Fernando Arrabal, contra todos. 
 He sido cornudo y apaleado     
 
 Pueblo.    13/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 23. 

FERNANDO ARRABAL, CONTRA TODOS

"HE SIDO CORNUDO Y APALEADO"

«Porque encima de tergiversar mi obra, me han insultado, calumniado e injuriado»

«Nadie que me conozca puede pensar que he organizado todo esto para promocionar mi teatro»

Llevaba un traje azul oscuro y una pajarita. La barba, bien cuidada; el pelo, bien cortado; las ga fas,

redondas y metálicas; el chaleco, con todos sus botones bien atados; la revista de ajedrez bajo el brazo:

Fernando Arrabal tiene aire de joven profesor universitario a la antigua. Está como un poco ido, menos

cordial que cuando le visité en su casa de París, el año pasado. Parece tenso, nervioso, molesto. De

cualquier forma, me abraza y tiene frases elogiosas para la tortilla de patatas que le hice, y la novela, mi

primera novela, que le dejé. Mientras esperamos a que lleguen todos los periodistas —Fernando no quiere

empezar su manifiesto hasta que no estemos todos—, me dice que ha estado en Sao Paulo dirigiendo

«Oye patria mi aflicción», su obra, que él no dirige normalmente sus obras, pero que esta vez le ha

tentado... Estamos en el bar de internacional. Arrabal no quiere, salir de la zona de tránsito, aunque tiene

el pasaporte. Dijo que no regresaría a España hasta que no hubiera ni un solo preso político en la cárcel y

lo quiere cumplir a toda costa. Pregunta por cosas. Dice que en el avión ha leídO «El Alcázar" que ha

visto un artículo de Juan Aparicio, «aquel que pidió qu« me castraran»... «¿Y quién del mundo de las

letras se presenta a las elecciones?», pregunta. Le decimos que Celaya, que Alberti, que Lúca de Tena...

«¿Y Paso?» No, Paso, no... Pide agua mineral sin gas. «Quiero aclarar todo lo que ha pasado con mi obra

"El arquitecto y el emperador de Asiría". No, no ha sido una polémica; ha sido una cadena de injurias y

calumnias contra mí...»

Ya estamos todos sentados: Arrabal ha preparado una declaración y uiía fotocopia para cada periodista. Y

la lee. La lee con énfasis, con rabia, con altos y bajos. Y como cada vez que anuncian la llegada o la

salida de un vuelo tiene que callarse, las interrupciones son frecuentes. La declaración comienza así:

«Los tanques de Pinochet terminaron con las representaciones de mi teatro en Chile, como los de Breznev

clausuraron las de Praga. ¡Qué títulos de gloria para un poeta! Yo que me sitúo a la izquierda del Partido

Comunista, quiero saber si son mis opciones anarquistas las que han provocado contra mí la campaña de

embustes por parte de los inquisidores de Marx.

Bebe un largo trago de agua. Mientras habla, su dedo señala acusador. Va diciendo que su obra ha sido

tergiversada, que se le ha añadido un texto que no es suyo, que se le ha cambiado el sentido, la intención,

etcétera, saludando, entre párrafo y párrafo, a «los perros pastores de Breznev» y a «los doctores del

dogma». Y grita: «Aquí no hay más publicidad que la que hacen estos perros rabiosos, esta aves de

rapiña,, estos hijos de..., para apuñalarme ante la Prensa de mi país por la espalda y en mi ausencia.»

Sale un vuelo para Ginebra. Arrabal sigue agitando su dedo mientras lee. Ya le llega el turno a

Marsillach, al decorador y al periodista Hormigón. Nadie se salva. El escritor tira contra todos:

«¿Qué criterio merecen estos dos hombres (director y decorador) que aceptan trabajar para un autor que

desprecian, ya que me llaman payaso nacional y otras, lindezas? ¿Qué dosis de hipocresía no se necesita

para venir a verme sin comunicarme la opinión que les merezco y, peor aún, trásvestirla hasta el punto de

que les confié la producción de mi primera pieza en España?»

El decorador, Arroyo, dijo que Arrabal tenía miedo de volver a España. Y Arrabal dice: «Inventa haber

recibido varias cartas de mi mujer, y en pleno delirio intenta ridiculizarme, porque según él yo pediría

guardaespaldas. Pobres Carrillo y Alberti, con sus gorilas, karatékas, guardaespaldas y coche blindado,

ridiculizados por el último compañero de viaje... precipitado. ¿Y Mar-sillach? Cubierto de

contradicciones, esgrimiendo palabras como "tal vez", "probablemente", difaman t e s, sin jamás

mostrarnos la menor prueba. Y cuando desarmado no encuentra argumento alguno, utiliza la peor ironía,

pesada como pata de elefante, tan mal venida cuando se está amordazando al poeta y violando su

mensaje. Nos hará creer que no puede ponerse un preservativo porque ya no tiene erecciones, es decir,

que no podrá hacer el papel de Ótelo porque no puede morirse dos veces por noche. No es éste el

Marsillach lleno de dignidad, de encanto, de altura moral, de entusiasmo exultante que se presentó en mi

domicilio; nada tiene que ver la imagen que me dio con el personaje que calumnia e ironiza hasta a mi

mujer...»

