Autor: Álvarez de Miranda y Torres, Fernando. 
 Diario 16: Historia de la Transición; 10 años que cambiaron España; Pactos de la Moncloa. 
 La emoción de la apertura del Congreso     
 
 Diario 16.    27/05/1984.  Página: 497-499. Páginas: 3. Párrafos: 18. 

La emoción de la apertura del Congreso

Fernando Álvarez de Miranda (*)

Miércoles 13de julio de 1977. Son las diez de la mañana. Expectación en la Cámara. Después de las

elecciones del 15 de junio —las primera; elecciones, democráticas desde 1936— se va a constituir el

Congreso de los Diputados de las nuevas Cortes democráticas. Hay mucho nerviosismo y poca

experiencia. Se ha convocado la solemne sesión conjunta de) Congreso y del Senado para el próximo 22

de junio y antes deben reunirse por separado las Cámaras para su constitución interina; no hay más reglas

constitutivas que unas disposiciones dictadas por Antonio Hernández Gil para solucionar el vacío legal, y

no queda claro en ellas quién deba presidir —aun cuando sea a título provisional— las sesiones.

El sentido de una segunda Cámara parlamentaria restaurada bajo el Rey Juan Carlos I. Luego la

Constitución de 1978 recogería, sustancialmente, el mismo sistema. A mí me correspondió el honor de

presidir el Senado en la legislatura constituyente, reanudando una tradición interrumpida en 1923 con el

golpe de Estado del general Primo de Rivera. Así resulté ser, a poco más de medio siglo, el primer

sucesor del conde de Romanones, ilustre político liberal y progresista, buen administrador cuando estuvo

en el Gobierno, hombre culto, sugestivo escritor e historiador y testigo literario de su propia época y de la

inmediatamente anterior.

La polémica sobre el bicameralismo ha acompañado a este sistema parlamentario y representativo desde

los propios orígenes. No hay un acuerdo generalizado entre políticos y politólogos acerca de sus ventajas

e inconvenientes en comparación con el Parlamento unicameral. Yo atribuyo más peso al juicio de los

políticos que a las respetables doctrinas de los teóricos. En el caso de la España contemporánea, por

razones políticas, yo sigo opinando igual que en 1976 a favor de tres puntos capitales: la circunscripción

provincial, la representación proporcional y el bicameralismo asimétrico. Cada una de esas tres

afirmaciones daría lugar a un desarrollo singular, impropio de este lugar y de este momento.

II.— La identidad

¿Cuáles fueron mis primeras experiencias como presidente de! Senado y qué sentido vimos en la Cámara

los senadores de la legislatura constituyente y qué labor se realizó en ella?

La llamada Cámara Alta nació, o renació, en 1977, con una cierta crisis de identidad de la que

participaban muchos de sus miembros. Los líderes de los partidos eran todos diputados. El Senado

empezó a trabajar, por así decir, en el desván, o planta superior del Congreso, en la gran sala de

comisiones. No había mucho interés ni en el Gobierno ni en los partidos por realzar el papel político del

Senado, ni porque éste recobrara pronto su antiguo e histórico edificio.

Esta cuestión, que era fundamental para asegurar la autonomía y el prestigio de la Cámara, se resolvió

antes y mejor de lo que habíamos previsto en las primeras reuniones de la Mesa y en las sesiones

preliminares del Senado, gracias a una iniciativa personal del Rey. El mismo día de la solemne apertura

de las Cortes, 22 de julio de 1977, después del discurso de Don Juan Carlos, los Reyes se quedaron en los

salones del Congreso durante largo rato, saludando uno por uno a todos los parlamentarios y en abierta y

amistosa conversación de grupo en grupo con los allí presentes.

En un determinado momento en que, entre otras personas, hablábamos con Don Juan Carlos, el presidente

del Gobierno y yo, el Rey me preguntó si pensábamos trasladarnos al viejo Senado y nos recomendó que

lo hiciéramos pronto, por interés de la Cámara, por recuperar la continuidad histórica con nuestros

predecesores y por dar vida a un noble edificio de brillante tradición parlamentaria.

Yo le manifesté que había una corriente mayoritaria entre los senadores a favor de ese traslado e incluso

una moción del senador liberal salmantino Francisco de Vicente, que estaba recogiendo firmas para

presentarlas a la Cámara con el mayor apoyo posible. El presidente Suárez prometió la ayuda del

Gobierno, y, en seguida, empezamos los proyectos y las obras mínimas indispensables para readaptar el

salón de sesiones, así como las gestiones para recobrar la biblioteca y el tesoro artístico de la vieja casa.

