Autor: Navarro, Alberto. 
   El Quijote de la restauración y el del 98     
 
 ABC.    08/07/1965.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 28. 

EL QUIJOTE DE LA RESTAURACIÓN Y EL DEL 98

«El "Quijote", como las grandes realidades de la naturaleza y de la vida, es

buen elemento de contraste para conocer la categoría humana de las diversas

épocas, pueblos e individuos que a él se acercan.

Limitándonos a España, creo que desde las actitudes que ante el "Quijote"

adoptaron en el siglo XVII Gracián, Quevedo, Guillén de Castro, Salas Barbadillo

y otros, hay que saltar hasta la segunda mitad del XIX para hallar una reacción

digna de "tal vez único libro profundo de la Literatura española", al decir, sin

duda extremoso, de Ortega.

Nada interesante dijeron sobre el "Quijote" los románticos españoles, siendo

ello una prueba de la superficialidad de nuestro romanticismo; pero la

conmemoración del IV Centenario de la publicación del libro cervantino

permitirá contrastar las dos modernas interpretaciones españolas del "sentido

oculto del "Quijote" más vivas, profundas, y completas.

En efecto. Asensio, Valera, Menéndez Pelayo y Ramón y Cajal van a exponer en

sendos discursos un vivo comentario del "Quijote", que diferirá del que, en

forma de ensayo, pub1icaran por esos mismos años Unamuno, Maeztu, Azorín y

Ortega, que tantos puntos de contacto tiene con la llamada "Generación del 98".

El empeño principal de los tres primeros escritores de la Restauración será

hacer ver que el libro genial no es un libro triste, llorón y demoledor, según

opinaban tantos ilustres "intérpretes" extranjeros.

Ciertamente que hay tristeza y burla satírica en el "Quijote", pero los tres

tratan de limitar el alcance de las mismas. Cervantes, nos dirá Asensio con

lenguaje sobradamente significativo, "no quiso derribar sino restaurar".

Cervantes, según Valera, lejos de ser un escritor "maldiciente, mordaz y

solapado", presentará con luz piadosa a los personajes que desfilan por su obra,

todos los cuales ofrecen algún rasgo de la huella de Dios que existe en cada

hombre.

Cervantes, nos dirá Menéndez Pelayo coincidiendo con Valera, al atacar un falso

género literario nos dejó el último y mejor libro de caballerías, la más alta y

clara exaltación del ideal caballeresco que depura y acrisola de reprobables

elementos anacrónicos o bajos que lo afeaban y desvirtuaban.

Los citados escritores, condenando, aunque con salvedades expuestas por Menéndez

Pelayo, las "libres interpretaciones" hechas "a lo protestante" por quienes

trataban de hallar "doctrinas esotéricas", continuas alusiones ocultas a hechos

y personajes, o actuales ideas y sátiras en las que el Manco de Lepanto, nunca

pensó, coinciden también en exaltar la figura de Don Quijote, e incluso, la de

Sancho, pero encuentran en ellos elementos vulnerables y, más que del héroe

central, se ocupan del libro y del autor que en él habló.

Ramón y Cajal, en cambio, dirigirá preferentemente su atención al Hidalgo

Manchego, por él también considerado, no meramente como un loco ciego y

disparatado, sino fundamentalmente como prototipo del hombre que inmola

generosamente su vida por el bien de la colectividad humana. Consecuentemente,

Ramón y Cajal no sólo desea también que Don Quijote vuelva a cabalgar, sino que

le invita a caminar por los nuevos campos de la ciencia, las artes, la industria

y el comercio.

Ahora bien, cuando Ramón y Cajal quiere que Don Quijote salga a esos nuevos

terrenos, sensato y sin locura, olvida que cualquier sabio, artista u hombre de

negocios, por muy filántropo que sea, no llegará a la quijotesca inmolación de

su existencia si carece de la transfigurados locura del Quijote cervantino.

Como Ramón y Cajal, aunque en diversa manera, también los escritores del 98

centrarán su atención en Don Quijote al que igualmente incitarán a salir de su

aldea. En efecto. Unamuno escribirá el más detallado e inspirado comentario a la

vida de Don Quijote al que, a diferencia de Cervantes, exaltará y divinizará

totalmente.

