Autor: Ros Hombravella, Jacint. 
 Los empresarios ante el pacto. 
 El lastre del pasado     
 
 Diario 16.    28/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Los empresarios ante él pacto

El lastre del pasado

J. Ros Hombravella

Sobre las negociaciones técnico-políticas, cuyo forcejeo se ha iniciado después del "primer acto" de la

Moncloa, ha caido una pesada losa. Una de las representaciones más completas del empresariado —la

CEOE, pilotada por Ferrer Salat— ha manifestado ya que, más o menos, no es partidaria de este pacto.

Aparte de las cuestiones de fondo, y de la posible estratagema que al final comentaré, los empresarios han

aducido la falta de consulta, la poca delicadeza gubernamental, con motivo de pleno desacuerdo sin entrar

siquiera "en materia". Cuando era el turno de los partidos, no siendo consultadas tampoco las centrales

sindicales. En síntesis, el proceso abierto con esta negociación, al no existir aún cámara socioeconómica,

consiste en que las fuerzas representantes de intereses económicos diversos tenían que conectar, en una

primera fase, con sus correspondientes partidos. CC 00 con PCE, UGT con PSOE, etcétera.

Patronal sin partido

Y ahí llegamos a uno de los meollos de la situación problemática que nos ocupa: la patronal en conjunto

"no tiene un partido claro". Quiero decir, un grupo político potente que tenga su confianza, al menos en

principio. Es verdad que UCD incorpora una parte, para mí la más progresiva, del capitalismo financiero

—Banco de Bilbao, Hispana, Urquijo—. Pero también le es que sus pasos en política económica desde el

12 de julio, han despertado grandes recelos empresariales, paradójica y gravemente tantos como obreros.

Uno no quisiera, en modo alguno, invadir el terreno de los politólogos, pero quisiera señalar que lo más

grave es que quizá el empresariado ha estado tan verde para esta primera democracia, que no se ha

cuidado, con suficiente antelación, eficiencia y entusiasmo, de constituir sus plataformas de genuina*-

representación democrática;

QB^•••jfis: sientan, entonces, marginado^ serte de carcajada si no fuera ai mismo tiempo trágico para el

país. Qué Luis Olarra se dedique, no se sabe si por despecho de no presidir la CEOE, a pronosticar la

quiebra de varios bancos en pocas semanas pertenece a las mejores tradiciones de la desestabilización, del

agorerísmo económico ejercido desde el poder económico. Entiendo que el Consejo Superior Bancario

debiera demandar, por su fama, al señor Olarra, sobre todo si no se producen tales quiebras, que es lo más

probable. Que el amigo —así le considero yo— Carlos Ferrer 0o pueda "colaborar" en esta ocasión

resulta penoso: Ferrer Salat conoce perfectamente, al menos a través del Círculo de Economía de

Barcelona, la filosofía de Fuentes Quintana.

¿Quién es Fuentes Quintana?

Quienes eátén al tanto de las Meas sociales del país —y a los empresarios, por su aumentación y

educación, se les tendría que poder exigir tal condición— saben perfectamente que Fuentes podría ser el

Barre de Giscard, o el Burns-Heller de Cárter. Su postura en pro de una economía social de mercado —

capitalismo reformado— y en pro de la defensa de la función del empresario privado, debería ser

ampliamente conocida por quien se baya designado seguir "Información Comercial Española" 1958-65; o

"Hacienda Española" o sus conferencias y artículos, 1969-75; • "Coyuntura económica", de la

Confederación de Cajas, 1976-77. Si mi dirigente económico no ha seguido nada de esto, quizá haya que

pensar que no merece ser dirigente de nada.

¿Cada país tiene el empresariado que se merece? Pues sí, de alguna manera esto parece evidente. Tam-

bién en esta vertiente hay que contabilizar treinta y ocho años desde la consumación de la reacción. El

empresariado, en e] franquismo, fue una clase estrictamente protegida y puesta a" salvo de todo

verbalismo "sindicalista". Básicamente, la ausencia de competencia, interior y exterior, y el "control" del

trabajo le daban casi todo hecho. Ello es válido hasta la crisis de 1956-57. A partír de 1960 asistimos a un

planeamiento más dinámico, con concurrencias aumentadas,, pero con parejo predominio sobre el trabajo.

Por esto, por esta historia tan larga y formadora de inercias tan grávidas, uno se pregunta si las actitudes

actuales del empresariado están ancladas en situadoneg políticas que jamas, deseablemente, volverán.

Asumir el forcejeo social

Quede claro que se han de ponderar los múltiples problemas que se han exacerbado en los últimos tres

años —de costes, de demanda, de financiación, de relaciones laborales, etcétera. Pero cuando hablamos

de recomponer la tasa de beneficio, como requisito para el funcionamiento del sistema, tendríamos que

ponernos de acuerdo acerca de qué tipo y qué nivel de beneficios. Quizá los acostumbrados en el pasado

próximo y más remoto, con sus cotas de seguridad, son pautas a olvidar por el empresa-liado español.

En fin, que éste debiera mirarse en sos grupos homogéneos de los países europeos sometidos a un

continuo y abierto forcejeo social. No es bueno entrar en el círculo vicioso de los mutuos ataques

presentados como incompetencia o vagancia de la otra clase.

Cabe aún la posibilidad de que, como insinuaba al principio, se trate tal oposición empresarial al

"compromiso de la Moncloa" de ana estratagema en connivencia con «ígunos ministros económicos

representantes de grupos bancarios. M objetivo sería, de confirmarse tales filtraciones de reuniones

secretas, mantener una espada de Damocles sobre las cabezas de las centrales sindicales, arma que no

hubiera tenido si CEOE se hubiera adherido al "compromiso" de entrada.

En todo caso, el empresariado tiene ante sí varias vías: o cumple con su papel, incluso arrostrando

riesgos; o va a ser progresiva y necesariamente suplida por el sector público, desde la intervención basta

la empresa pública expropiadora. Este último camino es, ciertaraetatét penoso; pero no inviable, como

bien demuestran algunos antecedentes históricos.

 

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