Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   El ruido y la furia: análisis de una desproporción     
 
 Gaceta Ilustrada.    12/10/1975.  Página: 21-22. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

LAS CRÓNICAS DÉ LA TRANSICIÓN

Por Ricardo de la Cierva

2O GACETA ILUSTRADA

El ruido y la furia: análisis de una desproporción

EN plena primavera trágica de 1936, cuando la guerra civil no era quizás aún irreversible, cuando el pacto

de los moderados parecía desesperadamente viable a pesar de las intransigencias de uno y otro

extremismo, los intelectuales españoles hablaron. Su manifiesto pasó, por desgracia, inadvertido para los

responsables de los dos bandos que se aprestaban a la lucha. Miguel de Unamuno y Jugo, el hombre de

las dos Españas que caería deshecho en las últimas horas de ese mismo año porque no quiso romper las

amarras que le unían, a la vez, a una y a otra, encabezaba un llamamiento de la inteligencia española para

evitar, en plena obertura, la guerra civil declarada. Fracasaron; y ellos mismos, los intelectuales

españoles, fueron aventados por la sangre y el hierro, por el ruido y la furia; utilizados precariamente por

una y otra máquina de propaganda (que todavía siguen impertérritas discriminando a Machados,

valorando a más alto precio la sangre de Lorca que la sangre de Maeztu) se hundieron en e! silencio, el

exilio, la abstención o el compromiso parcial y dejaron con ello paso, como estamento interpretativo, a

una cohorte de intelectuales extranjeros —de Claudel a Bernanos, de Hemingway a Koestler. de Malraux

a Roy Campbell— de cuyos ecos sigue dependiendo hoy, a pesar de millares de documentos y de la

convergencia básica entre los historiadores, la imagen exterior de aquella España convulsa.

Hasta hace unas semanas, no sé cuántas, en España era imposible la guerra civil. Hoy sigo pensando que

es imposible, de puro absurda, como solución y aun como desembocadura. La novedad trágica de estas

semanas, no sé cuántas, es que la guerra civil entre españoles es, cuando menos, imaginable otra vez.

Creo que el principal deber de un intelectual español es, hoy como ayer, anunciar y denunciar el peligro

que asoma en un horizonte inédito de nuestra paz. Al precio que sea, y sin que las acusaciones de

alarmismo amedrenten a quien desea evitar las presunciones de negligencia.

La lección de Churchill

HE aprendido innumerables cosas en la figura y en los escritos de Winston Churchill, a quien uno de

estos días ominosos ha citado, con acierto pleno, el ministro de Información y Turismo. Parece que su

sucesor en el puesto, que no en la historia, míster Harold Wilson —y no digamos su secretario del

Foreign Office, míster Callaghan—, han aprendido menos del salvador de Inglaterra. Cuando estos días

algún energúmeno internacional hablaba de romper relaciones con España tenía yo delante, por azares del

oficio de historiador, el acta de la primera sesión de Potsdam que GACETA ILUSTRADA reveló a los

españoles hace poco tiempo, una vez levantado el embargo británico, evidentemente laborista.

El mítico premier de la Batalla de Inglaterra hubo de opinar allí sobre esa misma propuesta de ruptura...

pero formulada por un Stalin omnipotente gracias a las victorias de Zukof y Konief; y sobre una España

acorralada por una victoria que, a pesar de su zigzagueante neutralidad, no era su victoria. Era la primera

de las dos crisis de régimen que registra la historia del franquismo; la segunda es la que ahora estamos

viviendo. Una condena efectiva en Potsdam —como la que exigía Stalin— era la intervención inmediata

de las Naciones Unidas contra España, el final inapelable del régimen español. La condena, mantenida

sólo de palabra cuando ya Churchill —días más tarde— perdía su puesto en una resaca de ingratitudes, se

evitó gracias a unas históricas frases de Churchill que yo brindaría como lección no solamente a sus

sucesores al frente del Gobierno británico sino también a más de un español desorientado o indeciso.

Estas: «El señor Churchill continuó diciendo que por tanto no quedaba la menor duda sobre el desagrado

que le producía el actual régimen español y que incluso lo detestaba. En cuanto a la propuesta presentada

por el mariscal Stalin, donde encontraba alguna dificultad era en la recomendación a las Naciones Unidas

en sentido de que rompieran todas las relaciones con el Gobierno de Franco, porque éste era ahora el

Gobierno de España».