Ahora bien, el nuevo Quijote de Unamuno más que locura lo que posee son ansias

poderosas de tenerla y, por ello, y porque en el hondón de su alma buena, más

que anhelos de acorrer menesterosos lo que existen son otros insatisfechos de no

morir y de adquirir famoso nombre, fácilmente confundirá la barbaridad y el

disparate con la quijotada y con la transfiguradora locura quijotesca; y

fácilmente también incurrirá en deformar caprichosamente al prójimo al que

propenderá a ver más como fementida canalla digna de ser raída de la faz de la

tierra que como pobre y menesteroso viandante que, por las mismas ocultas

encrucijadas que él, busca también el pobre bien de la terrena

felicidad.

Por su parte, Ramiro de Maeztu dirá que el "Quijote" es libro decadente, pero,

de forma parecida a los escritores de la Restauración, limita el alcance de la

desesperanza latente en la obra, al enfocar históricamente la citada" decadencia

del inmortal libro cervantino. Escrito en un momento de cansancio nacional e

individual invitaba a los fatigados y maltrechos hidalgos de entonces a no

seguir saliendo impremeditadamente de su aldea, pues que lo mejor que puede

hacer un hombre o un pueblo cansado es descansar.

Ahora bien, las circunstancias del momento en que él escribe son otras, y Ramiro

de Maeztu también incitará a Don Quijote a que se lance nuevamente por los

anchos campos de la vida. Esta nueva salida del viejo héroe, definido no por las

irreprimibles ansias de alcanzar famoso nombre, sino por el generoso amor

altruista y caritativo, ha de realizarla con vista clara, adecuadas armas y

robustas fuerzas, si es que de verdad desea "instaurar eficazmente el reinado de

Dios sobre la Tierra".

Desco11ante es también la interpretación de Ortega para quien, a diferencia

de Unamuno, el verdadero quijotismo admirable no hay que buscarlo en Don

Quijote, mero individuo, e individuo defectuoso, de la especie Cervantes, sino

en el libro entero, donde se manifiesta plenamente el inmortal Manco de Lepanto.

El "Quijote" es el máximo caso de plenitud española, y en él debemos buscar

la clave del destino de España, el verdadero modo de ser español. Lástima que

viéndolo así, el gran escritor no nos dejara un tan detallado análisis del libro

cervantino como el que Unamuno escribió sobre el Hidalgo Manchego.

Triste interrogante lanza Don Quijote a Ortega; triste es el Quijote que, con

fina sensibilidad, Azorín imagina cabalgando por el triste paisaje castellano, y

posteriores intérpretes mostrarán también un triste Quijote, devorado cual otro

Hamlet por íntimas dudas y melancolías inhibidoras de la acción, que acabarán

venciéndole y haciéndole retirarse desengañado a su aldea.

Grandes preguntas hicieron, pues, al "Quijote" sobre el vivir individual y

nacional los citados escritores de la Restauración y del 98, manifestando

claramente que en su interior llevaban anhelos e interrogantes más hondos que

los meramente estéticos.

Ahora bien, a ejemplo suyo, se hace preciso leer de nueva manera, desde las

nuevas circunstancias, el inexhausto texto cervantino.

En consecuencia, nosotros, que estamos en el después de aquel antes, creemos que

Don Quijote debe seguir saliendo animosamente de su aldea, pero, ateniéndonos a

la, honda ironía que Cervantes vierte sobre su héroe, creemos también que no

debemos seguir exaltando como divinizable lo que Cervantes quiso presentar como

tierra de humanos defectos.

Creemos que Don Quijote debe seguir dando lección de abnegada y caritativa

inmolación de su existencia por el bien de los demás y por el triunfo de los

nobles empeños, pero también creemos que el flaco hidalgo debería considerar y

atender no sólo ciertos consejos de Don Juan Manuel, Gracián y Quevedo relativos

al cuidado y conocimiento que el héroe ha de tener de sus propias fuerzas, sino

otros más hondos de Santa Teresa y San Pablo que recuerdan cómo la caridad ha de

empezar por uno mismo, y cómo el espíritu ha de saber servirse del cuerpo.

Reprochamos la loca e irrespetuosa deformación que Don Quijote hace de las

cosas, y más aún su caprichosa deformación peyorativa del prójimo, pero, en

cambio, creemos que necesariamente debe hallarse poseído por una invencible

locura que transfigure limpiamente la realidad. Esa humilde y soberana realidad

que, contemplada y manejada por quienes sólo ven y atienden los datos que

les ofrecen mezquinas miras de provecho individual y material, tan pesada y

pobre se ofrece.

Alberto NAVARRO

 

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