La provocación     
 
 Diario 16.    05/01/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

La provocación

En la tarde de ayer, a la salida del Cuartel General, cuando unos oficiales sacaron a hombros el féretro

con el cuerpo del gobernador militar asesinado, un grupo de militares cayó en la trampa y de forma

inconsciente les hizo un buen servicio a los terroristas. Varios centenares de manifestantes

ultraderechistas gritaban expresiones soeces contra el teniente general Gutiérrez Mellado, pedían a coro

un «golpe militar» y reclamaban «el Ejército al Poder».

El cuerpo del general asesinado fue materialmente secuestrado por una turba que rompió la barrera

policial y se paseó por las calles de Madrid en una siniestra tergiversación de lo que debería haber sido un

acto de expresión del dolor del Ejército y de la ciudadanía por el general muerto.

La paz civil acaba de ser golpeada con el asesinato del general Constantino Ortín Gil. Es ahora cuando las

primeras valoraciones racionales del hecho comienzan a desplazar las emociones y el silencio inicial de

quienes sienten preocupación por el riesgo de involución, al que el terrorismo y los residuos fascistas

quieren-lanzar a los militares.

«El Ejército al Poder» es la invocación con que saludan en estas ocasiones los enemigos de la democracia

y compañeros de viaje de ETA. Es la mayor irracionalidad condensada en forma de halago.

Los terroristas saben a quien provocan. En un país como el nuestro, donde la sombra de la dictadura

continúa planeando, macabra, sobre un pueblo que no acaba de creerse poseedor de la soberanía, las

Fuerzas Armadas conservan, para la generalidad de los ciudadanos, la imagen de grupo aparte, no

integrado socialmente.

Uno de los factores de la anormal situación, por lo que a los ejércitos se refiere, reside en unos pocos

militares, nada profesionales, que no quieren entender la milicia como instrumento al servicio de la

soberanía y obediente a las autoridades legítimas. Son militares de interior, reconocibles por sus

persistentes murmuraciones contra las más altas magistraturas, siempre que la impunidad les ampara.

Los terroristas saben a quien provocan.

En el panorama político español asistimos a una descabellada dialéctica. En un extremo el catastrofismo

bunkeriano y en el otro el terrorismo separatista. Ambos buscando, en primera instancia, la

desestabilización, tratando simultáneamente de soliviantar a la institución armada, lo que las convierte en

aliados circunstanciales. Después, sus fines se apartan, quieren dar a entender, sin que los hechos a la

vista indiquen tal diferenciación. Sólo se ve y es evidente, la actual coincidencia de propósitos. Entre

estos dos extremos está el pueblo pacífico, la mayoría pluralista, con el potencial detonante militar en su

seno, conducido por sus representantes legítimos sobresalto tras sobresalto, hacia la paz social, el trabajo,

el bienestar y la libertad.

En la situación tan suscintamente descrita, el papel de los ejércitos está en la Constitución. Para los

militares, individualmente, no hay más función que su comportamiento como ciudadanos que son. Su

deber es confiar en la voluntad de justo gobierno de las autoridades, porque el pueblo soberano lo quiere

así. No deben atender ni a los empujones salvajes de unos ni a las incitaciones inciviles de otros. A los

que así actúan, los terroristas no les provocan.

Convicciones democráticas como las que aquí se exponen no son infrecuentes entre los profesionales de

la milicia Son mayoría los que ofrecen a sus conciudadanos la confortable apariencia de servidores leales,

y actúan como depositarios de su seguridad, merecedores de su confianza., Y frente a la indisciplina

minoritaria el mando tiene un inexcusable deber de reducirla y sancionarla.

 

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