Autor: Hernández Domínguez, Abel. 
   La trampa de la provocación     
 
 Informaciones.    24/01/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

LA TRAMPA DE LA PROVOCACIÓN

Por Abel HERNÁNDEZ

LOS provocadores de la violencia —extremistas de uno y otro signo— han tendido su trampa a la

democracia. Pretenden abiertamente, ron pretextos conocidos, desestabilizar el proceso politico que se

encamina a unas elecciones generales libres y causar el colapso en el aún maltrecho corazón de España,

los de la extrema izquierda buscan el caos y los de la extrema derecha, la involución. Unos y otros se

oponen a la marcha pacifica hacia la democracia. Detrás de estas «operaciones», quizá encadenadas, hay

probablemente mucho dinero de dentro y de fuera,

La mejor forma de no caer en la trampa de los provocadores es huir, con serenidad y orden, hacia adelan-

te. Y esto es lo que, según nuestras noticias, se piensa hacer. Ni permitir el caos, ni sacar al Ejército a la

calle, ni frenar el proceso democrático, ni coartar excepcionalmente las libertades ciudadanas. Devolver

cuanto antes la soberanía al pueble, que, en su inmensa mayoría, rechaza toda violencia, todo desorden y

toda coacción. Mientras tanto, toda la sociedad y muy especialmente la élite política, agrupada en

partidos, debe colaborar con la Justicia y ayudar al Gobierno a implantar la plena democracia sin pérdida

de tiempo, sin la menor concesión a las algaradas en la calle, en la fábrica o en la Universidad. La paz es

en estos momentos frágil y cualquier imprudencia puede romperla. No basta con condenar los actos de

barbarie. Hay que poner remedio, cada uno desde su personal responsabilidad, para que no se repitan.

El secuestro del teniente general Villaescusa, presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, unido al

largo cautiverio del señor Oriol, presidente del Consejo de Estado, parecen hechos encadenados. Los gra-

vísimos incidentes de ayer en Madrid, con el trágico balance de un joven asesinado, también son

significativos: manifestantes que pedían a gritos amnistía llevaban «cocteles Molotov» en la mano,

mientras hacían acto de presencia los pistoleros. Hay qué acabar con estas zahúrdas sin perder los nervios

y sin renunciar a la única esperanza: la democracia.

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