Autor: Tusell, Javier. 
   ¡Viva el Rey!     
 
 ABC.    27/05/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ABC. VIERNES. 27 DE MAYO DE 1

¡VIVA EL REY!

Por Javier TUSELL

El 3 de diciembre de 1933 José Ortega, y Gasset publicó en un conocido diario madrileño de la época republicana un artículo que se titulaba «¡Viva la República!». Estaba por entonces España en una situación crítica: habían triunfado en las elecciones unas derechas que manifestaban una notoria ambigüedad respecto de las formas de gobierno.

Y Ortega temía que, habiendo vencido las derechas en las elecciones sólo por un repudio de la gestión de las izquierdas, se planteara innecesariamente la posibilidad de un cambio de régimen que entonces no era deseado por la mayoría de los españoles. Pero lo importante no era en realidad tanto el contenido del artículo como las palabras con que se encabezaba. Yo, venía a decir Ortega, «no he gritado jamás ni antes de triunfar ésta (la República) ni mucho menos después, entre otras cosas porque yo grito muy pocas veces». Pero, ahora, «yo lo lanzo (el grito) hoy contra todas las galerías, contra todas las masas, contra todas las demagogias».

¿Por qué encabezar un artículo como éste de título tan radicalmente diferente al de Ortega con la cita de sus palabras? Por una razón muy sencilla. Ahora la situación es muy distinta en todos los aspectos, pero todavía tiene sentido citarlas porque, en efecto, sigue vigente el que un intelectual tan modesto como el que escribe estas líneas) también debe gritar en ocasiones. La actitud crítica del intelectual no sólo radica en mostrar su discrepancia ante hechos, personas y situaciones, sino también en decir que las cosas se hacen bien cuando así sucede. Y si llega el caso, que ciertamente en esta España es excepcional, conviene incluso gritar.

Las palabras con que se abre este artículo no son ciertamente infrecuentes en este país y meses aún desde esta tribuna, pero creo que deben ser pronunciadas estentóreamente en este momento por quienes no lo han hecho nunca. No es, por supuesto, tan sólo mi caso.

Yo creo que en este país ha habido una generación que ha pasado por la Universidad en los años sesenta y que no ha conocido lo que significaba o podía significar la Monarquía. Eran los años en que estaba ya lejana la época en que la opción de Don Juan de Borbón se presentó durante la década de los cuarenta como un procedimiento para solucionar el gravísimo trauma de la guerra civil y homologar las instituciones españolas con las imperantes en Europa a resultas de la segunda guerra mundial. Cuando pasó el tiempo y Don Juan no pudo lograr sus propósitos, no le quedó otro remedio, vista la resistencia del general Franco, a abandonar el Poder y la incapacidad de la sociedad española para sustituirle, que optar por tratar con él sobre la educación de su primogénito y retirarse a un segundo plano. Era, en estas condiciones, muy difícil que quienes estudiábamos en la Universidad y mostrábamos nuestra discrepancia respecto del régimen pudiéramos ser monárquicos. La causa es clara: no se podía tomar en serio una Monarquía que estaba demasiado vinculada al franquismo y que, además, precisamente por ello, o no se definía de ninguna manera o, de hacerlo, todavía resultaba peor. Por otra parte, lo que eran los monárquicos (mejor dicho, una parte de los monárquicos) tampoco resultaban atractivos para nosotros.

Sólo con el Paso del tiempo descubriríamos que la Monarquía es mucho más que aquella inútil cursilería.

Hay dos formas de ser monárquico. Se puede serlo de sentimiento, lo que es perfectamente noble, lógico y natural en un país con una institución monárquica que haya vivido sin censuras ni problemas graves durante décadas. Se puede, también, ser monárquico de razón, como lo fue, por ejemplo, Cambó, sin sentir un especial apego al colorido y las formas que habitualmente rodean a la institución, pero con la conciencia de que para un país determinado, en un momento determinado, es la mejor forma de gobierno que le corresponde.

Yo creo que quienes pertenecemos a aquella generación a la que he hecho alusión líneas atrás y, al mismo tiempo, nos sentíamos identificados con lo que se ha dado en denominar oposición moderada (denominación errónea, que al general Franco nos opusimos todo lo inmoderadamente que pudimos), hemos evolucionado desde un escepticismo o incluso una hostilidad hacia la Monarquía hasta la aceptación cordial de la misma. Si hoy podemos empezar a denominarnos monárquicos es por una experiencia de la Monarquía que entonces no pudimos tener.

Razones tenemos. En teoría, la transición de una dictadura a una democracia se puede hacer por muchos procedimientos, pero históricamente siempre han sido convulsivos y problemáticos. El caso español, pese a todos los acontecimientos penosos de los que ha estado esmaltada la historia de estos últimos meses, parece notablemente positivo en términos comparativos. Pues bien, nadie podrá dudar de que ha sido el Rey el motor del cambio, e Incluso más importante aún que eso lo ha sido de una manera digna de encomio, que es la de no identificarse con una fórmula partidista concreta. A mi modo de ver nada más significativo, en este sentido, que cuando se produjo la legalización del P. C. E., elementos de extrema derecha trataran de acudir a la Zarzuela, así como que el primero, con su habitual desfachatez en lo que a táctica se refiere, aceptara la bandera que en otro tiempo él mismo había vinculado con la reacción. En el momento actual, ningún sector significativo de la política española tira, siquiera por elevación, contra la institución monárquica.

La Monarquía es, pues, en el momento actual garantía de libertad, de imparcialidad y de homologación con los países europeos. Es cierto que el proceso debe completarse hasta que llegue a autolimitarse en un marco constitucional en el .que el Rey reine, pero no gobierne. Sin embargo, el camino hasta ese final parece ya lo suficientemente claro como para que, en un momento en que las elecciones legislativas son inmediatas, sea posible y preciso decir que desde la más alta magistratura de la nación se han hecho las cosas bien.

Por todo lo que antecede, el que esto suscribe grita: ¡Viva el Rey! Como democratacristiano integrado en el Centro Democrático soy, en teoría, accidentalista en lo que respecta a formas de gobierno; en la práctica, aquí y ahora, esa postura me parece poco defendible. Para quien pueda interesarle, me declaro monárquico.—J. T.

 

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