Dice luego que Hormigón es su «tendencia» Beria y que está pegado a él como una lapa que le difama,

que le insulta, que le condena y le censura para bien de su causa, pues «tiene la cara dura de decirnos que,

en efecto, mi obra no está respetada porque el director la mejora, la politiza, la hace más próxima a sus

ideas enclenques... Transformar mi obra, mi mensaje, mis ideas, hasta el punto de que le guste a un tipo

Como el señor Hormigón es el peor insulto que se me puede hacer, el peor escarnio. Y dice condenar mi

obra en nombre de la clase obrera. Formidable petulancia con olor a carroña. No olvidemos que el mayor

asesino de obreros y comunistas de la historia. Beria, también decía que los representaba.»

Arrabal, que frecuentemente se exalta y eleva la voz, da veinticuatro horas a todos sus difamadores, a los

Marsillach, Arroyo, Hormigón, etcétera, para que presenten pruebas de lo que dicen. Y lo pide así:

«Primero: Que den prueba de que tengo un contrato que me obliga a detener las representaciones de "El

arquitecto..." que ellos han tergiversado, contrato que solamente existe en sus difamaciones.

Segundo: Que muestren la carta escrita y firmada por mí en la que les autorizo a añadir a mi pieza un final

que no he escrito y una canción que no he compuesto, y mil morcillas, carta que sólo existe en sus

injurias.

Tercero: Que muestren mi autorización escrita y firmada por mí por la que les permito dar a mi pieza un

mensaje contra el que lucho y lucharé toda mi vida por considerarlo la expresión viva y actual de la peor

inquisición, autorización que sólo existe en sus calumnias.

Tras veinticuatro horas, en que serán incapaces de mostrar la menor prueba, los últimos reticentes sabrán

quiénes son mis calumniadores. Es así como organizarán la cultura el día en que lleguen al Poder esa

minoría eurocheca. Espero que pronto el resto del P.C.E. cierre el paso a semejantes farsantes. Así la

organizarán, sí: tergiv e rsando obras y correspondencias privadas, inventando cartas inexistentes,

pisoteando la obra, la vida, la esencia, toda la razón de ser del poeta. A estos puritanos del odio con mente

de policía les pregunto:

¿Cuándo van a pedir la legalización de los partidos situados a la izquerda (lo cual no es difícil) o a la

derecha del P. C. ruso, checo, húngaro, etc.?

¿Cuándo van a reclamar la legalización de los sesenta y siete partidos políticos españoles (en su mayoría

revolucionarios) aún fuera de la ley en España?

¿Qué ha sucedido con la campaña p o r la amnistía una vez que salieron de la cárcel sus amigos?

¿Cuándo van a pedir la liberación de los cientos de miles de prisioneros políticos víctimas de la

burocracia hitleriana de Breznev?»

Terminada su lectura, Arrabal charla, ya más calmado. Algunos empleados del aeropuerto nos miran con

curiosidad. Fernando va diciendo cosas: Que Marsillach miente, que con su obra ha sucedido un pequeño

Watergate que hay que aclarar, que no vendrá hasta que no estén -todos presos políticos en la calle, que él

quiere ser solamente un poeta, que ha habido y hay una conspiración clara contra él, que ha sido «cornudo

y apaleado», porque encima de tergiversar su obra, van y le difaman, le insultan y calumnian;

que no es de ningún partido porque un poeta no se casa con nadie, que si su teatro ha funcionado mal

económicamente lo lamenta por sus productores, pero que a él solamente le importa el mensaje...

—Hay quien ha pensado, Fernando, que todo ésto podía ser un montaje para promocionar la obra...

—Nadie que me conozca puede pensar eso de mí. Esa injuria no me la han hecho en ningún país del

mundo.

—Alguien puede pensar que denuncias a lo Solyenitsin...

—No, no... Yo no soy un Solyenitsín. Yo condeno los crímenes de Moscú como cualquier revolucionario,

como los chinos, que dicen que Breznev es mayor criminal que Hitler. Yo me niego a silenciar lo que

pienso de esa inquisición actual, aunque sea mi suicidio. Si quieren pintarme como uno de derechas, que

me pinten. Yo sé que lucho por una sociedad sin clases y libre. Busco otra vía para una vida mejor. Mi

conflicto es con el ala Beria. Que no tema la auténtica izquierda un ataque de Arrabal, yo estoy con ellos.

Pero el peor que se puede hacer a la libertad es el silencio...

Pasó ocho horas en Barajas, en tierra de nadie.

Fotos OTERO

 

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