Autor: Hernández Domínguez, Abel. 
 Orden público. 
 Morir en Pamplona     
 
 Informaciones.    10/07/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Morir en Pamplona

Por Abel HERNÁNDEZ

LA fiesta se ha puesto crespones negros. Los únicos indultados han sido los toros. El encierro, estallido de vida y alegría, se ha trocado en encerrona de muerte y desolación. Se levantan las barracas de la feria.

El bullicio festivo se convierte en rabia y en tristeza. La hospitalaria ciudad cierra sus puertas y los turistas huyen a millares de Pamplona. La ciudad está tomada por la fuerza pública y en las calles siguen alzándose barricadas. Son los sanfermines más tristes que se recuerdan.

Todo empezó en la plaza de toros, santuario de la fiesta. Una pancarta pidiendo amnistía, una trifulca en las gradas y una intervención desafortunada y desproporcionada de la fuerza pública... Y la violencia se desató y cubrió de sangre y de barbarie la ciudad.

La tensión se bebia en el aire desde el momento del chupinazo. El clima estaba enrarecido. En cualquier momento podía surgir la provocación. La mayor parte de la población quería unas fiestas en paz, sin mezclar la política en los festejos. Pero todo el mundo dudaba de que esto fuera posible. La cercanía del problema vasco era un riesgo evidente este año. La Policía, según todos los indicios solventes, cayó en la trampa. No se sabe quién dio la orden, pero fue un trágico error. Fallaron las previsiones, fallaron los canales de información, fallaron los nervios, y han pagado justos por pecadores.

Los que confunden la autoridad con el autoritarismo deberían aprender la lección. El Gobierno está preocupado, y tiene razones par» estarlo. Los sucesos de Pamplona sólo favorecen a E.T.A. A juzgar por los violentos incidentes de Guipúzcoa, derivados de los sanfermines, la organización terrorista vasca no quiere perder la oportunidad que le han puesto en bandeja. De momento han conseguido tapar el asesinato del periodista Portel! y han cobrado brío para intensificar su campaña, ante la opinión pública, contra las que ellos ñaman «fuerzas represivas de ocupación». Es imprescindible que los vascos y los navarros, que quieren la paz y la concordia para su tierra, y la democracia para toda España, no caigan ahora en esta trampa emocional. Hay que lamentar los errores —todos los cometemos en la vida—, pero sin hacer el juego a los que querían desde el principio convertir los sanfermines en una dramática batalla, campal. Todos debemos, serenamente, aprender la lección. A pesar de todo, aún es posible la alegría. Todo menos morir así en Pamplona.

 

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