Autor: Izquierdo Ferigüela, Antonio. 
   La ley del miedo     
 
 El Alcázar.    02/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

La ventana indiscreta

LA LEY DEL MIEDO

LO siento, pero no creo, como dicen que cree el pueblo soberano, que el miedo guarde la viña. Él miedo

no guarda nada. Menos en colectividad. El miedo, elevado a categoría de pánico, eleva, a su vez, a

categoría de catástrofe lo que inicialmente puede ser un modesto suceso, tal y como ocurrió con el

legendario incendio del Teatro "Novedades", de Madrid. El miedo no es buen consejero; hace ver

visiones y se corre con él tanto riesgo como cuando se utiliza el valor en éxtasis de heroísmo. La virtud

está en el equilibrio.

En España ocurren muchas cosas que solo se explican por la intima ley del temor que se ha puesto a flor

de piel como los sarpullidos infantiles. Desde el inevitable trasiego de casacas y colores, a la aceptación

de la rueda de molino como fórmula de comunión preo o posconciliar. Pondré pocos ejemplos; y los

pondré sin más intención que la de subrayar mis palabras: la "ikurriña" se aceptó "para evitar nuevas

vitímas"; la libre circulación del PCE, ilegal según las previsiones penalistas de nuestro reformado

Código, "para evitar choques o disgustos con la oposición marxista", porque a las claras está a que las

otras oposiciones les importa un bledo; el derecho de manifestación se recorta o queda abolido,

transitoriamente, "en evitación de males mayores"...

Lo comparto todo; lo comparto, mejor dicho, casi todo, porque tampoco tengo vocación de héroe. Pero

como no soy tonto de baba o tonto de capirote o tonto de remate, no me trago el sapo de las exhibiciones

condenatorias del PCE respecto a los guardias civiles y policías asesinados. ¿Por qué? Por una sola razón:

desde que era asi de pequeño y supe algo del terrorismo, sabía, simultáneamente, de dónde venían los

tiros. Luego, años adelante, y en particular a partir de 1.974, cada vez que caía asesinado un inspector de

policía, un guardia civil o un policía armado, leí y hasta escuché explicaciones brutales destinadas a

justificar, mediante el camelo del "pueblo oprimido", aquella barbarie que abría caudales de sangre y de

dolor. Estoy cansado, como casi todos de leer declaraciones, pasquines, folletos y pintadas suscritas por el

PCE o por cualquiera de sus organizaciones afines, en las que se solicita la desaparición de las fuerzas del

orden público —Guardia Civil y Policía Armada— a los que se insulta y se considera "instrumentos de

represión".

Es decir: a la vista de lo que está ocurriendo, llego a una fácil conclusión: sobran los lamentos y las

esquelas y sobra, a la vez, las aceptaciones conciliatorias convertidas en formidables ruedas de molino.

No postulo nada. Me gusta ceñirme, sin embargo, al código de mi oficio que es el servicio escueto a la

verdad. Condeno toda violencia. Pero sin equivocar los términos y los planteamientos y sin que me

divierta nada el espectáculo de sordidez o de imbecilidad que se ofrece por todas partes.

Antonio IZQUIERDO

 

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