Autor: Páez, Cristóbal. 
   El verbo prohibir     
 
 Arriba.    25/01/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

EL VERBO PROHIBIR

-La huelga conlleva una larga nómina de damnificados, comenzando por los propios trabaja-

dores. La del transporte privado ha afectado al grupo de los ciudadanos que de iure y de facto

disfrutan de una incontrovertible declaración de inocencia: los niños en edad escolar. Después

del artículo de Víctor de la Serna, aparecido el otro día en "Informaciones", sobran casi todas

las palabras. Los críos se encontraron entre la espada de unos, los "piquetes" de la violencia, y

la pared de otros, los trabajadores que habían decidido libre y voluntariamente no secundar el

paro. Está, pues, meridianamente claro que todo movimiento huelguístico adolece de la nece-

saria unanimidad y, en muchas ocasiones, del obligado respaldo de la mayoría. Ello nos lleva

de inmediato a considerar que existen dos clases de huelga: la democrática y la totalitaria, en

función de que se haya respetado o, por el contrario, se haya despreciado el consenso

mayoritario de los trabajadores.

El tema de los "piquetes* es cada vez más inquietante y su ilegal actuación está tipificada en la

ley Penal. Su represión judicial, empero, salta a la vista que está erizada de dificultades. Los

«piquetes» están dando mucha guerra y continuarán dándola en el futuro inmediato, porque

sus fórmulas de disuasión pertenecen a la mecánica del terrorismo.

Algo ha cambiado, y muy espectacularmente, en este país. Sí antes era obligatorio no ir a la

huelga, ahora es obligatorio ir a ella. Es decir, la decisión de no prohibirla, como antaño, desde

e¡ Poder, ha trasladado el centro de gravedad de la prohibición a la esfera sindical concreta

que sin escrúpulo democrático alguno utiliza el arma de la piquetería. Una prohibición pública

se ha convertido en una prohibición privada, con lo cual, si antes se herían los derechos

humanos desde un sitio, ahora se hieren desde otro. Lo que ha dejado de estar prohibido por el

Gobierno lo prohibe después la «oposición democrática». Está cerca, muy cerca, cerquísima de

todos nosotros, la funesta manía de prohibir.

La espiral de la violencia es el cuento de nunca acabar, ya que, a lo que se ve, se contrae a un

juego de transferencias. Pero ello no rebaja en absoluto sus altos costes sociales. Sufre la

sociedad y padecemos todos. Es un pésimo negocio.

ANTE la aprobación por la Cá-mara de Diputado italiana del proyecto de ley sobre el aborto, la

Conferencia Episcopal italiana ha hecho público un comunicado oficial, expresivo de su

profundo pesar por un acontecimiento tan "doloroso en la historia y en la vida nacional".

«Los obispos —dice el comunicado— sienten el deber de recordar a todos los creyentes (el

subrayado es mío) que ninguna ley positiva puede cancelar el valor moral de las acciones

humanas y que, por tanto, ante Dios y la conciencia, el aborto provocado no pierde su carácter

de gravísima culpa, porque rompe una ley escrita en el corazón del hom-bre y confirmada por

el Evangelio.»

Queda claro que los creyentes han de sentirse vinculados a la terminante declaración de sus

pastores. Más ¿y los no creyentes que por desgracia, no son pocos?

Si el aborto constituye un infame desacato a la ley natural, ningún poder humano está

legitimado para legalizarlo. Esta es la cuestión. Cuestión que, ante los tiempos que se

avecinan, nos va a dar a los españoles en el mismísimo centro de la diana.

DICE en su magnífica «cucaña» de todos los días, o "boletín de urgencias", mi querido com-

pañero Luis Blanco Vila, que hoy *se empieza a llevar de nuevo la comunicación directa, de

viva voz. Repase el paciente y curioso lector —añade— la lista de los llamados "actos para

hoy", y verá cómo se prodiga la expresión oral», cuya incidencia máxima se dará en la

comunicación por vía de propaganda política».

Ante tamaño panorama, Blanco Vila, apoyado en el testimonio de autoridad de Manuel Blanco

Tobio, habla de la "futilidad de escribir", por donde vamos a despeñarnos quienes firmamos

asiduamente en los periódicos diarios.

Lo afirmado por Blanco Vila me recuerda algo que escribió don Manuel Azaña en el prólogo a

su libro de discursos políticos ("En el Poder y en la oposición"), editado por Espasa Calpe en

1934. Decía Azaña: "Nuestro público, afirma quien se precia de conocerlo, prefiere la audición

a la lectura, y de hecho un discurso vale más a la reputación de un hombre que una docena de

libros. Es, además, forzoso, dentro de las condiciones generales de la política, que la

muchedumbre, sean cualesquiera sus últimos motivos determinantes, forme de oídas su

parecer cotidiano, un "estado de opinión" se alimenta, sin duda, de la experiencia personal de

cada opinante, pero es parte no tasada hasta hoy de esa experiencia, el acarreo de innumera-

bles decires.»

Considerando ambos pareceres —Blanco y Azaña—, mucho me temo que estemos en

vísperas de «descolumnizar la Prensa española o «Parlamento de papel». Paro técnico a la

vista...

Cristóbal PAEZ

Martes 25 enero 1977

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