Mirlos blancos y mirlos negros     
 
 Madrid.    11/10/1961.  Página: 1. Páginas: 1. Párrafos: 1. 

MIRLOS BLANCOS Y MIRLOS NEGROS

Entre los comentarios dedicados por MADRID al análisis de facetas diversas de la vida española, no podían faltar los concernientes al estado de las carreteras. No lian faltado en ningún periódico, por cierta, y esto prueba que se puede hablar de las cosas y analizarlas y criticarlas con fundamento. Nos hemos dedicado con particular interés a esa clase de otras públicas, porgue el tema lo requería y porque se han dado en él casos realmente asombrosos por lo insólitos. Cuando decimos, por ejemplo, que es incomprensible —e inadmisible—que haya de invertirse un año en construir o en modernizar un kilómetro, estamos sosteniendo con la letra impresa lo que es opinión general de la gente sensata. Cuando protestamos por el hecho de que lina variante cualquiera, recién terminada, comience a desintegrarse, na hacemos sino convertirnos en portavoces de quienes transitan por ella y han de padecer, año tras año, las consecuencias de su mal estado. Cuando, por último, pedimos que se restrinja a los que sean solventes y dispongan de medios modernos de trabajo los concursos de adjudicación de esta clase, aplicamos a este problema el único criterio razonable. Si entre los contratistas españoles sólo hubiera uno capaz de terminar en un mes aquello qne a todos los demás les exigiría un año, haciéndolo, por añadidura, mal, no habría más remedio que recurrir a ese mirlo blanco, aunque la decisión molestara a todos los mirlos negros. En defimtiva, la situación creada en este sector de la industria es la misma que la existente en todos los demás. Al amparo de circunstancias realmente anormales se han puesto en marcha negocios que, cuando llega la época de la normalidad, no se tienen en pie si no es can la ayuda de andaderas y recursos reprobables. Para este tipo de negocios, estén donde estén, consideramos justa la desaparición.

Y, con nosotros, personalidades de indiscutible experiencia en la materia, como puede serlo el ministro de Comercio, por ejemplo, cuyas alusiones a este problema han sido reiteradas y bien concretas. Es claro que, en estas condiciones, la discrepancia furibunda y epiléptica de los indocumentados no tiene en absoluto la menor importancia, como no sea la de constituir el síntoma inequívoco de que ésa era la llaga sobre la que había que poner el dedo.

 

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