Autor: Calvo Hernando, Pedro. 
   Nuestro pueblo no merece esto     
 
 Gaceta Ilustrada.    12/10/1975.  Página: 22-23. Páginas: 2. Párrafos: 14. 

22 GACETA ILUSTRADA

PEDRO CALVO HERNANDO

Nuestro pueblo no merece esto

EN la misma mañana de la manifestación de ¡a plaza de Oriente, otros tres policías caían asesinados en

las calles madrileñas, y uno más era gravemente herido. Todo el mundo interpretó de inmediato que

aquello era una represalia por las ejecuciones del sábado anterior, materializada precisamente en e!

momento en que se preparaba la gran manifestación de protesta por la campaña exterior que se había

desatado a raíz de las cinco ejecuciones. Me parece que con esa dialéctica podría llegarse demasiado

lejos. Más vale que la Providencia ponga su mano para que la sangre no continúe cegándonos los ojos.

¿Quién le iba a decir al pueblo español hace unos meses que las cosas se iban a poner así? ¿Quién hubiera

imaginado que, teniendo el país tantísimos problemas, nos íbamos a encontrar inmovilizados por este

problema que casi nos hace olvidar todos los demás?

Nuestro pueblo es pacífico, civilizado y amante de las libertades y de la justicia, cualquiera que sea la

opción política concreta de cada uno. Entonces, hay que maldecir a quienes traten de convertir esta

España en una tragedia, a quienes intenten envenenar otra vez a los españoles y resucitar la dialéctica del

enfrentamiento civil, a quienes pretendan radicalizar a los millones de españoles que desean una solución

nacional de los problemas políticos, económicos y sociales.

Aún estamos a tiempo

CUANDO la sangre empieza a correr, cuando la violencia se desata, cuando se pierde el respeto a la vida

humana o a los derechos más sagrados, no se está haciendo otra cosa sino tentar al destino. Creo

sinceramente que, pese al evidente deterioro de las últimas semanas, todavía estamos a tiempo de parar,

de contener el aluvión. Pero para ello necesitamos un gran esfuerzo de enfriamiento de las pasiones, así

como la suficiente generosidad y humildad como para no desquiciar las cosas. Y sobre todo hace falta que

los grupos responsables de las muertes se den cuenta de dos cosas: primera, que matar a sangre fría es

siempre un asesinato, y segunda, que por ese camino no pueden conseguir ningún fin político, ya que el

pueblo español —como todos los pueblos— necesariamente repudia las ¡deas de quienes así tratan de

imponerlas.

Y, por otro lado, la responsabilidad que incumbe a los políticos. A plazo medio, no queda otro camino

transitable —y eso lo sabemos todos— que una profundísima reforma de las estructuras políticas, en el

sentido apuntado por el documento de Reforma Social Española (ampliamente comentado aquí la semana

pasada) y por las gentes más inteligentes y demócratas, ya sea dé) Régimen (o cercanas al mismo) como

del ancho mundo de la discrepancia democrática. Ese pudiera ser el sentido de los deseos mayoritarios de

todo nuestro pueblo.

Y esa es la mejor garantía para una convivencia pacífica que aleje para siempre los fantasmas del pasado

y los malos presagios de estos dolorosos días que ahora mismo estamos viviendo. No voy a cometer la

ingenuidad de decir que así se arreglaría todo en tres días ni que así desaparecerían de la noche a la

mañana los focos de tragedia y de envenenamiento. Pero lo que sí digo es que de esa manera nos

pondríamos en el buen camino para alcanzar esas metas.

