Autor: Elorriaga Fernández, Gabriel. 
   Vanguardia y retaguardia     
 
 Pueblo.    24/03/1962.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Vanguardia y retaguardia

POR razones específicas del sentido de transformación técnica, económica y social de nuestra época., y por razones del clima competitivo que la tensión entre Oriente y Occidente impone, vivimos un ritmo universal de aceleración histórica. Este ritmo no es voluntario en todas sus manifestaciones, como no puede ser voluntario el rendimiento de las industrias de interés militar en tiempo de guerra, ka clara beligerancia en que nos desenvolvemos exige una medida que no es sólo de alcance de los proyectiles, que, hoy por hoy, son sólo armas preventivas o disuasorias sobre las que se puede dialogar y hasta buscar límites de compromiso, sino que es medida total de capacidad politica. En el frente político nada significa autolimitación o compromiso; el que se quede atrás será el vencido, aun sin sonar un solo disparo. Este es el convencimiento con que se juega en el campo de tensiones que ha dado en llamarse "guerra fría", donde no hay pactos ni descanso.

El sentido de transformación técnica, económica y social de nuestra época exige una interpretación adecuada en el orden de convivencia, una jerarquización a escala humana de los nuevos recursos materiales, una confirmación de los valores de la justicia y de la libertad dentro de un estilo de vida evolucionado, una conciencia popular del ciclo histórico, de las metas de bienestar y de la participación colectiva en las graves decisiones comunes, contemporáneas. En conjunto, se trata de una exigencia de creación política absolutamente real e insoslayable y sin referencias suficientemente válidas en el mundo anterior a la segunda guerra mundial.

Esto lo saben todas las mentes realistas de cualquier parte del mundo que observan, la crisis de instituciones políticas que en otro tiempo dieron su rendimiento y consiguieron aceptación o, cuando menos, asentimiento pasivo. Hasta cierto momento, la crítica teórica del liberalismo fue suficiente para justificar los fallos de algunas estructuras políticas, sí bien el fracaso del liberalismo no era tan aparatoso que impidiese la normalidad en el desenvolvimiento próspero de varias potencias convencionales y su puesta en forma poderosa, llegado el caso de la guerra. Los totalitarismos, que cargaron la pluma en dicha crítica, fueron espectacularmente vencidos,en lo material y lo moral, y la victoria militar de Rusia no podemos olvidar que fue sólo un sumando jugado hábilmente al socaire del impresionante poderío occidental y con su expansionismo imperialista disfrazado por los contenidos ideológicos socializantes del marxismo y un antifascismo "enragé". Pero la gran realidad, evidenciada en la posguerra, fue que, si bien la crisis liberal seguía su cursó, no lo era tanto por los simplistas y elementales motivos de la teorética totalitaria como por un profundo desfasamiento que afectaba por igual a ambas posiciones.

De hecho, el pensamiento de tradición liberal se encuentra, tanto como el totalitarismo marxiste, hasta en 1a mente de sus propíos conservadores, ante serias necesidades de revisión. El esfuerzo por superar un desfasatnieflito político es el objetivo de los laboratorios ideológicos de la guerra fría. La autocrítica antistalinista no es, desde este punto de vista, un fenómeno de diferente sentido que la "Nueva Frontera".

Son los forcejeos por dar desde cada posición con´la dejáis de novedad política necesaria para ponerse a la altura de un tiempo en que estar, desfasado puede ser sinónimo de estar vencido.

Estos forcejeos, en cada caso y en todas partes, se producen dificultosamente y son auténticas pruebas para la calidad política de los conductores. Inercias y conservadurismos, quistes de intereses y prejuicios, posiciones de grupos cristalizados, juegan en la retaguardia. En la vanguardia, el frente de la creación política, los pueblos tienen un rostro, donde lucen sus elementos más sugestivos, sus ambiciones de futuro, su agilidad y su ingenio. Pero en la retaguardia, oscuros emboscamientos, autosuficiencias miopes y reaccionarismos pintorescos tratan muchas veces de hacer la guerra por su cuenta. Todos los "comandos" irregulares, desde ambos bandos, coa su terrorismo dialéctico o real o su militarismo de "amateurs", coinciden en una cosa: creyéndose más duros y eficaces que todos los que les rodean, hacen, simplemente, el juego al enemigo. Producen batallas en el terreno de las causas sin posible defensa, desprestigian la estabilidad del ambiente público y crean fisuros psicológicas en las líneas generales de las grandes coincidencias esenciales del bloque.

El sentido profundo de la crisis política de nuestro tiempo no está en las vicisitudes, trágicas o pintorescas, de estos juegos minoritarios de retaguardia. Está en la adaptación de las estructuras políticas a las dimensiones de la comunidad total de existencia que se llama pueblo, a través de un concepto actual de ciudadanía. Pueblo y autoridad, las dos referencias do un orden político aparecen desencajadas por un fallo de las estructuras intermedias de comunicación, llámense partidos o partido, a uno y otro lado de la gran frontera política de nuestro mundo. La libertad y la auttenticidad están afectadas por la crisis, y un nuevo sentido social se impone, capaz de integrar justicia y libertad, autoridad y representación verdadera. En una frase: de realizar la integración política del pueblo.

En esta causa única fía más Oriente de la mística de la revancha y Occidente de la mística de la libertad.

Por ambos caminos se desearía, alcanzar más garantiaadamenta la fruta jugosa de una política popular con posibilidades de futuro. Aferrarse a terceras posiciones, dentro del universal terreno de juego, no es hacer nada positivo más que enredar. Nosotros, occidentales sin reservas, nos debemos, únicamente, a la superación y perfeccionamiento de la propia postura, al despliegue máximo de sus posibilidades, al mejor rendimiento en la competición, dentro de un espíritu de bloque.

Cumpliendo esto seremos fieles a nosotros mismos. Porque la linea de una integración política popular realizada con la medida del hombre libre es nuestro sentimiento nacional más hondo. Realizar un orden adecuado a la justa realidad social de nuestra época, sin sacrificar el legado de valores tradicionales y perennes de la cultura occidental, sino afirmándolo en un estilo de vida digno, fue el frente de combate donde puso su ilusión esencial José Antonio Primo de Rivera y donde está, hoy, la mentalidad Cristiana, de vanguardia y todos los espíritus selectos de Occidente. Al margen quedan el egoísmo de los faltos de visión, los mercenarios de ciertos focos de capítalismo reaccionario, los últimos reductos de nacionalismos ínsolidarios, loe poseedores de recetas arbitristas supuestamente infalibles en teoría, pero impotentes para situarse en el terreno de la creación práctica. Son puros matices de retaguardia, que agitan 1a caja de los truenos entre bambalinas. Pero cara a cara, en la vanguardia, la batalla seria sigue para dentro del juego de una estrategia real.

La incorporación de las mayorías a un pleno sentido comunitario de la política, desbordando "a estrechez de los moldes correspendientes a épocas en que la desigualdad económica, cultural o racial se aceptaba pasivamente, es la meta hacia donde hay que orientar con. prisa esta estrategia. Quien se manifieste incapaz de realizar la plena integración política de los pueblos será el vencido, y su derrota será sin palativos la muerte histórica. Este es el convencimiento que deben llevar en la mochila, los combatientes de vanguardia.. Y no muchos pesos más que puedan restar agilidad a su implacable marcha y que pueden ser cuidadosamente guardados en los almacenes de la retaguardia.

Gabriel ELORRIAGA

 

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