Autor: Ramos, María Pura. 
 Primeras declaraciones del señor Oriol. 
 Nunca tuve sensación de peligro o miedo; intuía que no me matarían     
 
 Informaciones.    12/02/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 23. 

PRIMERAS DECLARACIONES DEL SEÑOR ORIOL

"NUNCA TUVE SENSACIÓN DE PELIGRO O MIEDO; INTUIA QUE NO ME MATARIAN"

«SOLO QUIEN SE VE PRIVADO DE LA LIBERTAD SABE CUANTO VALE»

MADRID, 12 (INFORMACIONES, por María Pura Ramos.) SOLO quien, como yo, se ha visto privado

de la libertad —y yo lo he estado por sesenta y un días— sabe cuánto vale.» Esta fue la primera

contestación que don Antonio María de Oriol y Urquijo dio a las preguntas que los periodistas te hicieron

sólo unas horas después de su liberación.

Don Antonio María Oriol entró en su casa a las seis menos cuarto de la tarde de ayer en un coche beíge

claro "Seat 1430", matricula de Madrid, después de dos meses de secuestro. Su rostro, que se advertía a

través de las ventanillas, se denotaba cansado. Llevaba una camisa blanca desabrochada, sin corbata, y un

jerseys oscuro de pico. El coche apenas si se detuvo. Iba escoltado por otro de la Policía.

RUEDA DE PRENSA

Larga espera por parte de los periodistas, y al fin don Antonio, don Felipe y don Jovier Oriol —los tres

hijos varones de don Antonio María— bajan a hablar con los informadores. En un bar junto a la carretera

se improvisa una primera rueda de Prensa, llega también don Miguel Primo de Rivera, yerno de don

Antonio María.

—Mi padre está bien. Apenas si le hemos visto. Sólo le hemos dado un abrazo y hemos rezado juntos el

rosario. Os da las gracias a todos por vuestra atención.

Nos cuentas detalles de la liberación. Don Antonio María de Oriol y Urquijo había sido liberado a las

cuatro y medía de la tarde por la Policía. Estaba en una, casa de pisos situada en una calle detrás del

campo de fútbol del Rayo Vallecano, en el madrileño barrio de Vallecas. Varios policías rodearon el

edificio mientras tres de ellos irrumpían en el piso. No hubo heridos. Se hicieron detenciones. Don

Antonio María estaba en compañia de un matrimonio y de un niño pequeño de once meses.

—Este chiquitín —nos cuenta don Miguel Primo de Rivera— es una obsesión para mi suegro. Está muy

preocupado por él y no hace más que preguntar si sabemos dónde está y que es de él.

Alguien apunta que el niño es hijo de una hermana de Collazo, el presunto miembro del G.R.A.P.O.,

autor de la muerte de los guardias civiles ocurrida el día 28 de enero.

Desde hacia varios días los secuestradores trasladaban constantemente a don Antonio Marta de sitio.

Cuando la Policía llegaba a uno de estos lugares encontraban huellas recientes del paso del presidente

del Consejo de Estado y también biberones y otro objetos, que denunciaban la presencia de un bebé. En

ningún momento sabia don Antonio María ea dónde se encontraba.

La noticia de la liberación llegó a casa de la familia Oriol alrededor de las cinco y media de la tarde.

Fueron varias las llamadas recibidas de diverso origen.

—¿Cómo se descubrió -el escondite?

—Fue gracias a la información que proporcionó un miembro del G.R.A.P.O. de-tenido, que condujo

también al rescate del señor Villaescusa.

"VALGRANDE"

La improvisada rueda de Prensa iniciada por los hijos de don Antonio tiene su continuación en la casa de

la familia Oriol y con don Antonio María.

Su aspecto ha cambiado mucho en estas pocas horas. Su rostro ahora está más tranquilo, y su cansancio se

nota menos; no lleva bigote. Se lo debió de afeitar durante su cautiverio. ¿Sería asi más fácil para los

G.R.A.P.O. trasladarlo de un lado a otro? Lleva traje gris, y en la solapa, la insignia de alférez

provisional. Está sentado junto a su esposa, doña Soledad, sus hijos y muchos de sus nietos. Vuelve a

darnos las gracias a los periodistas.

—¿Sintió miedo alguna vez? ¿Tuvo sensación de peligro?

—No, no lo tuve. Pensé o intuí que nunca me iban a matar. Claro que también es cierto que en cualquier

momento podia cambiar el panorama. Me impresionaba más leer de vez en cuando en los periódicos la

noticia de que podría ser ejecutado. Era impresionante.

—¿ Cómo se enteró de la

noticia del secuestro del general señor Villaescusa?

—Por los periódicos. No vi al general nunca.

—¿Recibía la prensa a diario?

—Si, y veia también la televisión. Por las noches escuchaba la radio. Claro que esto fue luego. Los prime-

ros días no tenia ganas de oír ni de escuchar nada. Pueden comprenderlo.

—¿De cué hablaba con sus secuestradores?

—De toda clase de materias: doctrinales, por ejemplo. Siempre con respeto mutuo de nuestras puntos de

vista. Ellos admitían los míos. Yo les escuchaba también, sin abdicar de ninguno de mis principios ni

ellos de los suyos. Jugábamos también a las cartas, al tute, al mus..., porque sesenta y un días de secuestro

dan tiempo para todo.

—Sus dolores artríticos, ¿cómo los soportaba?

—Perfectamente, Se preocupaban de mi salud. Había un guardián encargado de que no olvidara hacer to-

dos los días algunos ejercicios de gimnasia. Me trataron bien. Con cordialidad y afecto. En realidad, me

sentía como un huésped en una casa de campo, sin que nada me recordara que se trataba de un secuestro.

—¿Qué le daban de comer?

—Ponían especial cuidado en darme todo lo que me gustaba. Pero como a mi me gusta todo no tuvieron

dificultad.

-, —¿Ha cambiado algo en usted durante estos sesenta y un días de secuestro?

—No, no he cambiado en nada. Sólo me he afirmada en la importancia de la fe, que es un beneficio

inestimable y necesario. Fe intensamente vivida.

 

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