Autor: Calleja, Juan Luis. 
   Sobre el discurso de Adolfo Suárez     
 
 El Alcázar.    02/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 17. 

DE ADOLFO SUÁREZ

Juan Luis CALLEJA

DURANTE una larga temporada, se dijo que España vivía «despolitizada» y se exigió la

«politización». De los «politizados» años treinta, recuerdo una tarjeta que mi madre cosió en el

revés de mi abrigo, con mi nombre y señas manuscritos, para que sirviera como la chapa de

identidad del soldado que va a la guerra. Tenia yo doce años y sólo iba al colegio; pero las

ensaladas de tiros eran tan frecuentes como las de tomate y lechuga. Dos de los zafarranchos

que pudieron cosíanme la vida fueron célebres; uno, el que mató, casi al lado de mi casa, a

Matías Montero; otro, el que atentó contra Jiménez de Asúa que tenía el mismo portal que unos

tíos míos, en Goya, a sólo tres manzanas de mi colegio. Pero, como los chicos no podíamos

pasarnos el curso metidos en casa, a mi madre se le ocurrió la tarjeta. Imagino con cuanta

ilusión política.

Por lo que se ve, nos estamos «politizando» de nuevo, pero se nos habla menos de

«politización». Y eso que ofrece una ventaja: hace más interesantes los discursos. El interés de

los discursos es directamente proporcional a la inquietud social e inversamente proporcional al

cuadrado de la tranquilidad. A lo mejor explica esta Ley —que ofrezco a la consideración de los

hombres de ciencia— la sosería de muchas piezas verbales de los cuarenta años últimos.

Sin el drama casi diario- de la República, ni Indalecio Prieto, ni Manuel Azaña, ni Calvo Sotelo

ni Gil Robles —lo mismo que Cicerón sin la conjura de Catilina —nunca hubiesen hilvanado

aquellas catili-narias que les hicieron brillar en un Parlamento de buenos oradores. Y sin la

congoja de las horas que hoy vivimos, tampoco el Presidente del Gobierno nos habría tenido

suspensos el sábado pasado. Al parecer, Suárez ha logrado un éxito de público y crítica, no

diremos que sin merecimiento. Limpio de palabrería, resuelto, su discurso tuvo un tono a la

medida de la ocasión. Yo, que no creo en la democracia liberal, pido a Dios que don Adolfo

Suárez acierte, que salga bien lo que se propone, que la historia inmediata desmienta mi

opinión. Y le pido que me inspire cómo ayudar. ¿Quién no desea que termine en feliz viaje la

aventura en que nos han metido?

Aspiro a prestar mi ayuda revisando dos ideas del presidente Suárez. Una, que «las soluciones

definitivas dependen del espíritu con que toda la sociedad quiera responder». Otra, que los

atentados y secuestros persiguen estrangular el proceso de evolución hacia la democracia.

Tanto se insiste en lo último que, sin duda, el Gobierno tendrá sus razones; pero nosotros no

las vemos por parte alguna. En cambio, las hay para creer que algunos no tienen al Régimen

por bien muerto y necesitan arrasar cualquier posible resurrección. Por lo pronto, cada atentado

logra reafirmar y consolidar la voluntad del cambio en el Gobierno y en la Prensa. La

importancia de este resultado, no precisamente desdeñable, podría relacionarse con los

propósitos del terrorismo. Y, desde luego, era tan evidente, en sus principios, la intención de

tumbar el Sistema que no se entiende cómo lo hemos olvidado.

Durante mucho tiempo, el Régimen esgrimió el progreso, la paz y el orden como justificantes

de su gestión, aparte la política social. Resumió este argumento, en sus bodas de plata, con

una frase: «Veinticinco años de Paz». ¿Qué respondían sus enemigos? Respondían que las

dictaduras soto dan orden público; que aquella paz era la de los cementerios; que el orden

«sólo» es anquilosis, inmovilismo y «despolitización»; y que había que «politizar» el país.

Pero estos tiros sallan por la culata. Cuanto más se atacaba el orden, más le gustaba a la

gente. ¿Qué se les ocurrió, entonces, a los enemigos declarados del Régimen? No lo sé, pero

lo sospecho: destruir su imagen de eficaz guardián de la tranquilidad. Por lo menos, eso logró

la repentina serie de atentados y secuestros contra policías, guardias civiles, industriales y

cónsules extranjeros.

Fue entonces me parece cuando empezó, la urgencia de reconciliarse y cuando el pueblo

español prestó oídos a la nueva argumentación: había que restablecer la paz ciudadana y la

convivencia; había que buscar salida al callejón en que nos metió la naturaleza de un Régimen

sin cauces y sin representación. Había que cambiar hacia el sistema de partidos, garantía

segura de legitimidad, convivencia y paz.

