Autor: Meliá Pericás, Josep. 
   Lección política de cinco asesinatos     
 
 Informaciones.    09/10/1976.  Página: 1,3. Páginas: 2. Párrafos: 5. 

Lección política de cinco asesinatos

Por Josep MELIA

UN el momento en que murió asesinado Juan María de Araluce se podía afirmar sin exageración que

E.T.A. había cometido uno de los mayores errores políticos de una larga historia de equivocaciones. Hoy,

esta afirmación ya no es posible. Una valoración objetiva lleva a decir que la barbarie de los presunta-

mente partidarios del orden ha permitido que E.T.A. recobrara ante muchos vascos una cierta justificación

de su inadmisible conducta. E.T.A. no ha errada

Ha acertado en su propósito de llevar el País Vasco a convertirse en un polvorín. La violencia con la que

elementos incontrolados —puesto que nadie se toma el esfuerzo de controlarlos— han respondido a la

provocación de la violencia, han colocado a la ciudad de San Sebastián en el centro de una cadena de

actos histéricos en la que, por curioso y paradójico que parezca, la fuerza y el impacto de cinco asesinatos

se ha ido desvayendo a medida que transcurrían las horas.

En tres ocasiones, hasta el momento en que escribo este artículo, la barbarie de la extrema derecha ha

llevado su provocación impune a las calles de San Sebastián. Hombres armados con cadenas han

destrozado escaparates, han violentado a los pacíficos ciudadanos que compraban o concurrían a los bares

y cafés. De esta manera, arbitrarla e intolerable, la represión contra unos asesinos a los que se debe aplicar

no solo el peso de la ley, sino la condena política adicional que merece su afán de destruir la esperanza de

una España democrática, ha sido transformada en una represión contra el País Vasco. Martín Vina dijo

que el Gobierno era consciente de que E.T.A. no representaba el sentimiento del pueblo euskera. Pero los

hechos que se han tolerado no corren en auxilio de un planteamiento tan correcto. O se admite que es

válido que paguen justos por pecadores, o se llega a la conclusión de que se considera culpables a todos

los habitantes de San Sebastian, puesto que a todos ellos, sin discriminación ni selección de objetivos, se

les hace depositarios de una ira, de una indignación, que muchos sentimos, pero que nos negamos a

convertir en afán de venganza, sólo otros provocadores pueden convertir el sentimiento de justicia en una

mayor injusticia. Y mucho más justo es que los asesinos de Araluce queden impunes, que no que carguen

con su crimen personas inocentes. Y eso no vale tan sólo para e! recin-

LECCIÓN POLÍTICA DE CINCO ASESINATOS

(Viene de la primera pág.)

to sagrado en el que se deben discernir las culpabilidades y dirimir las sentencias. También vale para la

calle. Es grave que un país esté sometido a la provocación del terrorismo y a su furia sanguinaria. Pero es

mucho peor todavía que quienes lo condenan, utilicen sus mismos procedimientos. Eso equivale a hacer

verdad aquello que pino» i— juventudes /(Vosotras, fascistas, sois los terrorristas. Montesquiu decía

que no hay peor dictadura que la que se ejerce en nombre de las leyes. Nosotros nos vemos forzados a

añadir que no hay peor terrorismo que el que se realiza amparando la anarquía, aunque sea para defender

el orden. Realmente, no se podía esperar que E.T.A. contara con tan magníficos aliados para secundar su

plan. Hay que ser muy torpe, muy elemental y muy. primario para morder un anzuelo tan burdo. Sé que

ese no ha sido el caso del Gobierno, y no me duelen prendas para aplaudir su actitud. Pero la reacción de

esos dos centenares de provocadores que han asolado San Sebastián lleva a la necesidad de pensar que los

cerebros de los dirigentes de E.T.A. no están tan atrofiados como a primera vista parecía. Ellos, sin duda,

contaban con esa posibilidad. La calcularon y la activaron por medio de un crimen que nadie podrá

aprobar. Pero que se ha convertido en un crimen político sólo desde el momento en que ha producido

unas consecuencias políticas. En la avenida de España, la sangre regada era motivada por un asesinato

vulgar, común. La adjetivación política se la han dado las consecuencias que de ello se han derivado

Los que, como el señor Zamanillo, creen, y divulgan, que es el programa del Gobierno el que produce los

asesinatos, los periódicos que señalan que es la falta de autoridad la que suma má» muertos, tienen muy

mala memoria. Ni los asesinatos, ni en todo caso la falta de autoridad, son cosa nueva. Lo nuevo es el

deterioro de la autoridad que producen los que a fuerza de querer demostrar que ese es un Gobierno débil,

lo debilitan con su demagogia y su provocación pinochetista. Si E.T.A. lo que quería era acabar con el

horizonte democrático para que se desataran los mecanismos dictatoriales y crear las condiciones

objetivas de una revolución violenta, se ha salido con la suya Franco, cuando murió asesinado e]

almirante Carrero, utilizó una frase que refleja bien su carácter «No hay mal que por bien no venga.» Sin

que yo pretenda llegar tan lejos en el maquiavelismo de la praxis, pienso que los asesinatos de San

Sebastián habrían podido tener algún contraefecto positivo. No hay duda, por ejemplo, de que habrían

forzado el lenguaje de la moderación en los grupos oposicionistas realmente democráticos. Un golpe de

esta naturaleza, por fuerza tenia que llamar a la sensatez y rebajar las presiones hasta el extremo que no se

hiciera imposible la convivencia. En otras palabras, pasado el primer susto, habrían contribuido a la

viabilidad de la reforma. Todo esto sin embargo, se ha ido al traste ante el gamberrismo institucional de la

derecha cavernícola. Porque no sólo han demostrado sus miembros de lo que son capaces, sino que han

dado pruebas de su hipocresía al apoderarse de símbolos sagrados o de prevalerse de una impunidad que

daña la credibilidad del país.

¡Pobre España herida a dentellazos por dos extremismos intercambiables, primos hermanos, puesto que

son hijos de Jas dos mitades Irreconciliables de una familia escindida por el odio y la intolerancia!

 

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