Autor: Fernández Santos, Ángel. 
 Estreno de José Martín Recuerda. 
 Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipciana     
 
 Diario 16.    07/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Estrello de José Martín Recuerda

«Las arrecogías del beaterío de Santa María Egipciaca»

Qué más quisiera uno, a la hora de escribir un comentario de esta especie, que contar con un poco de

ciencia infusa, y así poder sintetizar de un plumazo qué es y qué no es un torrente teatral tan hermoso

como el que puede verse ahora en el teatro de la Comedia de Madrid. Tres horas de catarata teatral, lo que

en -las nuevas jergas se dice que es una "propuesta" escénica, pero esta vez auténtica. Habrá, en

consecuencia, que ensayar algún tipo de "respuesta", es decir, un comentario no exterior, sino apresado

por la órbita emocional —que tiene mucha gravedad— de la representación.

Escribo este comentario, pues, bajo el aura de un escenario iluminado. La impresión, intelectual y

sensorialmente es desordenada y no hay tiempo para ordenarla. Así es mejor. Una sensación de desorden.

Y, sin embargo, el espectáculo es ordenadísimo y muy claro. ¿Qué ocurre? Creo que la culpa está en mí,

en el hecho de que tengo una lectura previa del drama, del texto original. Este, leído en letra impresa, me

pareció acabado, conseguido sin defectos y, lo más importante, sin excesos. Ahora creo haberme

equivocado: la realización escénica del drama de Martín Recuerda pone en evidencia que hay dentro de él

cierto exceso. Intuyo que Marsillach lo ha peinado algo, pero también que se ha quedado corto. Sobran

palabras. No es que las palabras que sobran sean malas, sino que son innecesarias. Y en teatro, todo lo

que no es necesario, por muy bueno que sea, sobra.

Angel Fernández-Santos

Con media hora o tres cuartos de hora menos, este esplendoroso espectáculo poético y político hubiera

sido perfecto. Pero lo cierto es que hay sombras, zonas" deprimidas, eso que se llama baches, en medio

del esplendor. ¿Por qué esta desmesura? ¿Será que Recuerda, obligado a prescindir de la escena para

perfeccionar su oficio, no ha alcanzado todavía el don de la medida y de la síntesis? Es muy posible.

En "Las arrecogías", escénicamente hablando, hay instantes geniales, crecimientos fulgurantes, violencia

teatral de primera calidad. Y, no obstante, hay también zonas distendidas, cuya eficacia no pasa de ser

exclusivamente verbal. Es un espectáculo que está concebido para que a mí, espectador, me penetre por

todos los ángulos, para que me obligue a emplear simultáneamente todos cuantos órganos de percepción

poseo; pero hay veces que me veo obligado tan sólo a "oír", guardando en remojo mis restantes sistemas

de alerta, que autor, actrices, actores y director me han obligado —muchas gracias— a poner en guardia,

en carne viva, antes. En un espectáculo que alcanza las alturas de "Las arrecogías" tales bajadas me

duelen, quisiera que no estuviesen allí, desearía seguir siempre ascendiendo, como en las grandes

tragedias, como en lo que serían estas mismas "Arrecogías" despojadas de sus muchos minutos inútiles,

de sus largos tiempos muertos.

Por ejemplo: qué admirable hallazgo el empleo del cante andaluz como coro, contrapunto, inicio, freno y

acelerador del drama. Y, sin embargo, cuánta desproporción en su empleo a destajo. El exceso de la

hermosa charanga le quita fuste, por ejemplo, al instante en que la copla, el baile y el ritmo andaluz

"entran" con mayor plenitud en el sentido del drama: esa soberbia mutación en que la gitanilla de las

manos quebradas exorciza su tortura con su taconeo y las palmas de sus compañeras de cautiverio. La

extraordinaria altura de esta transición pierde distinción y energía a causa de la reiteración en el empleo

del mismo recurso en otros momentos de menor capacidad conmocionadora.

Otro caso. Estamos, obviamente, ante un espectáculo político adulto, no amordazado, consciente y para

espectadores conscientes. No hay ningún didactismo barato en él... salvo en un cuadro en el que el

didactismo alcanza baraturas de saldo. En efecto: entramos en el gran debate entre las dos Españas. De un

lado, Pedrosa, y de otro, Mariada Pineda, proponen a gritos su visión política del mundo, o del pequeño

mundo en que viven. Exceso de palabras, porque lo que dicen está ya perfectamente claro, salvo para

idiotas, antes de que lo digan. Y peor aún: llega el subrayado escénico para que nos enteremos mejor de lo

que ya sabíamos por doble lado.

Y, en medio, lo grande: el desbordado talento del autor, dé las actrices y del director de escena, que se

merecía ese punto de absoluta redondez que el espectáculo no tiene. Martín Recuerda toma, tras esta

representación, el lugar que le corresponde aquí. Las actrices y actores —Concha Velasco, María Luisa

Ponte, Margarita García Ortega, Antonio Tranzo, Carmen. Lozano, María Paz Ballesteros, todos—

reafirman el suyo. Y Adolfo Marsillach alcanza, en un montaje sobre el que ha trabajado con pasión y

sabiduría, verdaderos rizos de virtuoso, como ese de la escena de "Mariana, no", el citado exorcismo de la

gitanilla, el empleo del dispositivo escénico, la totalización de la sala como escenario, etc., etc.

 

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