Confianza en el futuro     
 
 Arriba.    28/10/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

CONFIANZA EN EL FUTURO

La ¡ornada política de ayer estuvo constelada de excelentes piezas oratorias. Las intervenciones en el

Congreso de ios líderes de los dos partidos que cuentan con mayor representación parlamentaria, Adolfo

Suárez y Felipe González, y la conferencia pronunciada por Santiago Carrillo, en una distinguida tribuna

de la capital, fueron los puntos culminantes para el interés público. Lo que importa es que todos los

oradores tuvieron la grandeza moral de anteponer los intereses solidarios de la comunidad española a

cualquier propósito de partido, por legítimo que fuera. No sólo el acuerdo sobre el problema económico,

sino otros consensos más profundos o más amplios de la vida social, sirvieron a demostrar cómo, en la

expresión certera del Presidente del Gobierno, «la democracia es posible en España». Cosa, por lo demás,

que casi todos sabíamos y camino que no van a torcer las necias actitudes de unas minorías extremistas.

Se ha impuesto, en definitiva, la que ayer se calificó en las Cortes por la voz representativa, como

principal virtud vitalizadora de la democracia: la transigencia, que es tanto como decir el espíritu de

compromiso, el terreno común.

Nuestro país atraviesa un momento conflictivo y delicado. El pueblo español, que ha demostrado

cualidades más que suficientes para el autogobierno democrático, se enfrenta a una crisis económica que

trasciende ya del abstracto mundo de los números a realidades ingratas de la vida cotidiana. Cuando

centenares de miles de nuestros conciudadanos atraviesan el trauma desmoralizador del desempleo, es

natural que la economía se convierta en nuestra principal inquietud y en el centro de nuestras reflexiones.

Esta es la España que tenemos y los partidos políticos —representantes de la opinión pública en el nuevo

clima democrático— tienen la obligación de actuar y desenvolverse en circunstancias ingratas hasta

devolver al pueblo español la confianza en el futuro. Este pueblo, «que llevaba demasiado tiempo

esperando voces conjuntas de esperanza», ha comprobado ahora, ante el compromiso pluripartidario de la

Moncloa, la eficacia, el sentido de responsabilidad y la fuerza moral que el sistema libre impone a las

fuerzas políticas democráticas.

Nada hay en los acuerdos — y el Presidente Suárez ha procurado sentarlo desde el principio con entera

claridad— de remedios milagreros ni panaceas al uso de los demagogos de la propaganda. Se trata de un

programa de sacrificios; pero, por vez primera en décadas, repartidos equitativamente, esto es, orientados

no sólo al saneamiento de nuestra economía, sino también a la corrección sustantiva de las graves

Injusticias y desigualdades sociales que padecen las clases trabajadoras.

Y todo ello operando, para mayor inquietud, sobre dificultades que, como ha dicho el primer ministro,

condicionan la tarea de gobernar desde presupuestos difícilmente compatibles con la normalidad

democrática. No se olvide que todavía estamos en un período constituyente. Para ser más claros: que aún

no tenemos Constitución, que tenemos normas jurídicas desfasadas y en algunas cuestiones atrabiliarias,

que el esquema de relaciones empresa-trabajador no es justo que las libertades civiles se sustentan sobre

apoyos débiles o movedizos.

Pero también existen condiciones positivas, cauces para la esperanza. El Presidente del Gobierno ha

querido destacar, en sus palabras a) Congreso de diputados, algunas de ellas: «Un ambiente colectivo

superador de enfrentamientos pasados» y el inequívoco deseo de los pueblos de España de superar los

males del centralismo «a través de la institucionalización de las autonomías», cuya primera fase acaba de

tener un excelente. desarrollo en la cuestión catalana y que, previsiblemente, cosechará nuevos aciertos en

los temas vasco, gallego, andaluz y de otras regiones, ya en fase avanzada de negociación.

De ahí que el Gobierno, a| ponderar las razones de la crisis y las posibilidades para el futuro, entendiese

que se encontraba ante un manojo de temas prioritarios, no resolubles por la mera aplicación de una

política de partido: Constitución, reconciliación, superación de la crisis económica, marco urgente para

las autonomías, nuevo orden cívico democrático. «El Gobierno que presido entiende —ha confesado sin

ambages el primer ministro— que su forma de dirigir !a vida politica del país no puede ser la habitual de

los Gobiernos en los regímenes democráticos consolidados.» Someterse, pues, al debate franco y

detallado en las reuniones con todos los partidos parlamentarios no era, ni mucho menos, dejación de

autoridad ni autolimitación de las funciones de Gobierno, sino entendimiento de las circunstancias

especiales que España atraviesa y que demandan, en sólita consecuencia, tratamientos de excepción.

Sabemos, en efecto y como ayer dijo el Presidente Suárez, que «el proceso democrático es ya

irreversible». Y debemos tener presente que la democracia no es sólo un régimen de libertad, sino

también un propósito de justicia.

 

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