«le parecía —sigue el acta— que seguir esta sugerencia podría tener como efecto, dada la naturaleza

orgullosa y susceptible del pueblo español, reunir alrededor del general Franco a aquellos elementos que

ahora se apartaban de él y hacían su posición más precaria que nunca. Por otra parte, la ruptura de

relaciones con un país no era una cuestión sencilla; el momento de hacerlo podría proporcionar cierta

satisfacción, pero una vez hecho se cortaban todos los contactos. Los embajadores eran necesarios,

especialmente en épocas difíciles. La consecuencia de la ruptura sería reforzar la posición del genera!

Franco... Tampoco creía que debiéramos intervenir en los asuntos internos de otro país».

La lección de Churchill —que me ahorra, simplemente con repetirla bajo las fotos de la manifestación del

1 de octubre, cualquier descripción de la que pensaba esta nueva y reiterada muchedumbre— es, por

encima de todo, un alarde de proporción. Por eso resulta muy útil como clave para el análisis de una

grande y múltiple desproporción, la que dentro y sobre todo fuera de España parece reinar estos días en

un ambiente enloquecido por una concentración de dirigismo y canalización comunicativa que Europa

desconocía desde los tiempos del doctor Goebbels. Ahora podemos comprender los españoles cómo el

satánico mentor de la propaganda nazi pudo dominar a "millones de europeos civilizados, con una

inteligente dosificación del ruido y la furia.

El contexto olvidado

EL sentido de la medida —oportunismo el recordatorio de hoy al clásico Ne quid nimis, al todavía mas

clásico Medén agan por parte del profesor Jiménez de Parga puede y debe ser hoy el mejor antídoto para

el desbordamiento de la desproporción. Entre cuyas diversísimas manifestaciones me parece la más grave

la desproporción del contexto. unos viles asesinatos cometidos sistemáticamente contra servidores del

orden público, una serie de antecedentes y reacciones de orden jurídico y político, entre las que, como

en cualquier empresa humana, puede haberse infiltrado algún peligroso error y algún previsible

imprevisto un ambiente interno justamente conmocionado, herido, atónito ante la tormenta interior y

exterior, nos han hecho olvidar a escala comunitaria y nacional que tales sucesos, por graves y hondos

que sean, deben insertarse en un contexto estratégico mucho más peligroso —por incierto— que nos

afecta como pueblo, como nación, como con junto de individuos en el espació y en el tiempo histórico

Estamos situados —lo he repetido estos días cien veces, y son pocas— sobre una falla estratégica que

desde el Neolitico para acá presenta caracteres eruptivos intermitentes. Estamos ahora no ante el

peligro sino ante las primeras manifestacines -Portugal, el sahará— de una de esas erupciones históricas.

No estamos preparados ni militar ni Comunitariamente para hacer frente a una situación difícil de

prever en su concreción, pero no en su gravedad. Es muy probable que el desencadenamiento

subversivo y la furia exterior tenj gan algo íntimo que ver con una convulsión próxima en ese

contexto. Podemos estar siendo considerados a corto plazo como escenario y como carne de cañón

para un nuevo Vietnam. Cuando toda España estaba pendiente de la gran manifestación, de las posibles

reacciones del Gobierno ante los nuevos procesos en marcha, de las absurdas represalias de la

izquierda europea, era y es también necesaria una mirada profunda a Ceuta, a Melilla a Rabat, al

Aaiun. a las Canaria a tas Azores, a las mayores maniobras navales de la Historia que acaba de realizar

silenciosamente, en los siete mares a la vez, la flota soviética; al Mediterráneo, en trance de traslación

estratégica... Puede ser —y puede ser en las próximas semanas, en los próximos meses— que de ahí

dependa el curso de nuestra historia, como en ciclos históricos anteriores ¿Qué añadir a las

consideraciones de otros párrafos acerca de la desproporción de Europa, contradictoria Europa de la

civilización proporcional? No se olvide que nuestra última guerra civil fue, desde luego, una herencia

trágica de las Españas, pero fue también un crimen de Europa, que condicionó nuestra guerra, que nos

azuzó a ella, que intervenía en ella para librarse —inútilmente— de su propia guerra civil, la llamada

Guerra Mundial de 1939. Un energúmeno laborista acaba de invocar en el Congreso de su partido nada

menos que el «No pasarán»; y nada menos que el «Sunday Times» compone hoy portadas con pósters es-

pañoles de 1936, siquiera sea para demostrar que la primera víctima de la guerra española fue la verdad.

