     
 
 El Imparcial.    14/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Organización de la Judicatura

¡¡ LOADO sea quien desveló el secreto del borrador de la futura Constitución!! Hizo un gran servicio al País. Relativamente justificado el guardar un inicial secreto, mientras el borrador se redactaba, hubiera sido una aberración y un mal seguir guardándolo más tiempo, que parece ser que es a lo que se iba. En una democracia nadie debe considerarse investido del monopolio de la sabiduría y del acierto. Los grandes temas nacionales deben ser sometidos ampliamente a la aportación que suponen los movimientos de opinión pública. La Constitución es, sin duda, uno de ellos. La sabiduría de un hombre, por mucha que sea, es una pequeña brizna perdida en el aire del sentir colectivo de un pueblo. La norma jurídica que no es fruto de una elaboración colectiva es puro arbitrismo. Porque sólo es derecho aquello que está y late en el seno de la sociedad. Sin la elaboración colectiva de las normas jurídicas no hay democracia; sin luz y taquígrafos no hay, además, gobierno parlamentario.

Los fecundos resultados de la publicación del borrador se empiezan ya a recoger. Al conocerse, han surgido impugnaciones, apoyos y perfeccionamientos. Esta aportación debe alcanzar el máximo posible para contribuir a la bondad del texto fundamental. Por ello, yo me atrevo a pedir a cuantos crean que tienen algo que decir, que lo digan, y a los medios de difusión que sean generosos en propagar estas opiniones. De esta forma enriqueceremos las fórmulas de la Constitución y sus normas gozarán de la lozanía del derecho vivo.

Para animar a los vacilantes empezaré por dar ejemplo. Expondré algunas ideas en torno a lo que el borrador llama, a mi juicio con error, «Poder Judicial». Lo hago sin que sea la mía una posición de autoridad. Aporto sólo mis reflexiones acumuladas durante más de cuarenta años en el ejercicio muy activo de mi profesión ante los Tribunales, a lo largo de los cuales he sentido vivamente en mi carne —como muchos de mis compañeros— sus miserias y también sus grandezas. En este claroscuro de aciertos y de errores he forjado mi amor por la Justicia y mi devoción por las personas que constituyen la Magistratura. Quiero y respeto a los grandes jueces con la misma fuerza que detesto a los malos. Por eso, en la lucha por el imperio de la Justicia, yo no soy un ser imparcial. Soy un abierto beligerante.

Se ha lanzado ya el tema de la independencia del juez. Consideramos indispensable robustecerla. Pero no es la composición del Consejo Judicial lo que nos preocupa. Robustecer la organización judicial como poder colectivo independiente es un anacronismo y un error. Lo primero, porque la teoría de la separación de poderes hace tiempo que ya está superada. Era una transacción en el paso de los regímenes oligárquicos a la democracia. Ahora sólo el Parlamento es el depositario de la soberanía popular, única fuente de poder. Lo segundo, porque un estado democrático es absolutamente incompatible con la existencia de castas u oligarquías, aunque éstas sean de jueces. Nada de fomentar el llamado «espíritu de cuerpo» con su carga de paternalismo y de egoísmo gremial que tanto -ha dañado a la Justicia, con esas actuaciones de solidaridad al compañero que van desde la crítica benévola hasta la permanencia en activo de jueces en edades o en condiciones físicas y psíquicas inapropiadas para el desempeño de esa dura y difícil misión que es, nada menos, que juzgar a sus semejantes, etcétera.

La independencia del juez, como la del ciudadano, hay que fundarla, hasta donde sea posible, poniendo el acento más que en el gobierno de los hombres, en el gobierno de las leyes. No creemos en el llamado autogobierno de la Magistratura, que termina siempre siendo el gobierno de unos pocos los que están en la cúspide- que configuran el entorno del buen juez, conforme a sus particulares criterios, aunque, como hasta ahora ha ocurrido, sean honesta y sinceramente sentidos.

Nadie podrá negarnos que se ha postergado en sus ascensos a jueces de muy valiosos méritos profesionales por ser «de la cascara amarga», por haber hecho un matrimonio inconveniente, etcétera. Por el contrario, se ha sido sumamente benévolo con quienes están dentro de ese amplio patrón de ser «muy buena persona, tener gran número de hijos o ser de comunión diaria». Si no modificamos el sistema de ascensos, los criterios podrán invertirse, pero serán igualmente injustos: se proscribirá al «carca» y se favorecerá al masón.

Hay que terminar, pues, con los ascensos discriminados. El juez que cubra su función con una actuación media satisfactoria debe ascender automáticamente por el solo juego del escalafón. Queremos que en el futuro el juez, que está en momento de ascender, no tenga que coger el sombrero para visitar al político o al magistrado amigo. Su vida profesional no podrá interrumpirla nadie sino sus errores, sus vicios o sus faltas, ya debidamente sancionadas, esto sí, por el Consejo Judicial, que como sanción en expediente adecuado habrá decretado la pérdida de puestos en el escalafón u otra medida disciplinaria. Esta importante misión del Consejo Judicial deberá ser cumplida —con las otras que le correspondan— de manera inexcusable, sin benevolencias de ninguna clase. De aqui el acierto de que el Consejo Judicial se componga sin dar a la Magistratura paridades o mayorías. Lo exige también la supremacía de la voluntad popular encarnada en el Parlamento, que cierra el paso a la existencia de ningún Poder paralelo.

Los límites de este artículo exigen terminar. Antes diré que no basta con robustecer la independencia del juez en su vida profesional. Es necesario también robustecer su independencia social, dotándole de los emolumentos que correspondan a la importancia de la misión que la sociedad le tiene confiada. Por último, no hace falta que diga que hay muchos más palos que tocar, todos importantes. Señalaré ya que el ascenso automático hay que limitarlo al escalafón de ingreso en el Cuerpo de Jueces de Primera Instancia e Instrucción; que hay que crear, dotándolos mediant concurso-oposición, un escalafón, también de ascenso automático, de magistrados de Audiencia y otro de magistrados del Tribunal Supremo, y que no deberá ser olvidado el personal auxiliar y las demás circunstancias que constituyen el entorno dentro del cual el juez debe desempeñar su augusta misión. Tampoco debe ser olvidada la efectiva exigencia de la responsabilidad que pudiera haber contraído el juez, ahora apenas exigida.

En definitiva, demos al juez, como sujeto de deberes y derechos, la más absoluta y rabiosa independencia a traves del amparo de la Ley, sin caer en la trampa de crear posiciones oligárquicas de Cuerpo que lo encadenen a la politica de los hombres, aunque estos sean magistrados insignes y obren en nombre del supremo interés de la Justicia.

JUAN EUGENIO PALAO

 

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