El Rey de todos los españoles     
 
 ABC.    25/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL REY DE TODOS LOS ESPAROLES

Los resultados electorales de esta consulta popular, largamente esperada, han puesto en evidencia algo que todos percibíamos claramente desde hace tiempo, algo que podíamos casi palpar, físicamente, cada minuto en nuestro alrededor: la innegable y profunda transformación de la sociedad española. Fruto, en gran parte, de un dilatado período de paz y de trabajo, producto también de una cada vez mayor permeabilidad de nuestras barreras ideológicas, la evolución material y mental de anchas zonas nacionales hacia metas de moderación y de equilibrio no es afirmación partidista de este o aquel grupo, sino una realidad indiscutible, venturosamente establecida.

Parece lógico, por lo tanto, que las bases del futuro político de la nación han de establecerse sobre fórmulas distintas, fórmulas viables y duraderas que aseguren esos mínimos honorables de convivencia a que todos tenemos derecho. Y hay que celebrar en voz muy alta que la primera preocupación de la Corona, en este momento decisivo de la Historia de España, sea precisamente esta de convertirse en cause desapasionado de muchas voces que guardaron silencio, en arbitraje imparcial de diferentes y legítimas tendencias, en notaría mayor que da fe de una realidad histórica evidente.

Para quien preside desde el más alto sitial de la nación el juego de los afanes políticos es mucho más fácil practicar la moderación que el absolutismo, porque siempre es mucho más difícil concertar que imponer, aunar que dividir. Sobreponiéndose a la inevitable decepción de ciertas explicables nostalgias, suavizando la comprensible acritud de ciertos rencores, moviéndose con dignidad y delicadeza por un terreno aún resbaladizo, erizado de peligros antiguos y recientes, el Rey Don Juan Carlos no se ha contentado con jugar con las palabras y las promesas Arribando, aventurando apostando fuerte sobre la baza de su pueblo

un pueblo en el que cree y al que ama el Monarca ha iniciado valientemente la exploración profunda de los deseos e inquietudes de los españoles, dando ocasión a que la verdadera imagen del país, por tanto tiempo soterrada, nos revele a nosotros mismos lo que somas como comunidad, lo que queremos y esperamos ser.

Es posible Que algunos, con los ojos aún turbados por un casi crónico desenfoque, no aprecien en su justa medida el alcance de esta actitud de admirable patriotismo, de riesgo, gallarda y voluntariamente asumido.

Es posible que otros, aguijoneados por la prisa o por la revancha, no estimen suficiente tan liberal disposición. Pero, por encima de esas nostalgias o esos rencores a que aludíamos, es necesario, es obligatorio que la Monarquía desempeñe hasta el final el difícil papel que le ha correspondido en esta hora: el de adelantada de la comprensión, el de iniciadora del entendimiento, el de serena guía del futuro.

¿No merece el gesto noble y cordial de esa mano tendida del Monarca una respuesta igualmente noble y generosa? ¿No vamos a aceptar, de una vez, que España necesita angustiosamente ya un esfuerzo común, una tarea común, un olvido común? La Corona ha jugado limpiamente en este juego grave y decisivo. Su breve historia es larga ya en diálogos abiertos, en gestos de amistad, en actitudes de fe y confianza. ¿Vamos a defraudar la esperanza de esa mano del Rey que se adelanta para estrechar la de todos los españoles?

 

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