Autor: Bedoya, Javier M. de. 
   Aquel Madrid     
 
 Pueblo.    26/03/1962.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Aquel Madrid

Si a Quienes estamos acostumbrados a los grandes espectáculos actuales, tan llenqs de posibilidades en el orden de la imagen, de la sonorización y del color, nos produce impresión la dinámica de Lope de Vega, la vivacidad de sus expresiones, la tensión de sus situaciones, ¡qué no habrá sido este teatro, esta manera suya de retratar y divertir, en su propia época y manejando realidades del día! No es de extrañar que las gentes le siguieran por las calles y que constantemente tratasen de manifestarle, no ya sólo admiración, sino su gratitud.

Somos muchos los que, aún hoy, nos dejamos influir por la austeridad del segundo de los Felipes, por las negras ropillas, por los severos ecos inquisitoriales; sobre esa trama, superficialmente sombría, se bordaron las leyendas antiespañolas; pero aquel Madrid era alegre, desenvuelto, creyente e increíble.

"La bella malmaridada", de Lope de Vega, nos ofrece algunos maravillosos retazos del Madrid diverso de finales de los quinientos. Los espectadores del teatro María Guerrero de 1962 salimos asombrados de tanta audacia, desparpajo y belleza.

Evidentemente, la Historia, excesivamente centrada en los aspectos políticos de la inda, partiendo del supuesto que en el Poder y sus acatares pueden compendiarse las singularidades de un pueblo, ha sofocado la visión del Madrid de los Austrias. Lope de Vega, en esta especie de saínetes jugosísimos que prodigó tanto, da testimonio de una sociedad llena de contradicciones; despreocupada de Flandes—por aludir de alguna forma a las cosas concretas de la Historia—y con una espontaneidad social tal ves paralela al sistema de Estado, es decir, poco interferida por él.

Nada hay de político en "La bella malmaridada". Pero como en esta piesa todo es vida, la no alusión tiene fuersa probatoria de la existencia de una realidad dual: la de los tremendos empeños del Estado de Felipe II y la de la inmensa y despreocupada vida de los madrileños de entonces.

No quisiera desorbitar este comentario. En la deliciosa obra de Lope de Vega se abren y se cierran, simbólicamente, muchas ventanas sobre la calle; incluso paseamos de noche y de día por la calle; nos sentamos también entre la arboleda del Prado un día de Carnaval; conocemos actitudes nobles, debilidades y tipos picarescos; se alude o, prácticas religiosas; olmos cosas interesantes sobre los derechos de la mujer, el juego, el afeminamiento de los donjuanes, la prostitución y el sentido del honor; se nos presentan personajes secundarios de enorme verismo e idioma crudo. Ni por asomo el costumbrista genial hace la más lejana referencia a alguna preocupación de carácter público. Y eso es, ni más ni menos, lo que, por mi parte, pretendo decir al lector.

Javier M. DE BEDOYA

 

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