Autor: Alcocer, José Luis (CIUDADANO). 
   El primer secretario     
 
 Pueblo.    14/12/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

EL PRIMER SECRETARIO

CASI parecía un niño al lado del rostro esculpido de Willy Brandt. No estaba ni relajado en exceso ni

tenso en cinematografía. Tiene una imagen grata y abierta. Y tiene algo así como treinta y cuatro años. No

es mala edad. Quiere decirse que no tiene nada que ver con la guerra civil. Su intento parece claro: es

(trata de ser y se trata de que sea) la gran figura del pacto. ¿Hablamos del pacto constitucional, del pacto

social, del pacto político?... Hablamos del pacto, sencillamente, de la gran avenencia mediante la cual se

desea que sea posible una continuidad del establecimiento dotada de las contradicciones justas,

vitamínicas e imprescindibles para que nada sea demasiado peligroso. Y en ese juego de coordenadas,

Felipe González juega, con indudable talento, con su moderno talante y con su relativo prestigio de

novedad, un decisivo papel en la composición de la arquitectura de mañana y de pasado mañana.

• No cabe duda de que está rodeado de peligros. Seguramente que él lo sabe. El más grave de ellos, acaso,

sería el de caer en una especie de «kennedysmo» socialista, en afirmaciones apresuradas de nuevas

fronteras, pagando el costo carísimo, en última .instancia; de la propia identidad. Otro, sin duda, pudierá

tal vez consistir en cegarse con el reflejo del propio brillo, dando en pensar que todo lo otro es cosa de

poco más o menos, y que sólo en uno reside la credibilidad, y que sólo en uno se residencia el futuro.

Pero hay algo en Felipe González que me inspira confianza tanto al principio como al fin: es y se siente

un hombre del pueblo. Y es, además, un, hombre resuelto a aprender continuamente cosas, a comprender

más y más cosas cada día. Su conducción de la marcha del Congreso fue perfecta, idónea absolutamente

para acceder a los objetivos propuestos: dé repente, en España, nos encontramos con un partido de

izquierdas, con un Partido Socialista, que recogiendo las más respetables tradiciones éticas de la

izquierda, se siente y se muestra capaz de convocar a los máximos líderes del socialismo y de la

socialdemocracia europea. Pero que tiene tambien base obrera. Y, sobre todo, que no tiene que rectificar

catárticamente ninguna conducta contradictoria u opuesta con la libertad, porque lleva la libertad y la

democracia en su propia entraña.

• La figura de Felipe González, en sí misma considerada, tiene un gran valor político: el de hacer

vitalmente innecesaria cualquier discusión residual respecto a la guerra civil. Posee la menor cantidad de

énfasis dogmático que sea dable pedir a un político. Tiene un lenguaje muy directo, y casi humilde.

Entiende muy bien lo que es la autoridad, a la par que comprende que hay que contar con los otros.

No ha perdido ninguna guerra. Está libre de odios y resabios, y dotado (sólo) de la memoria justa para

aquello que le es menester recordar. No le nubla ni una sola manía. No le ha corrompido el poder ni le ha

deformado la clandestinidad o la lejanía. Sin embargo, ha conocido seguramente, muy de cerca, los

aledaños y los meollos en que se cuecen las decisiones y se negocian los tránsitos y los tiempos de los

tránsitos.

• He ahí un socialista sin cuentas que saldar, sin pleitos que le vengan de atrás. Creo que únicamente los

limita, y le condiciona -el futuro. Y en el espectro de ,ese futuro, la decisión de conducir a su partido

hacia los umbrales del poder político. La decisión, del P. S. O. E. de reelegirlo como primer secretario

hay que calificarla como serio y decisivo acierto. Como el acierto capaz de abrirle las puertas de una

España implicada con la gran operación de Europa. En el tiempo de la transición, el socialismo es

imprescindible; sin él, no puede darse ni producirse. Felipe González es su hombre más

representativo, más eficaz. Es necesario, únicamente, que siga manteniendo una de sus grandes virtudes:

que cuando mire, vea, y que cuando oiga, escuche. Pero no sólo a sus interlocutores ocasionales, sino, por

supuesto, a la. voz entrañada de su base, de los miles de socialistas de España.

José Luis ALCOCER

 

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