Sí: fue entonces cuando los españoles empezaron a escuchar todo eso. Los atentados

culminaron en el asesinato del almirante Carrero en 1973 y en la matanza de varios agentes de

la Policía Armada, el 1° de octubre de 1974, el dia de la manifestación de protesta contra el

incendio y saqueo de embajadas españolas. Poco más tarde, Franco quedó en el Valle de los

Caídos.

Y preguntamos: ¿Quiénes pensaban, entonces, que, muerto el Caudillo, terminarían los

atentados contra el Régimen? Parece que nadie. No, desde luego, quienes aseguraron, desde

el extranjero, que sí el «fascista» Juan Carlos seguía en el Trono, ellos acentuarían de tal modo

la ola de terror que estallaría otra guerra civil; tampoco, quienes .volvieron a escribir mil veces

que la única salida a la paz y a la convivencia era la apertura; menos aún, los que hicieron la

propaganda a favor del «sí», hablando del «cambio sin riesgo». Y nosotros tampoco, pues

creíamos, que ni la Continuidad ni la Reforma evitarían un terrorismo´ que trabaja en todo el

mundo, sin exceptuar las democracias.

No parece tener vuelta de hoja: con la Monarquía del Movimiento y el Régimen de Franco

intacto, el terrorismo hubiese usado las metralletas y las bombas, igual que ahora. ¿Y qué

explicación hubiese dado el* Gobierno? ¿Qué alguien quería interrumpir su decidido propósito

de lograr la democracia plena?! Hombre, no!

El Gobierno habría ofrecido dos explicaciones que "figuraron, por cierto, en el discurso de

Suárez; las únicas que debió leer porque eran las justas, a nuestro juicio: Que estos atentados

—que no son sólo de aquí ni de ahora, como dijo el mismo presidente—, tratan «de romper la

confianza en el Gobierno, cualquiera que sea ese Gobierno» y que se trata de «atacar las

estructuras del Estado». No se puede resumir mejor el eterno programa revolucionario, cien mil

veces publicado por los enemigos más identificados del Régimen, en particular, y de todas las

instituciones de matiz conservador, en general.

Y aquí viene mi modesta ayuda a la salud de la democracia. No son esos enemigos, ni los

terroristas, como supone el presidente del Gobierno, quienes pueden «hacerles creer a ustedes

que se han equivocado al aprobar la reforma política», sino quienes han presentado el sistema

de partidos como una maravillosa vacuna contra la inestabilidad y el desorden. Hay que decir la

verdad escueta: que la democracia no es «la salida» ni «la solución» que el Hombre buscaba

ya en tiempos remotísimos. La democracia es una herramienta costosa, de difícil manejo, rara

en el mundo; cuya validez depende de quien la use, cómo, cuándo, dónde, para qué y por qué.

El pueblo español necesita saber cuáles son sus flancos vulnerables y qué armas pueden

acabar con ella fácilmente: no tanto los atentados, los hay en todas las democracias como las

hostilidades sociales desatadas, las huelgas desmedidas y la ruina que implican. El pueblo

español debe saber dónde se ha metido.

Por eso, decirle que «las definitivas soluciones dependen del espíritu con que toda la sociedad

quiera responder» es vago y excesivo. Al oírselo al presidente, muchos nos habremos sentido

arengados y, en nuestros hogares, habremos iniciado un movimiento de colaboración. Acaso

nos pusimos en pie tal vez tuvimos un ¡viva! en la garganta y nos agarramos a la silla con

arranque solidario; pero, luego, miramos en derredor; estábamos solos, con las miradas

inocentes de nuestros hijos. Nos sentamos, despacio. El ¡viva! se quedó en la garganta.

¿Qué podemos hacer? ¿Cuál es el espíritu que se nos pide? ¿La audacia? ¿La

imperturbabilidad? Movimos la cabeza, desolados: no podemos evitar que el terrorismo nos

asuste, aunque nos notifiquen la eficacia del valor estatuario. El terrorismo está para eso y,

además,- las intenciones gallardas sirven de poco en soledad.

Creo que, al dirigirse a la sociedad, hay que explicar a qué sociedad nos dirigimos. Los únicos

que pintan algo, y mucho, en e) problema que ocupaba al presidente y su discurso, son los

grupos sociales organizados. Y, a esos, sean materiales o espirituales, políticos o económicos,

militares o civiles, no basta pedirles espíritu. Hay que darles medios, órdenes, circunstancias

estimulantes, ambiente propicio y autoridad. Diríamos, para terminar, que «el espíritu con que

toda la sociedad responda» depende del espíritu con que el Gobierno gobierne.

Juan Luis CALLEJA

 

< Volver