Otra cuestión procedimental de los principios, en la que también, a mi juicio, nos acompañó la buena

estrella, fue la elaboración de un reglamento provisional, pero adaptable a la realidad de la vida de la

Cámara. Aun antes de tenerlo, establecimos un sistema lo más ágil posible, en el que no sólo se amparara

el derecho a hablar de los senadores, sino que se fuera logrando en seguida algo que es más eficaz que

cualquier reglamento, quiero decir, un conjunto de usos parlamentarios inspirados por el respeto a la

libertad de expresión y la mayor flexibilidad en la dirección de los debates.

III.— Un clima abierto

El tercer logro fundamental de las primeras semanas o meses fue la creación de un clima de convivencia y

de respeto a las diferentes posiciones ideológicas, que logramos armonizar con un compañerismo y un

ambiente de distensión absolutamente necesarios en los primeros pasos de un sistema político que

perseguía como objetivo primordial consolidar la reconciliación nacional bajo la Monarquía de todos y

para todos representada por Don Juan Carlos. Creo que entre los senadores de la legislatura constituyente

sería casi unánime una respuesta positiva, si se les preguntara si conservaban buen recuerdo, e incluso

añoranza, de aquel primer Senado de los años 77 y 78.

Un día, siendo yo ministro de Administración Territorial, visité Bilbao para un acto de cierta importancia

de transferencias de competencias al entonces Consejo segundo; Pablo Castellano, tercero; Rafael

Escudero, cuarto, y yo mismo como presidente.

Empezábamos una nueva, novísima, etapa y sentíamos la responsabilidad que la dirección de una Cámara

traía consigo. Nuestra inexperiencia se veía compensada con nuestra buena fe. Con el sincero y

apasionado deseo de consolidar definitivamente el sistema parlamentario en España. Y, por encima de

nuestras diferencias políticas, en esta noble tarea estábamos todos de acuerdo.

El 22 de julio se celebra la solemne sesión de apertura del Parlamento. Con una expectación y una

emoción apenas reprimida, el Rey comienza su discurso.

Su llegada ha sido recibida con entusiasmo por parte del partido del Gobierno y respeto por los demás

grupos de la Cámara. Pero todo eran conjeturas respecto a la reacción que las palabras del Rey pudieran

producir en el auditorio.

Sentada en su escaño, Dolores Ibárrurí no podrá por menos de recordar horas más tensas y dramáticas. ¿Y

no ha mirado Calvo-Sotelo hacia arriba al pasar presuroso para ocupar su puesto?

En este rápido flash, ¿no habrán pasado para los dos cuarenta años de paréntesis y, por un momento,

oirían las palabras dichas aquí mismo hace ya tanto tiempo, recordadas sin duda por ella, relatadas a él

más de una vez? Afortunadamente, todo el mundo se comporta, hoy 22 de julio, de una forma más

distendida que aquel otro aciago día de julio del 36.

Muchas cosas han cambiado en España desde aquel día. Después de la cruel guerra y los largos años de

dictadura, el país parece renacer de una catarsis y un letargo convertido en un pueblo más joven.

Esperanzado. Se han enterrado las hachas de guerra. Ha empezado la cuenta atrás de una nueva etapa. Y,

sin embargo, hace apenas unos días resonaban en esta misma sala las voces de un obediente coro que se

resistía a morir. Este simulacro de Parlamento supo, sin embargo, a última hora, hacerse un digno

harakiri.

Pero todo es ahora silencio; mientras, el Rey ensaya su fórmula de Monarquía integradora: «Señores

diputados, señores senadores, les saludo como representante del pueblo español, con la misma esperanza

que ese pueblo tiene depositada en ustedes la esperanza de que el voto que ¡es ha otorgado sea el punto de

partida para la consolidación de un sistema político libre y justo, dentro del cual puedan vivir en paz iodos

los españoles...»

Es un discurso sencillo de forma, que llega fácilmente al corazón de los españoles. El Rey se presenta

como representante del pueblo, al que desea servir, como valedor de ese pueblo y defensor de sus

derechos. No defiende a una determinada clase social, política, militar ni religiosa. Pretende ser el Rey de

todos, aceptando sus peculiaridades regionales, confesionales y de partido.

Un cerrado aplauso de las dos Cámaras, sin excepciones, acoge sus últimas palabras. Hay emoción en el

aplauso y más emoción aún en A que lo recibe.

(*) Presidente del Congreso de los Diputados de la democracia. Líder democristiano. Presidente de la

Fundación Humanismo y Democracia.

 

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