Autor: CROMWELL. 
   Los reventadores del pacto     
 
 Arriba.    10/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

LOS REVENTADORES DEL PACTO

UNO no gana para sustos. Si ayer, de las páginas de un vespertino, llegaba un «aire congelador», al

advertir Ja existencia de una campaña para reventar el Pacto de la Moncloa, hoy es otra voz autorizada, la

del secretario genera) del Partido Socialista Español, Felipe González, quien llega con el mismo temor de

que «los Pactos de la Moncloa corren peligro». Como en otras ocasiones —como cuando los empresarios

o determinadas centrales sindicales expusieron su actitud frontalmente opuesta a los acuerdos firmados en

el Palacio de la Moncloa— no se nos ocurre más que un argumento: esos Pactos, esos documentos para

sanear decididamente la economía nacional, recogieron las diez firmas que, hoy por hoy, representan en

el Parlamento a prácticamente la totalidad, o cuando menos, la mayoría absoluta, de los españoles con

derecho a voto. Y, si se desea apurar hasta sus últimas consecuencias, tal argumentación, la Incoherencia

que supondría la falta de apoyo a unos documentos que han firmado nuestros directos representantes, no

podría tener otra salida que la dimisión colectiva de esa decena de líderes nacionales y la convocatoria de

nuevas elecciones.

Pero es de imaginar que no es para tanto, que no se trata de plantear de forma tan tajante la sitúa ción en

que nos desenvolvemos. Existe, evidentemente, una cierta oposición a la puesta en ejecución de los

Pactos de la Moncloa. Se ha comenzado a advertir tal oposición, naturalmente, por parte de quienes

primero se han visto afectados por sus alcances: los topes salariales «con efecto retroactivo», como se

viene indicando, no pueden agradar a nadie cuyos Ingresos pudieran serle recortados por la aplicación de

los acuerdos económicos. Los ciudadanos de este país, y de cualquier otro, mirarán siempre muy detenida

y desconfiadamente todo cuanto pueda afectar a su propio bolsillo. Incluso con el riesgo de pasar por alto

en otra serie de contrapartidas, acaso mal «vendidas», poco recordadas, de las contenidas en los mismos

Documentos de la Moncloa. Será preciso, en efecto, tener en cuenta que esos topes salariales son la única

forma conocida para detener el implacable aumento del coste de la vida. Que la «amenaza» de nuestros

impuestos —o, más bien, según oportunas puntualizaciones, el cobro de los ya viejos y vigentes

impuestos, de momento— no son sino la única fórmula para sanear la balanza de pagos nacional y para

poder hacer frente a otra serie de necesidades absolutamente primarias para un país que aspira a tener urfa

democracia realmente Imperante: la exigencia de Igualdad de oportunidades, por medio de creación de

puestos escolares, o de la eliminación de subvenciones a centros de educación elitistas..., por ejemplo. La

exigencia de una sanidad más eficaz, erradicando negocios excesivamente «pingües» en sectores como el

de la producción de fármacos. La exigencia de una administración pública más clarificada, menos

«burocratizada», sin corrupción de ningún tipo...

Lo que se han venido llamando «las contrapartidas», tienen un precio. Y atacar ese precio inicial-mente,

irracionalmente, es, en efecto, una formidable fórmula para invalidar un consenso —el alcanzado por los

líderes políticos votados en ¡unió—, que ya quisieran haber conseguido los restantes países de Europa...

CROMWELL Jueves 10 novbre. 1977

 

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