Autor: Yndurain, F.. 
 Durante el homenaje de la ciudad. 
 Miguel Labordeta y la poesía en Zaragoza     
 
 Pueblo.    30/03/1977.  Página: 31. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Por F. YNDOURAIN

DAMASO Santos me ha comprometido, y se lo agradezco, a enviarte unas palabras en recuerdo de

Miguel Labordeta, con ocasión de un homenaje que le están dedicando en su ciudad, Zaragoza, homenaje

en el que por un malentendido no he podido estar con mi presencia. No acudo ai subterfugio de

excusarme con estas líneas, pues con Labordeta, digo con Miguel, porque hay un José Antonio que

también requiere atención en el mundo de las letras y en el de la poesía cantada. El caso es que Miguel,

alumno ocasional, en cuya prueba de licenciatura y premio extraordinario intervine como secretario del

tribunal, me sorprendía poco después con un libro de versos, iné, dito, en espera de consejo para su

publicación o no. Había perdido de vista al joven lincenciado en la Facultad de Historia cesar-augustana,

y nunca pude presumir que tuviera incli-naciones a la poesía y, vistos los poemas, se me acre-centó la

sorpresa la encontrarme con una voz no ya distinta y diferente de las usuales, sino radicalmente nueva

para su momento y ambiente. Estaba, mos en 1948, apenas sali-dos del neogarcilasismo y todavía

inmersos en una arica dioseadora y un si es no es imperial. (Que Hijos de la ira, de Dámaso Alonso

llevara ya unos años en circulación no había bas. tado para remover el mundillo empequeñecido de

aquellos días: ausencias, aislamiento, medidas coercitivas y miedo incluso, ha. bían estrechado, el

ambiente literario.) Él caso, es que Labordeta publicó a su costa, aquel primer libro, Sumido 25, en

Zaragoza, con una portada de Ángel Antonio Mingóte, todavía no conocido apenas fuera de Zaragoza: la

portada era una recreación confesada» del cuadro de René Magrit, El modelo rojo (de 1887), dos pies

humanos, seccionados, y tratados como dos botas con sus cordones, a punto para ser calzadas. Un suelo

pedernoso, y un fondo de tablones, como un cierre sin fisuras, podían valer por una cruel invitación a un

viaje imposible. Y lugo, abierto el libro, se encontraba uno con un exergo tomado de Juan Ramón

Jiménez; pero, cuidado, del mas exigente y bus-cador, por entonces: «No sé cómo decirlo / porque aún no

está hecha / mi callada palabra».

CON estos prolegómenos, ya los poemas no nos iban a defraudar de la expectativa creada, como, en

efecto, ocurrió. Y, todavía, qué asombro ante un lenguaje que parecía radicalmente original, de una

valentía imaginera sin filiación de escuela próxima y con el temple del dolor de ser hombre en sus

veinticinco años, sumidos, hundidos en la gran tragedia del vivir. Porque ese era su mensaje personal; tan

nuevo y tan viejo como el hombre, pero con una voz personalísima. Su verso había nacido de una

necesidad íntima, libre, libérrimo, sin ataduras de metro, rima o ritmos pre-cantados, y fluía al dictado de

su fluir iaíerior. El, libro fue. en algún modo, motivo de escándalo —escándalo literario— o de ignorancia

por los más. Labordeta´ hablaba de sí mismo y buscaba ecos en todos, pero lo singular de su acento le

privaba de audiencia amplia. Sin embargo, los jóvenes, sobre todo los jóvenes, sintieron de inmediato

como «na sacudida, una revelación, y recuerdo cómo una alumna, entre oíros, Carmen Sender, la hermana

del novelista aragonés, excelente poetisa ya, me decía muy convencida que no veía otro modo de hacer

poesia que el de Miguel.

ESTA por hacer, y ya es tiempo, la historia de la poesía en Zaragoza, en los años de posguerra, y valdría

la pena que alguien llevara al término ese estudio, hace años iniciado en mi Facultad y por uno de los

poetas que surgieron allí, en parte discípulos de Labordeta. Porque Miguel actuó de catalizador,

reencauzando a no pocos sus facultades poéticas latentes, reencausan-do las de otros, y promoviendo una

secuela no dirá de imitadores, pero sí de seguidores, incluso mas allá del ámbito urbano y aun fuera de

España, en algún caso. Sí, ,claro, había poetas en Zaragoza ,y algunos ya con obra de mucha cuenta, José

Camón El hombre en la tierra», de 1940, sólo apareció en 1951 (Epesa., Madrid); Ildefonso Manuel Gil,

Gil Comín. Gargallo, Manuel Pinillos, por no citar sino los mayores. Lo cierto fue que si se sigue la vida

li-teraria zaragozana y aun de la región en los años siguientes, Miguel Labordeta fue centro de atracción y

propulsor de publicaciones, polarizando en torno a sí, y por muchos años, la atención de las nuevas

promociones. Bastaría, con seguir en las revistas más o menos efímeras de poesía o en las colecciones

editadas en Zaragoza o fuera de alií, pero por personas relacionadas con la ciudad, para corroborar mi

aserto.

EL caso Labordeta, con su aparición, explosiva, no me parece ajeno al modo aragonés más genial y a.su

irrupción, sin antecedentes, en la arena pública. En esos años y en Zaragoza hubo otros escritores,

prácticamente desconocidos fuera de un círculo muy reducido; años antes, el malogrado poeta Carlos

Baylin Solanas; un finísimo poeta, E.Lalinde, también muerto en plena juventud; un narrador

excepcional, Derqui, que no lle-gó a ver publicados :sino algunos, muy pocos, cuen-tos, y cuya única

novela aparecida lo fue unos días después de su muerte. Pero no creo que este repaso necrológico me

haya llevado,a la hora de las alabanzas, ni a rememoraciones sentimentales. Lo que sí veo claro es que en

las tres sucesivas décadas, la vida literaria de Zaragoza, la poética en particular, cobró muy lucido brillo y

usa reciente colección de poesía como la de Fuendetodos, puede ponerse como culminación de algo que

empezó con Labordeta.De él es la introducción que presentaba la antología de «Generación del 65»

(1967), con poemas de poetas de la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, (Supongo que el libro,

prohibido en su día, estará ya en la calle): «Me miro en vuestros versos y una vieja evocación se ciñe a

mis latidos» y proclama su esperanza «en las suelas rotas de los vagabundos soñadores».

COINCIDENTE en el tiempo y en la voluntad y fantasía renovadora de Miguel Labordeta, el grupo de

pintores no figurativos, Lagunas, Aguayo, entre otros, imprimieron a líneas y colores un giro de ciento

ochenta grados. Se entiende muy bien que el arquitecto y pintor Santiago Lagunas haya sido vino de los

promotores de la evocación y homenaje a Miguel, en testimonio de afinidades si no electivas, creadoras.

HE aquí unos deshilvana-dos recuerdos de aque-llos años zaragozanos, amigo Dámaso Santos, en los que

tuviste arte y par-te.

Y gracias por la hospitalidad.

 

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