Autor: ALCOCER. 
   Crimen y radicalismo     
 
 Pueblo.    06/10/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

CRIMEN Y RADICALISMO

HAY que reconocer que el crimen, sea cual fuere la forma en que se manifiesta, tiene el efecto innegable

de radicalizar las posiciones. Así el reciente asesinato cometido en San Sebastián, del que han sido

víctimas el presidente de la Diputación y los cuatro miembros de su escolta. Anteayer por la noche el

ministro Rodolfo Martín Villa, titular de Gobernación, compareció en la televisión y dio explicaciones

sobre la reunión del Consejo de Ministros que había tenido lugar por la tarde. Serenidad y firmeza, apelar

a los recursos que las leyes vigentes brindan a la autoridad, no abrir la excepciona 1 i d a d, salvo que sea

imprescindible... En fin, todos los recursos que es lógico esperar de una conducta gubernativa prudente y

firme, y que, de otra parte, no está tampoco libre de inquietudes de otra índole.

Radicalizar posiciones es una actitud que debemos preguntarnos a quién conviene. No conviene al

Estado, desde luego. Tampoco al Gobierno. Y en manera alguna a la sociedad. Evidentemente, por

razones distintas. No conviene al Estado (Corona, instituciones), porque introduciría en su seno factores

contradictorios y tensiones con posibilidad de agravarse. No conviene al Gobierno, porque obstaculiza y

estorba la realización de su única identidad proclamada, que no es otra que recorrer el camino hacia la

democracia. No conviene a la sociedad, entre otras cosas, porque la obliga a limitar sus posibilidades de

critica al poder. Entonces, ¿a quién con viene? Pues está bastante claro: o bien a quienes desean seguir

teniendo razones para llorar, o bien a quienes aspiran a que todo el mundo esté llorando; en una palabra:

conviene a todos los que están de hecho, y se sienten, marginados de una realidad nacional ciertamente

conflictiva, pero comunitaria; claramente problemática, pero esperanzada. Conviene a los maximalistas.

Conviene a los extremismos, porque a unos los justifica (según ellos), y a otros también (según casi

nadie).

Poco más o menos, pensamos que tendrá que llegar el día en que el crimen, venga de donde venga, lo

cometa quien lo cometa, tendrá que ser llamado sencillamente así: Crimen. Sólo entonces —y desde la

más enérgica condena de tal crimen—• será posible la crítica clara, la confrontación pacífica, la enemistad

sin muerte, y la esperanza sin utopía. En una palabra: sólo entonces será posible nada más y nada menos

que la democracia. Ahora el Gobierno del presidente Suárez está en una posición delicada. La verdad es

que siempre lo ha estado. Pues bien, que persevere. Que mantenga velocidad en las reformas y en la

propulsión de los cambios. Que no retraiga el ritmo de sus transformaciones, sean cuales fueren las

presiones que ahora sobre él se proyecten, desde aquí o desde allá. El crimen es ilícito y repudiable, desde

luego. Pero igual graduación de falsedad adquiere, en estos momentos, la sonrisita de conejo de quien,

ante el crimen, afirma: «¿Ven ustedes? Ya lo decía yo, ya lo decía yo.» No. Ustedes ni decían nada ni

vale lo que dicen. Aquí estamos dirimiendo un pleito entre gentes vivas y de pie. Un pleito entre hombres

que quieren y pueden ser libres, y que saben que es irrepetible el pasado. Quede esto claro Algunos

pertenecen a otra panoplia. Y en esto, ustedes, para buenaventura de todos, tienen poquísimo que decir.

Con firme constancia, es preciso seguir haciendo la España de hoy. En nombre de ninguna circunstancia,

podemos repetir los moldes ya rotos de la España de ayer.

Los muertos exigen varias cosas: respeto, reflexión sobre las causas e irrepetibilidad en los hechos. La

oposición se ha apresurado a conde n a r los atentados y a sus culpables. No pique moa las trampas de los

cautelosos de diverso pelaje. Ahora, más que nunca, es menester la libertad para concluir con toda

propensión a la locura.

 

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