Autor: Santa Cruz, Manuel de. 
   El porvenir de los grupúsculos     
 
 El Alcázar.    24/01/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL PORVENIR DE LOS GRUPUSCULOS

Por Manuel de Santa Cruz

ALGUNOS eclesiásticos de relieve han dado orientaciones ante el pasado referéndum. Entre otras, leímos

que no era licito dispersar energías ni en grupúsculos sin porvenir, ni en peticiones de sueños

irrealizables. Estas afirmaciones están de acuerdo con la doctrina clásica y ortodoxa de la Iglesia. Nada

tendríamos, pues, que comentar, si no fuera porque se acercan peligrosamente a la frontera del

clericalismo, es decir, de la ingerencia del clero en cuestiones ajenas a su competencia y para las que no

tiene gracia de estado. Además, probablemente, se repetirán ante las próximas elecciones.

Entra en las obligaciones de la Jerarquía dar criterios, y aún órdenes, a sus fieles, respecto de puntos

doctrínales, incluso concretos y nominales, Pero en la valoración de la eficacia de la parte práctica y

ejecutiva, de tácticas, planes y acciones moralmente lícitas, no puede entrar sin grave riesgo y error y en

todo caso, sin abuso de autoridad.

A principio de este siglo, don Ramón Nocedal se enfrentó con un peligro análogo que conjuró con el

siguiente triple ejemplo:

Si una iglesia se incendia, al párroco corresponde autorizar a los bomberos a saltar por los altares echando

chorros de agua; pero la determinación de por dónde hay que empezar, cuántas mangueras hay que usar, y

en qué dirección, eso es de la competencia de los bomberos, y no del párroco. Si un enfermo padece

gangrena en un pierna, su confesor le puede autorizar a amputársela para salvar la vida; _ pero la clase de

anestesia a emplear, el nivel de la amputación y su momento, deben ser fijados por el cirujano. Si un

buque peligra en una tempestad, el capellán puede decir al capitán que le es lícito moralmente arrojar la

carga al mar para salvar la nave; pero es el capitán quien debe decidir si lanzarla por babor o por estribor,

y qué clase de carga hay que sacrificar primero.

Los rojos introdujeron en el Alcázar asediado al canónigo Vázquez Camarasa que dijo a los sitiados que

no les era moralmente lícito seguir resistiendo porque su causa estaba perdida. Ciertamente, es doctrina de

la Iglesia que no es lícito resistir cuando no hay posibilidades de salvación, ni sublevarse cuando no hay

posibilidades de éxito. Pero la valoración de las posibilidades del Alcázar correspondía al jefe militar y no

al canónigo. (Sin contar con que en la guerra ciertos sacrificios de unos permiten ganar tiempo a otros con

beneficio del conjunto; tampoco era de la competencia del canónigo esta estimación).

Digo, pues, finalmente, que el consejo eclesiástico de no dispersarse en grupúsculos, es ortodoxo y bueno;

pero que puede fácilmente trocarse en desatino impertinente y hasta gravísimo nada más que con

formularse de manera o con ocasión que señalen, o que aun indirectamente den a entender, que tal o cual

asociación concreta es un grupúsculo despreciable sin porvenir ni interés. La experiencia enseña que

muchos grupúsculos han sido como el grano de mostaza que crece hasta formar un ramaje frondoso en

que anidan las aves del cielo.

 

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