Autor: Gómez Molleda, D.. 
   Giner, los estudiantes y la revolución     
 
 Ya.    13/03/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 24. 

GINER,

LOS ESTUDIANTES Y LA REVOLUCIÓN

NCHO campo para la discrepancia pueden ofrecer hoy día los planteamientos educativos y universitarios

de don Francisco Giner. Desde su idea de universidad y su concepto de la juventud universitaria como

minoría "selecta" y futura gobernante de la nación—concepto elitista de la cultura que comenzó a ser

discutido ya en tiempo del propio don Francisco—hasta su plan para la socialización de la enseñanza a

base de la célebre extensión universitaria, acusada de paternalista y burguesa por los mismos años en que

se Inició. Pero las discrepancias de pareceres desaparecen a la hora de reconocer el interés inteligente y el

entusiasmo enorme con que a nivel teórico y práctico abordó Giner el problema de la educación nacional

en tiempo en que la indiferencia por el tema, y en particular por su vertiente universitaria, eran casi

generales.

En relación con este último punto hay una nota subyacente en la pedagogia universitaria de Giner que no

sólo no ha perdido actualidad alguna, sino que se presenta como acuciante urgencia de nuestro momento:

la búsqueda del genuino espíritu universitario, tarea a la que se entregó don Francisco con insobornable

decisión.

Sabia Giner que la juventud de su tiempo no habla llegado a formarse seriamente para la política ni había

tomado conciencia de su responsabilidad social, aunque sí demostrara ya, según testimonió ía publicistica

de la época, un singular espíritu de oposición y de resistencia al orden establecido.

El estudiante español que asistía a fines del siglo pasado a la Universidad de Madrid no se diferenciaba

mucho de sus predecesores de la primera mitad del novecientos. Como los protagonistas de la vida

pública, tan peyorativamente descritos por Baroja, aquellos universitarios no se distinguían precisamente

por su categoría intelectual o por sus desvelos hacia la res publica. La juventud estudiantil que había

cruzado el ecuador del siglo aspiraba a divertirse, a jugar, a "quemarse"; repartía su día y su noche entre

las aulas, la mesa de billar, el café y el "paraíso del Real"—el público de las "alturas" en el Real era

siempre considerado el más exigente—. Y desde luego se mostraba absolutamente indiferente hacia la

política. Por algo Ríos Rosas exclamará en el Congreso dirigiéndose a los partidos: "No tenéis la

juventud; la juventud os abandona y hace bien, porque no la enseñáis, porque os morís, ya que

comprender o morir es la suerte de nuestro siglo."

En los diez años que precedieron a la revolución de septiembre, un grupo de universitarios "nuevos",

"semejaba disponerse"—escribirá Giner, anotando el cambio—para el momento en que la nación,

"cansada del viejo orden de cosas", buscase en la nueva generación los campeones de su honor y de su

libertad.

La mayor parte de este grupo juvenil se había formado en las aulas de los catedráticos krausistas. La

aparición de Sanz del Río y de los catedráticos de su círculo había significado en la central, sobre todo en

Ía Facultad de Derecho, un cambio importante. Antes de este momento—recordemos de nuevo los textos

de Baroja y del propio Menéndez y Pelayo sobre la Universidad de mitad de siglo—la Facultad de

Derecho había dado a España un puñado de hombres, "los abogados", que, unidos a los literatos, los

periodistas y los políticos de profesión, hablan formado una clase gobernante que convirtió el Parlamento,

el tribunal y el aula en "vistoso espectáculo", con sus discursos "vehementes" o "hábiles". Habían

obtenido su renombre y sus puestos no por lo que hacían, sino por lo que decían :

"De las aulas de Derecho a las sociedades de hablar, de éstas a las Cámaras, y de aquí, al Gobierno—

escribe Giner—; tales son las etapas graduales que recorre en su vida el joven corto de escrúpulos,

dispuesto a jugar al pro y al contra con todos los problemas."

En vísperas del 68 había aparecido en la Universidad una clase escolar "de sentido y alientos

democráticos", afirma González Serrano, que parecerá distinguirse de la superficialmente "liberal" de la

primera mitad de siglo.

Esta juventud universitaria democrática—profesores y alumnos—tomó parte en "La gloriosa" llena de

entusiasmo y de grandes proyectos renovadores. Pero se pregunta Giner al cabo de dos años, ¿ qué hizo

este primer puñado de "hombres nuevos" ?

"¿.Qué ha hecho esa juventud? ¡Qué ha hecho! Respondan por nosotros el desencanto del espíritu público,

el indiferente apartamiento de todas las clases, la sorda desesperación de todos loa oprimidos. Ha

afirmado principios en la legislación y violado ésos principios en la práctica; ha proclamado la libertad y

ejercido la tiranía; ha consignado la igualdad y exigido en ley universal el privilegio..."

Se lanzaron a la revolución—se lamenta Giner—"faltos de principios claros y definidos; de convicciones

lentamente formadas en severos estudios...". La juventud demócrata y progresista que habla abominado

de todas las iniquidades del viejo orden resultó inferior a las "eminencias de los antiguos partidos", se

alimentó de esas mismas iniquidades" :

"... y como no podia menos de acontecer con tal conducta—afirma Giner—, ha lanzado a la insurrección a

todos los partidos ajenos a la distribución del botín; ha desdeñado a los proletarios y atemorizado a los

ricos; ha humillado a los racionalistas y ultrajado a la Iglesia; ha dado Ía razón a los esclavistas ya los

negros, y se ha captado la antipatía de los liberales y conservadores, de los hombres ilustrados y del

vulgo."

