Autor: Figuero, Javier. 
   El mejor de los mundos posibles     
 
 Arriba.    28/10/1977.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 3. 

Paseante en Cortes

EL MEJOR DE LOS MUNDOS POSIBLES

Una hora antes de comenzar la entrada de tribuna en el mercado negro se cotizaba ya una barbaridad. Con

las invitaciones y el DNI correspondientes, formados en correcta cola, los más madrugadores de los

afortunados, se tiraban el potito delante de los mirones, que bien hubieran dado parte de su sueldo en

devaluación, a cambio de visionar a sus ídolos en directo, sin que te lo tenga luego que contar Alberto

Delgado por la tele. La impresión era de presente, que, por mucho que quieran los historiadores, es de lo

que más comprométete. Por primera vez un Presidente por e! voto iba a subir al oratorio, como cuentan

los más viejos del lugar que hacían los Presidentes antes de la guerra. Por primera vez sus señorías

habrían de afrontar la cosa de las perras con planteamientos inmediatos. Se debían haber, enterado los

parados del distrito de que sus representantes habían firmado el pacto ese de la Moncloa, y el presente se

vivía más Intensamente que de costumbre. El día que se le pierda el respeto a la cosa de la democracia, y

se traigan los vendedores ambulantes de hamburguesas y sus fantas hasta la sombra del Parlamento, se va

a poner esto imposible de parados.

Los que sí que vinieron fueron los de la tele. Mientras deshoja la margarita del ser o no ser, Ansón le pone

a Suárez cuatro cámaras en e] hemiciclo. Ansón ha probado su buena disposición de servicio hasta el final

y, con tanta eficacia que ha merecido las felicitaciones de Carrilloy la alusión de Felipe en la misma tarde.

Santiago lo ha hecho aprovechándose del chascarrillo de «los hombres de Harrelson». El comunista es sin

duda el que mejor maneja el chascarrillo de la cámara y, quizá por eso, en la hora del recreo una joven

secretarla del Parlamento se le acercaba tímidamente para pedirle un autógrafo. Por la misma razón tal

vez, el socialista luciría en su intervención unas Innegables condiciones de polemista, gracias a un

discurso que, por sa factura y dicción sonaba a música de «otra» Cámara.

Pero el turno de oradores empezó ayer por Fuentes Quintana, y no resultaría justo eludir caprichosamente

el orden de los monólogos. Fuentes era como el padre de la criatura y, en tanto el pacto no degenere en

parto, la amará como las niñas de sus ojos. Entregó la tribuna, que no paternidad, a un Sánchez Ayuso

para quien el respetable tuvo la crueldad de la sonrisa cuando empezaba su último párrafo con un «como

no quiero cansarles demasiado». Raventós se encargaría, sin embargo, de poner las .cosas en su sitio, la

mueca en su punto exacto: «Los demócratas acabamos con la crisis, o la crisis acabará con la

democracia.» Entregó el testigo a Carrillo, que hizo temblar el puro de algunos Ministros cuando les

habló de reducir sus gastos de representación. Ordóñez, como Jiménez de Parga, cómo Alvarez de

Miranda, se fuman unos vegueros por sesión, con los que es imposible no temblar a la menor alusión. Ca-

rrillo suelta sus ideas con «gracejo», que diría Jordi Pujol.

Cuando está en el oratorio todos los diputados dejan de leer los periódicos, excepto Gonzalo Fernández de

la Mora, que tiene las ideas más fijas. Todos se desperezan, incluso Lasuen, que suele andar despatarrado

por el paraíso del hemiciclo. Las palabras de López Rodó tampoco eran precisamente para dormir a

pierna suelta. Pintó un panorama que sólo se contrarresta con la medalla de la Virgen del Pilar o de San

José, según los gustos y la fe. Mientras hablaba el de Alianza hasta las más pesimistas de sus señorías

tocaban madera para alejar los malos espíritus. Pujol desafiaría los sortilegios y las medallas. Fue la

concreción del dato: ¿¿Qué ha quedado de la democracia en los países en que no fue posible yugular la

crisis económica?» Y, pasando por Pérez Llorca, y por un Felipe brillante, que no pudo evitar levantar,

sin embargo, los ojos de Fernández de la Mora, fijos en las páginas del periódico; Suárez, el Presidente,

para decirle a la Cámara, al país, que el pacto equivalía a gobernar «de la mejor manera, posible». Esto,

en definitiva, fue la tesis de todos los oradores. Como el personaje volteriano, a este cronista no se le

ocurre otra cosa que dejarles entonces ante el mejor tíe los mundos posibles. Después de hacerles la

reverencia, desde luego.

Javier FIGUERO

Viefnes 28 octubre 1977

 

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