Autor: Ortega, Félix. 
   Violencia y democracia     
 
 Arriba.    25/01/1977.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

DEBATE

VIOLENCIA

Y DEMOCRACIA

Por Félix ORTEGA

EN una España perfectamente en el limbo en el momento actual parece existir mucha gente, a

derechas, izquierdas, centro y sus respectivos extremos que se han olvidado del hecho de que

la democracia en ningún momento de su historia, incluido nacimiento, tiene el menor veto

mental o filosófico respecto al empleo de la fuerza defensiva gubernamental hasta sus últimas

consecuencias. Confundir la necesidad de violencia con la necesidad de dictadura es sólo un

error. Para ser exacto, y, por supuesto, citando a fuentes tan impecablemente democráticos

como el informe sobre el desarrollo democrático, preparado por William Douglas bajo los aus-

picios de un centro tan poco fascista como el Centro para Estudios Internacionales de la Uni-

versidad de Nueva York, «los problemas de la democracia para establecer reformas sociales

radicales reposan, fundamentalmente, en la dificultad que la misma estructura democrática

coloca en la ruta de los gobiernos que lo Intentan, en primer lugar... El punto es que la

necesidad de violencia no da a la dictadura la exclusividad de efectividad como un sistema de

reforma radical». Sin comentarios.

Es absurdo suponer, y, al parecer, hay quien lo supone, que el tránsito hacia una democracia

puede ser logrado sólo a través de leche y miel. Siguiendo con la tesis de Douglas, los cambios

drásticos que precisa un país en ruta hacia la democracia no pueden ser logrados

pacíficamente «y sólo un gran poder concentrado en un solo sitio y aplicado rápida e

implacablemente» puede lograr romper la oposición a las reformas.

Pero no sólo Douglas. Albert Hirschaman insiste en que «en ninguna manera la democracia

está impedida de emplear la fuerza». Samuel Hungtington, de la Universidad de Harvard,

advierte que la falta de utilización de autoridad se alimenta de sí misma y se come, para

empezar, las instituciones, el liderazgo político y hasta los individuos de la nació 1.

Por otra parte, en este país hemos empezado justo al revés. Al revés de las demás

democracias que están ya revisando sus programas originales. Da gusto oír hablar de la

descentralización en España mientras los expertos en ciencia política del mundo, Hungtington

entre ellos, advierten que no ven cómo lo descentralización puede operar en sociedades cada

vez más complejas, que precisan una mayor necesidad funcional, más tamaño, más

especialización y más complejidad, pero que van a unidades menores, absurdas,

antiproductivas, antieconómicas y anticompetitivas. Pero, eso sí, con bandera propia.

Sobre los partidos lo mismo. Es ridículo suponer que cuando todo país democrático occidental

se debate en el problema de cómo definir a los partidos como enlace entre la sociedad y el

Gobierno, aquí surge el champiñón político sin tener en cuenta que intereses privados,

burocracia, grupos de intereses y expertos dominan el medio político, empezando por el de los

mismos partidos cuya administración, gerencia o finanzas, pasando por relaciones públicas,

Prensa o publicidad están en manos de gentés ajenas a las ideologías representadas.

Nuevamente, un grupo con algo tan simple como una pistola de cien duros puede tener control

de situación. Le dejan hacerlo todos los miembros del cuerpo político.

Nuestros objetivos hacia el futuro no son defensivos contra esas gentes. Max Bellof, dé la

Universidad de Buckingham, advierte, y es un buen demócrata, que los Parlamentos están

llenos de «gentes que o tienen un cargo o aspiran a tenerlo» y que no van a reducir un poder

estatal que esperan detentar algún día. Tampoco ayuda la sociedad, cuyas aspiraciones, según

otro demócrata intachable, Robert Heilbroner, economista de la Nueva Escuela deInvestigación

Social d.e Nueva York, reflejan una sociedad llena de «autolndulgencia, hedonismo de pasarlo

bien, de unas creencias que no trencon ellas la cohesión pohtíco-socíal de una cultura

destructora...»

Siempre hay un Gobierno. Pero un Gobierno en evolución democrática, dice otro ´hombre poco

sospechoso de fascismo, Charles Frankel, de la Universidad de Columbia, «sólo puede

resolver sus problemas despacio». Operan sobre países para los cuales el ser democráticos

antes era sólo cuestión de ser potencias comerciales o sociedades navales y hoy son núcleos

sociales de nuevas clases y nuevos hombres que llegan al poder en una tremenda movilización

social.

La democracia, y seguimos con gente poco sospechosa, como William Moneill, de la

Universidad de Chicago, es un sistema que se sabe errado, pero que está siempre abierto a la

«autocorrección y ajuste» ante nuevas circunstancias. Ahora bien, cuando grupos armados o

incontrolados o perdidos deciden que van a hacer difícil la vida de una naciente democracia,

pueden hacer mucho daño. El pacto ciudadano es entonces fundamental. Pero la nación, como

entidad viva, puede exigir, para la supervivencia misma de la democracia, que el Estado, que

es la nación, use su poder sin dudarlo un momento. Nunca mejor utilizado que para la libertad.

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