La perplejidad de Arias

A este respecto, quisiera comentar uno de los párrafos de mejor intencionalidad política del mensaje

radiotelevisado del presidente Arias Navarro, Después de lamentar y de condenar duramente diversas

vertientes de la hostilidad exterior al Régimen de Franco, Arias dice lo siguiente: «Y no puedo ocultar

aquí, aunque necesariamente en otro tono, la dolorosa perplejidad con la que el Gobierno anota la falta de

algunas asistencias que en el interior tenía derecho a esperar. En una circunstancia tan seria para el decoro

nacional y en la que ¡a colaboración de todos, lejos de poder interpretarse como abdicación de las propias

posiciones, honra a quienes la prestaran, han faltado algunas voces, voces de hombres comprometidos y

por ello especialmente obligados».

El párrafo, aunque de redacción un poco oscura, me parece que encierra elementos de reflexión abundante

si se acierta a encontrar su verdadero sentido. Yo he dado muchas vueltas a esas palabras del Presidente y

he llegado a la conclusión de que esas voces interiores comprometidas tienen que ser las de los situados

en una zona tangencial al Régimen y en el campo de la oposición democrática y no violenta. No podía

Arias Navarro referirse a otros, ya que los sectores francamente comprometidos con el Régimen no han

hurtado su asistencia al Gobierno en los avatares recientes y además con ellos no podía rezar eso de la

abdicación de posiciones, ya que son posiciones esencialmente coincidentes en este caso y en otros con

las del propio Gobierno. Entonces, es claro que el Presidente se ha quedado perplejo porque los dis-

crepantes del interior no se han colocado incondicionalmente junto al Gobierno, no le han ofrecido su

colaboración en esa «circunstancia tan seria». Evidentemente, no se ha producido esa colaboración. Pero

lo que no entiendo bien es la perplejidad del Presidente ante ese hecho.

Los discrepantes, donde siempre

ARIAS Navarro —él mismo lo ha recordado al final de su alocución— inició su mandato exponiendo

unos objetivos políticos que galvanizaron por primera vez a amplios sectores nacionales y, entre ellos, a

la Prensa independiente. Por una vez hubo un resquicio por el que quizás habrían podido entrar no pocos

sectores discrepantes para legalizar su presencia política en el país. Este comentarista —como otros—

gastó mucha tinta en la alimentación de aquella esperanza. Después todo se vino abajo fatalmente, con no

escaso dolor de quienes habían llegado a creer en aquel posibilismo. Esta desgraciada realidad ha sido tan

comentada por mí, que puedo ahora ahorrarme mayores explicaciones.

Y se llegó al resultado de que los discrepantes continuaban donde siempre habían estado. Incluso se había

ampliado la nómina de los discrepantes, lo cual es la peor tarjeta de presentación del llamado

asociacionismo, que ha empujado hacia fuera a muchos, al no conseguir congregar ni siquiera a todos los

que tradicionalmente habían estado dentro del círculo del sistema.

Incluso se produjeron hostigamientos de muy diversa índole dirigidos a muy distintos campos de la

discrepancia y por parte de muy diferentes áreas de poder. Recuerden, por ejemplo, el episodio de las

detenciones de la calle Segre, 14, de Madrid, que afectó a no pocas cabezas visibles de los principales

sectores de la oposición democrática. Recuerden las numerosísimas suspensiones de actos y conferencias

de personas de aquellas mismas localizaciones ideológicas. Recuerden las retiradas de pasaportes. Y los

ataques a miembros de FEDISA y a la propia sociedad en su conjunto. Y el silencio administrativo ante la

solicitud de la Federación Popular Democrática, de Gil Robles. Y las mil peripecias y dificultades que

han jalonado la vida de los más pacíficos representantes de la discrepancia y de la oposición democrática.

Tiene que haber cambios

¿Y esperaba ahora e! Presidente que ¿ todos ellos se apiñaran como un solo hombre en ayuda del

Gobierno, por muy seria que fuese la circunstancia y por muy poco que esa actitud pudiera

interpretarse como abdicación de las propias posiciones? Cada uno habrá mantenido la actitud personal

que haya tenido por conveniente. Pero ni convertidos en querubines podría esperarse de ellos (o que, al

parecer, el Gobierno esperaba. Además, tras los últimos asesinatos, diversos sectores moderados de la

oposición han condenado expresamente la violencia terrorista.

