Voz abierta de Garabitas     
 
 ABC.    29/05/1962.  Página: 54. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

VOZ ALERTA DE GARABITAS

Han pasado veinticinco años y siguen siendo alféreces provisionales. Hombres ya maduros, en su mayoría padres de familia, con el lote correspondiente de teoremas, aflicciones y experiencia que la vida distribuye entre todos los mortajes; veteranos de la guerra, con cicatrices en el cuerpo y en el espíritu; supervivientes de unas promociones a las que el destino dividió en partes iguales, negándole a una mitad la visión victoriosa de la contienda, aunque no pudo quitarle el presentimiento del triunfo. Un cuarto de siglo después siguen llamándose alféreces y lucen en sus solapas la franja con la estrella de la gloriosa provisionalidad perpetuada con carácter de permanencia con votos solemnes. Varios miles de supervivientes acudieron, muchos acompañados de sus hijos, al cerro de Garabitas, escenario de una de las tormentas de fuego y metralla más terribles de las desencadenadas en la Cruzada.

Acontecimiento emocionante fue el del domingo, por la condición de los convocados y por la presidencia del Jefe, el mismo que los dirigió en las jornadas inciertas y desgarradas de la guerra, firme y seguro como ayer en su puesto de mando.

Se conmemoraba el XXV aniversario de todas las promociones de alféreces provisionales y la entrega al general Franco del carnet número uno de la Hermandad. Y el Caudillo, a aquella muchedumbre de veteranos que un día partieron de medios ajenos a cuanto significaba milicia y terminaron por ascender a las más ásperas cumbres de la vida del soldado en su condición de guardianes de la Victoria, coma en varias ocasiones les ha definido, "que montan la centinela de la Patria en todos sus estadios", les dio el grito de alerta. Porque una vez más el enemigo de todos conocido, cuyos antros están situados más allá de la frontera, trata de infiltrarse y busca la complicidad de quienes pueden alentar todavía impulsos de revancha. Una maniobra más en la larga serie desbaratada en un cuarto de siglo, con la presencia ahora en la confabulación de algún elemento eclesiástico a quien la pasión política oscurece y enturbia su celo. Excesos "que la propia Iglesia corrige, sin que por ello se altere la armonía entre las dos potestades, que conocen perfectamente a sus comunes enemigos".

Lamentable es que en esta ocasión hayan secundado la aviesa maniobra algunas gentes trabajadoras, conocedoras de la preocupación del Estado, verdaderamente social, por dar satisfacción a las legítimas aspiraciones laborales, en cuya consecución ha avanzado más que en ningún otro Estado, pero al que no se le puede coaccionar y exigir sin menoscabo de su propio ser y autoridad el quebrantamiento de aquellos principios básicos E ara el progreso y desarrollo del país, sin los cuales no se concibe organización económica digna de este nombre.

Muy chocante resulta el planteamiento de las cuestiones, con desprecio y preterición de lo legislado, cuando la vida nacional ha entrado en período de reactivación y se han negociado o están en trámite centenares de convenios colectivos y en estudio para su inmediata aprobación reglamentaciones de trabajo que afectan a todas las ramas de la actividad laboral. Esto", hechos no son ignorados por aquellos a quienes directamente les favorecen. La perturbación se produce sin previa advertencia, a sabiendas de que predomina en gobernantes y empresas un espíritu decidido, mejor diríamos sistemáticamente conciliador y favorable a las mejoras, de lo cual existen pruebas categóricas, porque es innegable que aunque les cueste reconocerlo a nuestros adversarios, "nos hemos adelantado en muchos años a la evolución del mundo", y los progresos están materializados en obras de las que se beneficia toda la clase productora: en su educación, en su forma^ ción profesional, en sus enfermedades, en sus ocios, en sus aficiones, en su invalidez, en su ancianidad y en los momentos culminantes de su vida.

Este espíritu social irrita y subleva a los folicularios de hojas clandestinas o voceros de las radios comunistas, domesticados para propagar que los trabajadores españoles viven esclavizados, hambrientos y miserables, abandonados por el poder público y explotados por las empresas, a los cuales se les incita a la subversión, para desbaratar nuestras estructuras, inutilizar los planes de resurgimiento y desarrollo, prometiéndoles, como hace veinticinco años, la felicidad, previo el aniquilamiento y desorden de la producción, la ruina de las industrias y el paro, porque el catastrófico es el único camino por el que puede marchar ti comunismo, que ya ha declarado oficialmente "no vacilará en asumir la iniciativa y la dirección de la lucha para derribar el régimen y salvar la paz".

El general Franco, que tantas veces ha acreditado sus dotes de vigía y de guía, dio la voz de alerta a los alféreces provisionales congregados en Garabitas, para que resonara y la oyeran todos los españoles. La actual ofensiva, "una más de las que desde fuera se lanzan periódicamente contra nuestra patria", acabará como han terminado todas, rota su furia en los acantilados de la razón y de la fortaleza española. "Nada más tranquilizador—dijo Franco—que contemplar el espíritu y la fidelidad de los alféreces provisionales."

 

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