En vísperas de la restauración don Francisco Giner se presentaba como continuador, pero también como

depurador, o mejor, nuevo intérprete de los ideales de la juventud revolucionaria:

"Ante el espectáculo de tan frustrada tentativa en que se consume la juventud de ayer... llama la juventud

de hoy a las puertas del poder, que pide para si con apremiante altanería... No es su destino consolidar y

explotar la injustícia, sino arrancarla de cuajo..."

No obstante, ¿ qué hacen ? —vuelve a preguntarse don Francisco—. ¿ Cómo se prepara la nueva juventud

para el futuro inmediato? La juventud—y éste será el llamamiento de Giner—debe enseñar urgentemente

a la sociedad decaída que "las convicciones se forman no teorizando en la plaza pública, sino elaborando

el pensamiento en el rigor de la conciencia científica". Y por su parte, don Francisco se lanzará a la tarea

de formar a esa juventud apoyándose en la pequeña minoria que le escuchaba con interés: en esa parte de

la juventud—escribe—inteligentemente activa, enérgica, "que quiere vivir y no vegetar", y que está

dispuesta a optar entre el mérito y la recompensa—porque ambos en la sociedad española están

divorciados—, observa.

El honrado entusiasmo con que Girier se entregará desde entonces a la formación de sus discípulos se

explica a la luz del papel trascendental que atribuía a la Universidad en la vida del país. De la gran masa

estudiantil que hacía vida de teatro, de café, de casino, de ateneo, que iba a los toros, que, aparte de los

periódicos, leía poco y mal; que sufría sucio hospedaje y mala bazofia y que era "política y patriótica en

todos los sentidos, desde el más puro y noble al pésimo", debería salir una minoria importante por su

calidad y su preparación, que, a pesar de las dificultades, pusiese el alma en su labor, no quiera vegetar,

viva y se entere. Sobre esta minoría agitada y febril se apoyaba —según don Francisco--la España del

futuro; convicción que le hace escribir a propósito de la juventud universitaria una de sus, páginas más

fuertes :

"Sí el ejemplo, la presión del medio, los mantiene (a los estudiantes), como ahora, en la vulgaridad, la

charlatanería, la audacia y la insignificancia; si no saben hacer de la Universidad una fuerza de intensa

energia que para las pequeñas cosas les ayude a luchar y a vencer; si no aciertan a dar una fórmula real a

las vagas aspiraciones que en esa edad agitan siempre el espíritu y que sin ella tan fácilmente lo

corrompen; si no se aprovechan los años mejores y más plásticos para trabajar con varonil esfuerzo por la

transformación ideal, moral, intelectual, material de su vida y persona..., la historia hará su obra

en esta tierra como en las demás; pero ¿cuándo?, ¿por medio de quiénes?, ¿a qué precio? Si estas

preguntas los dejan mañana tan fríos como hoy, no vale la pena de que haya universidades en España."

Se trataba de hacer un universitario distinto, que se caracterizase por el rigor de su preparación científica

y profesional, por su integridad moral inquebrantable, por su desinterés hacia los medios fáciles y

brillantes, por su responsabilidad social. Y que no sólo tuviera como deber hacer cultura, investigar,

enseñar, contribuir al bien común a nivel de conocimiento, sino demostrar con los hechos su decisión de

no dejarse contagiar por la pasión de Is "gastadas mayorías".

Fue en la Universidad, antes que en la Institución Libre de Enseñanza, donde Giner forjó sus primeros

"hombres nuevos". Su estilo, bondadoso y agresivo a la vez, le proporcionó buena parte de sus éxitos

entre la juventud. Pero fue, sobre todo, su espíritu existente, ajeno a toda clase de concesiones, lo que

valió a don Francisco el título de maestro de la juventud.

El propio Giner nos da las notas sustantivas de su programa al comentar un discurso de Sanz del Río, su

maestro, en la apertura de curso de la Universidad Central:

"Más hizo un Sanz del Rio—escribe Giner—, creando en el árido suelo de nuestra vida intelectual no una

doctrina—¡a Dios gracias!—, sino lo que vale infinitamente más, una corriente de emancipación

intelectual, de éducación científica, de austeridad ética, que ha removido y ablandado, y signe

removiendo largos años aún, lo poco que queda de lo plástico en el fondo de este duro terruño."

Independencia intelectual, preparación científica, austeridad ética. Esto era lo que exigía Giner, Y esto era

lo que buscaba en él la juventud. Y ésta era la clave del misterioso atractivo que ejercía sobre los jóvenes

aquel hombre pequeñito, de cuerpo enjuto, ágil y de faz morena—tostada por todos los vientos de la sierra

madrileña—, encuadrada por barba y cabellos blancos, cuyos ojos vivaces se clavaban en el interlocutor

con acuciante interés.

Los "nuevos" universitarios se encerraron en las bibliotecas, en los laboratorios, en las redacciones de las

revistas culturales, en el Ateneo, en los centros de investigación. Fueron al extranjero a ampliar estudios,

ocuparon las cátedras universitarias de provincias y se esparcieron poco a poco, por toda la geografía

nacional. En los medios intelectuales del país iniciaron una corriente de divergencia ideológica, política y

social con el mundo oficial y académico de la Restauración. Azorin calibró certeramente el nuevo estilo

de esta juventud que a principios de siglo comenzó a protagonizar un modo distinto de vivir "en contra",

avalado esta vez por el peso específico de su densidad mental:

"Otra generación ha llegado. Hay en estos jóvenes más método, más sistema, una mayor preocupación

científica... Saben más que nosotros... Dejémosles paso."

D. Gómez Molledo

 

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