Autor: García Serrano, Rafael. 
   Dietario personal     
 
 El Alcázar.    04/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Por Rafael GARCÍA SERRANO

JUEVES, 3 DE FEBRERO

Martín el Taumaturgo ha conseguido, por fin, el primero de sus milagros. Transformar unas honras

fúnebres hacia las que el corazón del pueblo madrileño había manifestado un interés fraterno y

participativo, en algo así como un "party" en la Embajada o una conmemoración palatina a la que

solamente se puede asistir por invitación, siempre que se proceda del gotha administrativo, y con tales

barreras para evitar cormoranes que nadie pudo entrar por el ojo de la aguja del particular evangelio

protocolario de Martín el Taumaturgo, a menos de pertenecer a la tribu de los levitas o a la del

establecimiento recién inaugurado. El pueblo, ahora, no es necesario ni como decorado, salvo que

pertenezca al P.C. y clanes adyacentes, en cuyo caso está autorizado a ser cuerpo auxiliar del buen orden

y benemérito colaborador circulativo.

La oración puede ser colectiva —por supuesto el Taumaturgo no se opone a ello—, pero las clases

populares, y más si son nacionales, deben quedar bien lejos para no contaminar con su tierna, patética,

ardorosa y a veces imprecatoria ingenuidad, las preces de aquellos a quienes el Poder ha colocado por

encima de sus semejantes en virtud de una dedocracia que nada tiene de democrática, pero

que tampoco tiene nada de carismática, lo cual, para qué vamos a engañarnos, hace perder estatura

política a los altos dignatarios. Creo que Martín el Taumaturgo y el pequeño Marcelino son los más

encantados de la vida de ser eso que se llama altos dignatarios, que al fin y al cabo es una manera de ser

altos. Ya sé que Napoleón fue más bien bajito. Y no digo..

¿Lo digo?

También Franco, bajo cuya sombra crecieron dentro de lo posible Martín Villa y Oreja, era de pequeña

estatura. Así, pues, como Franco era físicamente menudo, ellos, por despegarse del franquismo, por

desprenderse de una memoria que, acaso, atormenta sus noches, y desvela sus inocentes sueños —sobre

todo si la cena fue copiosa— tratan de ser altos, guapos, fuertes, astutos, inteligentísimos y no tener al

pueblo cerca, porque esas ordinarieces solamente las hacía el Caudillo, que era capaz de meterse entre los

mineros de Asturias, los "arrantzales" vascos, los campesinos extremeños y andaluces, los siderúrgicos y

los obreros de la construcción con la misma tranquilidad que por el pasillo de su casa, sin que Mingo

Revulgo dijese nada más allá del vítor testicular que el pueblo reserva para las grandes ocasiones.

Agradezco a Martín el Taumaturgo que haya hecho posible el cumplimiento de una vieja

profecía de este cura —y lo de cura va dicho en el mejor sentido de la palabra— que ya hace muchos

años, lo menos desde que López Rodó pasaba por inteligente, eminencia gris y secretario general técnico

de la Divina Providencia para España, anunció cómo la liquidación de la Guerra de Liberación se haría

sobre las costillas de los anarcosindicalistas y de los nacionalsindicalistas, que servirían de chivo

expiatorio para organizar en España un festival a la vaticana, con "troika" o equivalente, guardias suizos,

0075 y grados 33.

Martín el Taumaturgo ha hecho que en las cárceles se encuentren de nuevo jóvenes falangistas —de la

familia que sean— y anarcosindicalistas. Esperemos que este encuentro amargue el futuro de Martín el

Taumaturgo en beneficio de aquella España sindicalista que tanto intentó José Antonio. Por otra parte a

mí me divierte que los anarcosindicalistas y los falangistas sean partidarios de incorporar Portugal a la

unidad española, ahora desnatada entre "ikurriñias", federalismos a la Gloriosa y terribles, espantosas,

imperdonables debilidades del segundo Gobierno de Su Majestad, y de manera especial del presidente

Suárez y de su ministro de la Gobernación, Rodolfo Martín Villa, el proveedor del milagro, el

Taumaturgo. Amen.

DIETARIO PERSONAL

 

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