Vuelvo, entonces, a lo de la necesidad de una profundísima reforma de las estructuras políticas, que

permita la libre manifestación del pluralismo en todas sus opciones democráticas. Es el único camino para

la convivencia pacífica. Y es el único modo de evitar que un Gobierno se quede perplejo porque en

determinadas circunstancias cuente sólo con el apoyo de los incondicionales de siempre.

Arias Navarro se muestra seguro de que las aguas volverán a sus cauces. Es posible que tal cosa ocurra.

Pero ya nada será igual que antes. -Hay cosas que saldrán irreparables de la tormenta. Serán importantes

los cambios que vendrán exigidos por la propia dinámica de los acontecimientos. Eso lo hemos de ver sin

gran tardanza. Porque crisis nacionales como las que estamos atravesando no se salvan sin grandes

sacrificios, a corto o a medio plazo.

No pueden solucionarse sin más nuestros problemas con grandes manifestaciones en la Plaza de Oriente,

ni con reuniones urgentes del Gobierno, ni llamando embajadores a consulta, ni pronunciando discursos

trascendentales, ni escribiendo editoriales resonantes, ni defendiéndonos del Presidente de México. Hay

muchas otras tareas que realizar, las cuales requieren hombres idóneos, no gastados ni quemados, e

instituciones a punto y en la línea democrática que ya no admitirá más esperas ni más demoras.

La gravedad de esta hora

EFECTIVAMENTE, es necesario que las aguas vuelvan a su cauce. Pero sobre todo es imprescindible

que existan las condiciones objetivas suficientes para que no vuelvan a desbordarse de esa manera, ni más

acá ni más allá de nuestras fronteras nacionales. Y eso exige los sacrificios, las reformas y los esfuerzos a

que me he venido refiriendo a lo largo de este comentario.

Se está poniendo duro y difícil este oficio mío, que nunca ha sido precisamente un camino de rosas. Pero

mi mayor fracaso sería no ser bien entendido o no conseguir aportar mi grano de arena a la urgente tarea

de pacificación y de marginamiento de toda clase de crispaciones. Uno nunca fue proclive al pesimismo.

Tampoco hoy me he dejado ganar por ese sentimiento, aunque sin caer en la simpleza de minimizar los

problemas o de esconder la cabeza bajo el ala. Ahí quedan apuntadas algunas reflexiones y algunas

posibles soluciones, cuando todavía —insisto— estamos a tiempo. La -hora es grave y la crisis ancha.

Las minorías dirigentes

UNA vez me decía un hombre público —que hoy es ministro del Gobierno— que son las minorías

dirigentes las que no están a la altura de las circunstancias. Y eso que aquellas circunstancias no eran

éstas. Aunque también es verdad que desde entonces ha pasado algún tiempo. ´Por suerte o por desgracia,

son todavía esas minorías las que pueden inclinar tos acontecimientos en un sentido o en otro. Eso ocurría

también en tiempos de Jesucristo, cuando el pueblo pasaba de golpe del Domingo de Ramos al Viernes de

Pasión. Esa es una lección histórica que los españoles nunca hemos terminado de aprender.

Si unos dejaran a un lado el odio, otros erradicaran la ambición desmedida y todos practicáramos una

implacable cura de humildad, es posible que nuestro pueblo encontrara su camino y pudiese convertirse

de una vez en protagonista de sus propios destinos, que es un hermoso tópico siempre repetido y nunca

realizado. Nada menos que treinta y cinco millones de españoles esperan impacientes que aquellas

minorías se decidan a franquearles el paso para que sean ellos quienes determinen, al cabo de los siglos,

la configuración del marco de convivencia en el que todos y cada uno tengan el puesto y el cometido que

les corresponda. ¿Es esto mucho pedir en España y en el último cuarto del siglo XX?

GACETA ILUSTRADA 23

OPINIÓN PERSONAL

 

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