Autor: Atienza Serna, Ricardo. 
 Pacto foral y "derechos históricos" (III). 
 La defensa del sistema foral     
 
 Informaciones.    22/07/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 22. 

PACTO FORAL Y «DERECHOS HISTÓRICOS» (III)

LA DEFENSA DEL SISTEMA FORAL

Por Ricardo ATIENZA SERNA

A pesar de los avatares por los que hubo de pasar en su trayectoria histórica, el sistema foral se mantuvo en su integridad hasta bien entrado el siglo XIX, lo que puede ser considerado cómo una «anomalía histórica».

El hecho viene determinado por dos elementos complejos: por un lado, el interés económico de las provincias ferales en el mantenimiento del sistema, al que ya me he referido en un articulo anterior; por otro, en los mecanismos utilizados en su defensa.

Estos mecanismos actúan a varios niveles. En primer lugar, las provincias torales desarrollan una acusada tendencia a la invariabilidad, al rechazo de cualquier iniciativa de transformación. El conservadurismo, del que históricamente ha hecho gala la sociedad vascongada en los aspectos religiosos, social, cultural, político, etc., está, sin duda, en relación con el fuero y con la necesidad de conservarle.

El jesuíta Manuel de Larramendi, en su defensa -del sistema foral, estableció en el siglo XVIII una completa identificación entre el mantenimiento del sistema foral y el de la sociedad estamental del antiguo régimen:

»¿Por qué ha de ser Guipúzcoa tan libre y más que otras provincias de España? ¡Pregunta, por cierto, discreta! Por ahora sírvales de respuesta otra pregunta. ¿Por qué han de ser más libres los señores que los esclavos, que los siervos? ¿Por qué han de ser nobles los caballeros e hijosdalgo, y no lo han de ser los plebeyos y villanos?»

En momentos de evolución, de transformación de la conciencia colectiva de la sociedad, no es extraño que los defensores de la tradición se áf erren a lo que pueda aparecer como indiscutiblemente inmutable. Larramendi lo hace con la religión o la sociedad estamental, Sabino Arana lo hará con la sangre o la raza.

Directamente relacionado con este conservadurismo surge un mecanismo de defensa que tiende a dotar a las provincias ferales de un caparazón que proteja sus instituciones de cualquier ataque: es la mitificación histórica. La mayoría dé los historiadores vascos se acercaron a su historia sin el menor espíritu crítico; «crearon» una historia que hacia aparecer al País Vasco como un pequeño paraíso sin apenas contacto con un mundo polémico y cambiante. Estas «ficciones históricas» eran la respuesta a la integración de los historiadores en su propia sociedad.

Las vinculaciones del escritor con la sociedad se canalizan por tres conductos fundamentales: presión ambiental, promoción de las Diputaciones y Censura.

La presión ambiental impide que en una sociedad tradicional surjan movimientos racionalistas y críticos, produciéndose una especie de selección natural en que los brotes críticos son aplastados y silenciados.

La promoción de la investigación histórica por parte de las Diputaciones Provinciales respondía a necesidades concretas de apoyar documentalmente la defensa de los fueros.

Y, por último, las Diputaciones intentaron ejercer una especie .de censura, incluso fuera del territorio propio, como cuando en 1767 el Señorío de Vizcaya protesto por la publicación de «La Cantabria», de Enrique Flórez, por contener expresiones «opuestas a las prerrogativas, exenciones y antigüedad de este ilustre solar».

Además de la creación de una ideología propia tendente a la conservación de las instituciones ferales, existen otros medios a los que se acudió en situaciones coyunturales comprometidas; por ejemplo, los donativos.

Al no existir apenas en" las provincias forales sistemas regularizados de contribución, y teniendo en cuenta el déficit permanente que arrastraba la Real Hacienda, la oportuna concesión de algún donativo, la amenaza de retirar algunos de los prometidos, producían resultados inmediatos. Este viene a ser una especie de soborno al Gobierno que se combinaba con pequeños sobornos a alguno de sus miembros; en muchas ocasiones, simples muestras de agradecimiento a quienes, por su condición de vasco-navarros, o por sus intereses económicos en las provincias forales, se sentían ya harto inclinados a la defensa de sus instituciones. La presencia de numerosos vasco-navarros en la Corte es un hecho incuestionable que tiene su explicación en la peculiaridad del sistema de transmisión hereditaria en las provincias forales, que expulsaba a los segundones del hogar paterno. Un hecho del que existía plena conciencia en el siglo XVII, cuando Juan Ruiz de Alarcón pone en boca de uno de sus personajes:

«Y a fe que es del tiempo vario efecto bien peregrino que no siendo vizcaíno llegase a ser secretario.»

El último y definitivo argumento para luchar por el mantenimiento del sistema foral lo constituyen los levantamientos populares, como el Motín de la Sal, en 1632; la Machinada, de 1718 y la de 1765; la Zamacolada, de 1804, las partidas realistas del Trienio Constitucional o la guerra carlista.

Frente a estos procedimientos, la protesta directa ante el Rey, los memoriales enviados a la Corte, tienen una importancia relativa. Los memoriales utilizaban tres tipos de argumentos en defensa del fuero: históricos, jurídicos y económicos.

El primer tipo de argumentos se basa en investigaciones realizadas al efecto por los historiadores del País, aludiendo a la tradición e inmemorialidad de los fueros y recordando que los mismos fueron jurados y mantenidos por los Reyes, protagonistas del auge político de la monarquía y considerados como modelos en la historiografía de la época: Isabel la Católica, Carlos V y Felipe II

Los argumentos de tipo jurídico se basan en el modelo especial de asociación de- las provincias forales a Castilla, por medio de un pacto libre y voluntario, que no podía ser roto sin el consentimiento de ambas partes.

Los argumentos de tipo económico son, en mi opinión, los más importantes y, en definitiva, los que contribuyeron a justificar el mantenimiento de los fueros incluso ante quienes eran decididos partidarios de su abolición, y se basan en la necesidad económica de los fueros dadas las deficiencias agrarias de las provincias afectadas que no podían alimentar a sus naturales con sólo el producto de su suelo.

Esta relación entre los fueros y la esterilidad del territorio se convirtió en una línea argumenta! constante en la defensa del fuero; un argumento que surtió su efecto, pues, por ejemplo, en 1798 un informe de la Dirección General de Rentas señalaba que no era conveniente trasladar la línea aduanera del Ebro al Pirineo porque los habitantes de Navarra perecerían sin duda, «por ser este país sumamente infeliz, pues que a fuerza de mucho trabajo y de estar libre de algunas contribuciones que sufren los demás del reino, pueden ir viviendo con una suma miseria».

La pobreza es considerada como causa del fuero, por unos, a través de concesiones del Rey, y por otros a través de la voluntad de Dios. Este es el caso de Iturriza y Zabala, historiador del siglo pasado que consideraba a los fueros como «una dote que la Providencia Divina le concedió y vinculó paravel Señorío de Vizcaya en recompensa, sin duda, de la esterilidad de su suelo».

Tenga o no influencia en su origen, es evidente que la pobreza del suelo de las provincias fórales, que ellas mismas se encargaron de airear, contribuyó de modo efectivo, junto con los otros mecanismos de defensa, y distintas circunstancias históricas, al mantenimiento íntegro del sistema foral hasta su abolición en el siglo XIX.

Los dos capítulos anteriores de esta serie han sido publicados en las páginas centrales. El primero, el pasado jueves, y el segundo, ayer.

 

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