Autor: Martínez, Carmelo . 
   Disputar y discutir     
 
 Pueblo.    14/02/1962.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Disputar y discutir

CASI lo primero que asombra de España a los extranjeros es el vicio nacional y general de hablar a gritos. No para disputar, en cuyo caso la exaltación puede llevar en cualquier país del mundo a elevar la voz, sino sencillamente para hablar.

Cualquiera que lo observe puede comprobar esta tristísima costumbre. Las gentes dialogan por la calle a voces, como si quisieran que cuantos circulan se interesen; los familiares se hablan entre sí a grito limpio; cualquier encuentro entre amigos va coreado con palabras estruendosas; cualquier café en el que se reúna una tertulia se convierte automáticamente en un pandemónium. Y, por una razón inexplicable, el 90 por 100 de los españoles, excepto los novios, habla a voz en cuello por teléfono.

Quizá, en esta costumbre de las voces radica, al menos en parte, la propensión del español hacia la disputa. Entre la voz fuerte y la también generalizada tendencia a las palabras fuertes, contundentes e Irremediables, parece que dialogar se ha convertido en un problema. Y eso a pesar de las muchas llamadas—¡cuántas desde esta página!—a la mesura y el equilibrio.

La cuestión de hablar a gritos, expuesta como primer motivo, es más importante de lo que puede parecer en un análisis superficial. Para la mayoría de las cuestiones, el tradicional hablar a gritos de tantos españoles propende ya a la violencia de expresión. Una frase dicha en voz baja, adecuada, normal entre no sordos, convoca a la consideración, abre el paréntesis al silencio para la respuesta. La misma frase, pronunciada sin Irritación, pero en ese altísimo volumen con que pretendemos exponer un argumento, provoca una respuesta que, por contagio, pasa al mismo volumen. Y con ello, el diálogo, aun el más intrascendente, en cuanto se contraponen dos puntos de vista, por razonables que sean, pasa a convertirse en algo asi como la razón por la fuerza de los pulmones.

Desde que el mundo es mundo, es un hecho que el gritó exalta al hombre por sí mismo. El fragor del grito es aliento de lucha y de pelea en todos los pueblos primitivos. Entre nosotros, simplemente como principio, la costumbre de hablar a gritos obstaculiza ya hasta la conversación familiar en torno a la mesa. (Todo eso aún sin contar, en reuniones de más de dos personas, la otra costumbre de hablar varios a la vez o echarse encima de las palabras de otro, entre una mezcla de impaciencia y no dejar siquiera exponer, que se resumía en el viejo y chusco lema del "¡hablad todos y callad uno!...")

La segunda característica, tras de hablar a gritos, es la propensión ya apuntada a las palabras fuertes. Aun sin referirnos a las palabras que. estando en el diccionario—o no estando—, se usan entra nosotros con una funesta prodigalidad que va limitando el vocabulrio de millones de personas a límites pobrísimos, hay en las discusiones un especial regusto a los términos absolutos.

A la hora de discutir en una controversia los argumentos correspondientes, no sólo se incurre en el crescendo de volumen, sino que de forma casi automática se pasa a los términos tajantes, a esos vocablos o locuciones que degeneran rápidamente la categoría de 1a discusión por falta del más elemental rigor de exposición, deliberación y, en definitiva, de discusión.

Toda discusión no es mas que una búsqueda de la verdad y la primera premisa de la investigación—desde la ciencia a la política—es la humildad. Mas aún. la suprema humildad de la duda como punto inicial de partida.

Por la palabra, que es la suprema comunicación entre los hombres, puede llegarse al entendimiento, a la conrloción. a la verdad, en definitiva. Pero tendrá que ser por el valor de las palabras, del razonamíento y no por oí volumen.

Carmelo MARTÍNEZ

 

< Volver