Autor: Sobrino, José A. De. 
   Carta del padre Sobrino     
 
 ABC.    01/02/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 5. 

OPINIONES AJENAS, POLÉMICAS, CARTAS, PÜNTUALIZACIONES, COMENTARIOS.

Carta del padre Sobrino

La semana pasada fue tan intensamente dolorosa y emotiva que pienso que experimentamos, y además

algunos «sentimos», la necesidad de buscar y repartir algo de luz y de paz.

Ful al entierro de los tres guardias asesinados. Aunque no se había hecho una convocatoria popular, me

sentí obligado a ir por la misma conciencia que me llevó hace unos días a presenciar el entierro de los

abogados comunistas. En ambas ocasiones se daba la identidad humana y cristiana con el dolor ajeno, así

como el rechazo y condenación de viles atentados contra la vida. Pero en este caso había una razón más.

Los que habían muerto pertenecían a mi fe y a mi bandera. Eran defensores del "orden, servidores del

bien público, con los que tenemos contraída una deuda de gratitud. Pul al entierro y bien sabe Dios, que

conoce la verdad y las intenciones mejor que ningún periodista, que procuré llegar hasta los féretros para

rezar un réquiem. Ese réquiem que pide la misma paz eterna al mismo Dios para todos los hombres.

De hecho, no pude acercarme a los féretros. Y esperé. Por dos horas y media esperé bajo un cielo

alternativamente azul y lluvioso. Tenía ante mí un círculo de guardias portando coronas, recuerdo de

compañeros en la vida y en la muerte. Y detrás de mí y alrededor, el pueblo. Dolorido, respetuoso, unos

evocando recuerdos, otros comentando los sucesos, alguien mezclando ese grano de gracia y sabiduría

que Sazona la conversación.

Tardaba más la ceremonia de lo que había supuesto y cambié mi posición de primera fila por un espacio

más abierto. Entonces un par de señoritas, aparentemente de clase media y de unos treinta años de edad,

me reconocieron y se acercaron para expresarme su disconformidad con un artículo mío publicado ya en

la Prensa, «Réquiem por unos comunistas». No les había gustado y yo me mostré respetuoso con su

disidencia. Pero conforme hablábamos, fueron levantando el volumen de la voz y ampliando la temática

del desacuerdo: les molestaba mi actitud, la de ciertos curas y la de Tarancón..., y al pedirles yo que

bajasen la voz porque estábamos llamando innecesariamente la atención, una de ellas me replicó: «¿Pero

es que se va a atrever usted a impedirme que yo grite Arriba España ?> Lanza el grito. La gente se

aproxima. Algunos, que ni siquiera sabían de lo que se trataba, clamaron «¡Afuera, afuera!». La señorita

en cuestión gritó de nuevo «¡Viva la Guardia Civil!». Yo respondí «Viva». A todo esto crecía el tumulto

y me vi rodeado de un gran círculo de espectadores, predominantemente guardias, que nos observaban

con perplejidad. Fueron creciendo los gritos de «¡Afuera, afuera!» y un alma piadosa —el auténtico

samaritano que nunca falta— me cogió del brazo y me advirtió: «Lo mejor es que usted se vaya». Una

joven se interpuso: «Usted ha venido aquí y tiene el mismo derecho que todos a quedarse». Me fui

lentamente. Aceptando mi retirada por amor a la paz y respeto a los muertos. Internamente dolido porque

se me expulsaba de un grupo mano que estaba allí con las mismas raies por las que yo había ido para

unirmea un dolor, para mostrar una adhesión, para rezar.

Pero, no, no era el grupo el que me expulsaba, era el grupúsculo, que pretende monopolizar su amor a

España calificando de traidor al que no piense como ellos. Que quiere alzar la bandera española en su

asta, impidiendo que los demás la levanten en la suya. Que tal vez pretenden abrir el cielo y cerrárselo a

los otros. Que, finalmente, se atreven a gritar ¡Viva la Guardia Civil!, que es una afirmación que nos une

a muchos, en un grito de desafío para separarnos.—José A. DE SOBRINO.

 

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