Autor: Martínez, Carmelo . 
   Trabajos forzados     
 
 Pueblo.    22/03/1962.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

TRABAJOS FORZADOS

LAS ciudades están llenas de carteles. Como el cartel dicen que es un grito, las ciudades son un pandemónium visual en el que, como venganza, la gente ha acabado por no hacer caso de la costra de pegotes.

Además de los carteles, las ciudades tienen las vallas de las obras, donde se ponen —puestos a aprovecharlo todo—otros cuantos letreros. Letreros que también resultan, difíciles de leer, porque con las obras los peatones tienen que bajarse a la calzada, y no hay quien lea, cuando se está jugando el tipo a cara y cruz frente al primer autobús que aparezca. (En Nueva York, por ejemplo, cuando se hace una obra se construye tambien un pasadizo, para que las viandantes no tengan que ir por el asfalto; pero aquí eso

supondría una atención increíble.) Por eso el peatón, que tiene una actividad emocionante, tampoco se lee las vallas, ni siquiera las fosforescentes.

Por último, las ciudades tienen también unos avisos humildes, chiquitos. Son unos letreros, generalmente escritos con una letra infame y a veces con unas faltas de ortografía que harían temblar a Miranda Podadera. Son tan modestos como una simple hoja, con su buen timbre móvil para no jugarse la legalidad, y reclaman atenciones localizadsimas : "Se cogen puntos a las medias"; "Profesora de francés. Razón, aquí"; "Se vende cochecito de niño, en buen uso", etcétera, etc., etc., con toda la gama del pequeño mundo.

Sin embargo, en estos pequeños avisos, tan íntimos como la parroquia que ha de contemplarlos, los que más se repiten son unos que rezan escuetamente "Hace falta chico", con todas las variantes del´ arte y los detalles que pueda echar el solicitante, desde la tinta roja a la especificación de que el chico es para recados. Y, por supuesto, el timbre móvil.

El cartel aparece una buena mañana en el escaparate de la mercería, la tintorería, la mantequería, y desaparece en cualquier momento, denotando el "ya tenemos niño". Y todos tan campantes.

Bien, como puede verse, el asunto no tiene malicia. No hace falta pasar un mal rato para tener un chico.

La cuestión es otra.

Resulta que la ley no se acaba en el timbre móvil del cartelito y que—con permiso de la Hacienda pública, a la que cualquiera tiene un respeto imponente—hay otras leyes más importantes, porque van a algo más profundo. Resulta que, según las normas, los niños no pueden trabajar. Y resulta que, con arreglo a la ley, ningún mocito puede ser puesto a trabajar antes de los catorce años, y aun eso condicionado a un aprendizaje. Einsistimos en lo de "puesto a", porque para trabajar no existen los voluntarios.

Y ahora que la cosa esta clara, tan clara como una ley clarísima, ¿cuántos niños hay en España trabajando ilegalmente?

Les aseguro a ustedes que yo no lo sé, y el Instituto Nacional de Estadística tampoco, ni siquiera en la estadística de hace dos años, que serla 1a última, si existiera. Pero entre las ciudades, los campos y los alrededores, tiendas, oficinas, hoteles y demás, la cifra de estos trabajadores forzados debe ser tan importante como su ausencia de la escuela, que es donde debían estar, aprendiendo a ser algo mas que botones.

Lo que pasa es que hay una serie de elementos paternos, más o menos justificados, que por tradición ancestral y comodísima cogieron el tranquillo sobre el porvenir de los hijos con un sentido tan utilitario como el de un motocarro. Y en cuanto se enteran de que el niño ha cumplido siete años, echan una mirada de asombro y sentencian:

—¿Siete años? ¡Pues que trabaje!

Y ya esta.

Carmelo MARTÍNEZ

 

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