¿Qué extrañas culpas propias desea lavar Europa sobre nuestra sangre renovada? Qué hay bajo los

pretextos de pureza procesal, bajo las acusaciones de impureza histórica?

Hay más cosas; y en medio de la pasión debo reconocer que alguna de ellas no son sólo negativas.

Aunque sea para abominar de nosotros, Europa nos considera como algo suyo; por eso, y no simplemente

por sectarismo, no protesta así contra las atrocidades de! señor Idi Amin Dada. Muchos europeos de

buena fe protestan de buena fe; y a la vez que rechazamos sus intolerables injerencias debemos examinar

fríamente, cuando podamos, si no hemos dado alguna ocasión para ellas. Pero creerme eso de que la

izquierda europea se rasga honestamente las vestiduras por nuestros defectos de forma o de fachada sería

principio de irremediable estupidez. A ellos y a nosotros nos falta información; esto parece bastante claro.

La intervención del Papa

AQUÍ dentro tampoco nos ha faltado la tentación de las desproporciones. La reacción del Gobierno, en la

firme actitud de su Presidente contra los atentados a nuestra dignidad y contra las injerencias en nuestros

asuntos cuenta con un apoyo decidido y entusiasta de la mayoría; ésta es una clara lección de la plaza de

Oriente. Pero en esa reacción, y en esa actitud tal vez se ha echado de menos, junto a esa loable firmeza,

un cierto sentido de matización. Primero, en el espinoso tema de las intervenciones papales, que a este

comentarista, con todo respeto por la delicadeza del tema, le parece que no pueden despacharse con

reticencias. El Papa está en su papel cuando pide perdón; por quien sea, a quien sea, oportuna e

inoportunamente; porque el Papa es el Vicario de Cristo, mucho más que el jefe de un Estado solamente

simbólico, y hasta un tanto anacrónico. La segunda intervención del Papa, tras la decisión suprema del

Jefe del Estado y el Gobierno, se comprendería, desde luego, mejor si, aun producida en privado, no se

hubiese divulgado de forma inmediata. Pero aun entonces el Papa actuaba —con sus condicionamientos

internos y personales de tipo histórico y hasta político, que no excluyen el desenfoque y el error— como

orientador religioso, no como jefe de un Estado; y esto convendría matizarlo, como la serena reflexión del

cardenal de Holanda, como la irreprochable actitud pastora! de nuestros obispos desde el comienzo de la

crisis; y a la cabeza de todos ellos el cardenal de Madrid, de quien Madrid debe sentirse ´hoy

especialmente orgulloso.

Reitero una afirmación anterior publicada al principio de la campaña: «Aprovechar políticamente las

dificultades exteriores del Gobierno para fines partidistas en estos momentos sería ejercicio público de

vileza». Pero no sería ejercicio público de honestidad aprovechar, como algunos pueden intentar, la gran

afirmación nacional de estas jornadas —que se hace por la dignidad y el futuro de España— para

interpretarla como una adhesión restrictiva, y menos como la confirmación de un anquilosamiento

político reaccionario. Todo lo contrario. Una manifestación no es un plebiscito; pueden extraerse de ella

consecuencias nacionales, no políticas, ni menos partidistas. El duro deber de cronista en esta durísima

transición me obliga a llamar la atención sobre algo que mis lectores pueden comprobar. La cobertura y la

interpretación informativa que Televisión Española dio a las actos de la plaza de Oriente en el telediario

de las tres de la tarde fueron perfectas. El tratamiento informativo de los -mismos hechos en el telediario

de la noche fue manipulado de forma intolerable para la madurez de ese pueblo español a quien se

pretendía retratar. Quedaron borrados, u omitidos, todos o casi torios los vivas e invocaciones al Príncipe

que todos pudimos escuchar por la mañana; me refiero a la versión auditiva de la manifestación. Luis

Apostua ha señalado con singular acierto que esas invocaciones al Príncipe —que completa hacia el

futuro lo mejor de la obra de Franco— constituyeron el rasgo específico de la última manifestación. Tuvo

que recoger esa justísima ´impresión en directo o en el telediario de la mañana; porque en el de la tarde no

hubiera podido. Nada mejor que este contraste para terminar el apresurado análisis de una desproporción.

«La reacción de! Gobierno, en la firme actitud de su presidente, contra los alentados a nuestra dignidad y

contra las ingerencias en nuestros asuntos cuenta con un apoyo decidido y entusiasta de la mayoría;

ésta es una clara lección de la Plaza de Oriente.»

 

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