Autor: García Abad, José. 
 La patata provocó el alud. 
 Se rompió el mito del campo tranquilo     
 
 Diario 16.    02/03/1977.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 20. 

Miércoles 2-marzo 77 / DIARIO16

OPINION / 5

La patata provocó el alud

Se rompió el mito del campo tranquilo

José García Abad

Los agricultores europeos, cuando quieren protestar, se las arreglan para meter las vacas en una sesión del

Consejo de Ministros del Mercado Común. Con ese gesto quieren indicar a los tecnócratas europeos que

éstos desconocen lo que es una vaca. Que sabrán mucho de folios mecanografiados, de informes y

memorándum, pero muy poco de la realidad agraria de cada día.

Es significativo que la primera vez que en España surge una protesta bastante generalizada del sector

agrario los "agricultores en ira" se hayan decidido por el tractor. Quizá porque en este país, muy agrario

hasta hace poco más de una década, todo el mundo sabe lo que es una vaca, pero sólo los que permanecen

en el campo dominan un tractor.

España aún no ha logrado el nivel de desarrollo necesario para meter una vaca en el despacho del ministro

de Agricultura, Fernando Abril. Pero el campo español ha empezado a adquirir el talante europeo.

Es como si nuestro agro hubiera traspasado atrevidamente la raya que pesó como un sino durante la larga

noche del franquismo. El campo ya no es la tranquila reserva de los valores, eternos en la que se había

empeñado en colocarle la dictadura. Se ha acabado una larga era durante la cual "se podía contar con el

campo", lugar idílico incapaz de originar problema alguno de orden público.

Patata con mecha

¿Por el solo impacto de la vulgar patata se ha roto el encanto de cuarenta años de verde paraíso agrícola

pastoril?

Los propios agricultores airados han dejado muy claro que la patata sólo ha servido de mecha para el

conflicto. Les empujó la patata. Pero con la patata rodaron los problemas acumulados durante decenios.

Aprovechando que la patata pasaba por Valladolid como el Pisuerga. la Cruzada Verde prédica hoy a sus

compatriotas que su renta no es de este mundo; que su Seguridad Social es de segunda categoría: que sus

condiciones de vida - equipamiento familiar, educación, recreo - son de tercera.

Y cuando un sector tiene tantos agravios pendientes, una pequeña, redonda, sucia y simple patata puede

desencadenar un terrible alud.

La protesta no se ha producido, por tanto, porque con la muerte del dictador se haya roto la armónica

situación del campesinado hispano. El campo ha explotado por las mismas razones por las que

desaparecida la losa, todos los sectores deprimidos, vejadas y explotados entrevén por primera vez la

posibilidad de recuperarse del tiempo y la esperanza perdidos.

El campo, y más ampliamente el medio rural, como las zonas deprimidas, como los sectores explotados,

como los grupos marginados, no están ya dispuestos a seguir pagando la factura de un modelo de

desarrollo tecnocrático y autoritario.

¡Ricos, enriqueceos!

Han sido víctimas de un esquema brutalmente simplista. Durante la última década - de las anteriores más

vale ni hablar — los tecnócratas, siguiendo al pie de la letra la inspiración darwinista, se esforzaron en

fortalecer a los naturalmente más fuertes. A la España del desarrollo a costa de la subdesarrollada; a la

ciudad, en contra del campo: a los industriales sobre los agrícolas; a los agricultores e industriales ricos

con desprecio de los agricultores e industriales pobres: al empresario respecto al obrero.

El esquema de estos hombres - López Rodó simboliza bien esta política - no podía ser más sencillo ni

menos original. López Rodó dijo a los sectores ricos, a las empresas ricas, a las regiones ricas:

¡Enriqueceos! El mismo lema que dedicará Guizot a los grandes burgueses y burócratas

de la monarquía burguesa de Luis Felipe de Francia.

Acto seguido entregó una Biblia a los pobres y les animó a que atravesaran su Patria desertizada hasta la

prometida tierra del desarrollo (Barcelona, Bilbao, Madrid), y si no quedaba sitio que siguieran más allá,

hasta Alemania.

El desarrollo - explicarán los tecnócratas - se extenderá como una mancha de aceite, y, por añadidura,

como consecuencia del gran éxodo, automáticamente aumentará la renta por cápita del desierto.

Nunca ocultaron los tecnócratas que lo importante para ellos eran las estadísticas. Y éstas se median por

cápitas. La irregularidad en el grosor de cada cabeza resultaba irrelevante.

Los ordenadores electrónicos de los tecnócratas no estaban preparados para medir la desertización de las

regiones, el envejecimiento campesino, la tragedia familiar de la emigración forzosa, la miseria de los

núcleos de aluvión de las grandes ciudades... En el ordenador no había ninguna partida que respondiera al

grado de satisfacción del pueblo.

Reforma agraria

Sin embargo, ni la guerra de la patata ni los agravios sufridos autorizan a recomendar una política

cerradamente proteccionista. Toda ayuda generalizada a un sector incrementa las rentas de los más

poderosos del mismo ya suficientemente beneficiados del vigente sistema de apoyo a la agricultura. La

largueza en la política de precios puede perpetuar las empresas que realizan menos esfuerzos por

modernizarse, o las explotaciones marginales que la sociedad no puede permitirse el lujo de mantener.

Todos los países industrializados hacen una excepción con el campo en cuanto a las exigencias de una

economía de mercado, que, por otra parte, habría que preguntarse dónde está. Pero estos países y el

Mercado Común pueden ser un ejemplo, exigen cambios de estructura a cambio de la protección.

En la Europa Verde pueden ser proteccionistas sin rubor porque ya hace tiempo que hicieron su reforma

agraria.

Una subida de precios sin reforma agraria o al menos fiscal supone incrementar la injusticia, hacer más

ricos a los ricos y más pobres a los pobres. La cuestión no es, por tanto, de enfrentamiento entre

agricultores e industriales. El problema es simple y eterno y enfrenta simplemente a ricos y a pobres.

Aunque entre ellos existan fuertes diferencias.

 

< Volver